jueves, 15 de enero de 2026

Aitite

 Hola, aitite. Hace diez años que nos dejaste, y hace un día feo como el de entonces.


Ojalá pudiera contarte todo lo que ha pasado en este tiempo. 


Ojalá pudiera contarte que los días de reyes seguimos juntándonos y bebiendo Baileys mientras jugamos a algo, pero que ya no es a los seises. 


Ojalá pudiera contarte que cada ocho de abril me acuerdo de ti, y que este año es posible que tres amigas tengan a sus bebés el día de tu cumpleaños. 


Ojalá pudiera decirte que me encantaría ver tu nombre en la pantalla del móvil los 26 de abril y al coger la llamada escuchara ese “Zorionak, printzesa de Torrevieja”. Sigo teniendo tu número guardado.


Ojalá pudiera contarte todo lo que he vivido en cada Erasmus y como esas experiencias me cambiaron la forma de pensar y querer ser más libre. 


Ojalá pudiera contarte que cumplí uno de tus sueños y estuviste en México acompañándome a cada paso. 


Ojalá hubiésemos tenido más tiempo. 


Ojalá pudiera abrazarte, decirte cuánto te quise, te quiero y te querré siempre. 


Ojalá te llegue esto allá donde estés.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El yin y el yang del 2025

Bueno. Vamos a terminar con esto rápido.

Enero celebrando reyes en casa de Tita Loi jugando al virus que nos viciamos como locos. Atardecer con las Ciao amore. Leerme aquel libro que me regaló Nath 9 años atrás. El cumple de mi tía Nerea con todos sus amigos en casa, y las risas que me eché con Andoni a base de los kali cargados que iba haciendo. Trabajar en el Irala mientras nuestro hotel estaba de obras. A final de mes empezar el libro de Alas de Onix, y el día en que quedé primera en el Brooklyn.

Febrero empezando fuerte celebrando los 86 años de Patri y acabando el día con mis QTP despidiendo al grupo de nuestra adolescencia: Esne Beltza. Descubrir el mundo de los tardeos por el cumple de Alex, un día increíble en el que me lo pasé genial y en el que me di cuenta de lo mucho que necesitaba una ocasión así. El día de San Valentín auto regalándome flores y un cactus porque sí, y la primera vez que me quedé a tomar las cervezas en el gimnasio.

Marzo sacándoles miles de fotos a mis gatos y a los atardeceres de la playa. El domingo que me fui a Bilbao por la mañana únicamente para comprar flores. El día que falleció Tía Araceli y la certeza de que La Corralina no será lo mismo sin ella. El cumple de Jare y el de ama en el que casi infarto porque parecía que Silver no podía respirar bien. Los 19 de Edu y el cumple de Rebeca en el que casi nos juntamos todos para comer.

Abril con la reapertura del hotel. El herpes que me salió en la cara. Bely Basarte sacando nueva música. Lo simpático que estaba Aimar, qué bien me cae. San Jordi un año más siendo mi día favorito. Mi cumple celebrándolo con los de la uni como hacía antaño. Qué buen día me dieron, qué bien me lo pasé y qué bien me sentó el kebap a las dos de la mañana en un banco de Bilbao hablando con Carlton antes de volver a casa.

Mayo empezando con el cumple de Freya. Bely Basarte utilizando mi mensaje para juntarlo con otros tantos y crear nuevas estrofas de su canción "Amor letal". Ese 14 de mayo fatídico en el que fuimos al veterinario para ver que Silver estuviera bien y nos dieran malísimas noticias. Mi bebé peludo tenía un linfoma. El cumple de amona al día siguiente, y la confirmación de que de todos los linfomas que podía tener Silver, el suyo era el peor. Celebrar el cumple de amona con una comida familiar. Tener que grabar un vídeo felicitando a Yasmina por su doctorado cuando tenía el humor de mierda por todo lo que estábamos pasando con Silver. Desi dándome un abrazo en el entrenamiento y acabar llorando mientras le contaba lo que me pasaba. Tirarme todo ese mes sacando fotos de Silver, solo como con Freya, y dándole todos los mimos del mundo mientras luchábamos a base de quimioterapias.

Junio con Yasmina presentando su tesis doctoral y estar emocionada viéndola presentar su trabajo mientras yo estaba en el mío. Llorar y llorar porque Silver no estaba bien y no comía. Celebrar el cumple de Arrate y ultimas los preparativos de la despedida de soltera de Ainize. Empezar la temporada de playa. Empezar el día de la despedida de Ainize con mi pelo cortado más de lo que quería. Acabar en Moma de tardeo por la despedida de soltera y seguir mano a mano con Ainize en jaias de Leioa. El 23 de junio tomar la difícil decisión de hablar con las veterinarias para que pudieran darle descanso a Silver. Y así llegó el 24 de junio, el día de la noche de San Juan. El día en que nos tuvimos que despedir de Silver para siempre y dejarle descansar. El último día que pude darle un beso en la nariz, acariciarle las orejas y decirle lo muchísimo que lo quería y que siempre le querré. Se me partió el corazón en mil pedazos, pero era la mejor decisión que podíamos tomar por él. El gato más mágico del mundo se fue el día de la noche mágica de brujas. Sigo echándole de menos.

Julio llegó para llevarme con los pocos ánimos que tenía a un destino al que llevábamos tiempo queriendo ir: Sri Lanka. La aventura empezó fuerte teniendo en cuenta que casi no nos dejan entrar en el avión de Amsterdam-Bombay tenía overbooking. En esta ocasión se nos unió al viaje Loinaz, haciendo casi un remember de aquel viaje que hicimos a Irlanda 10 años atrás. Subimos a lo más alto de una de las montañas, vimos templos, hablé durante bastante rato con un chico australiano que nos encontramos en una de las excursiones, me enamoré del perro y la gata del hotel en el que nos quedamos. Seguimos yendo a visitar templos y nos pusieron una pulsera de hilo que se supone que se cae sola cuando cumples tu propósito. No sé cuál será el mío, pero la pulsera sigue en mi muñeca derecha. Me quería llevar a todos los perritos que nos íbamos encontrando por la calle. Me puse de smothies de chocolate y plátano hasta arriba. Volvimos a subir a otra montaña y me llevaba a las perritas con nosotras. Llegamos a la zona de playa, Hiriketiya, y allí, en el agua, por primera vez en mucho tiempo mi cabeza se quedó en silencio. Le guardo especial cariño a ese rincón por la paz que me trajo entre tanta tempestad y tristeza. Nos fuimos a ver elefantes durante toda una mañana y nos robaron directamente del bolso porque somos así de confiadas. Cogí una tabla de surf el último día que estuvimos en Hiriketiya, el día que peor mar había. Cogí dos olas, pero me supieron a gloria. En el siguiente punto del viaje, mientras mirábamos tiendas, me encontré en la calle un gato negro al que le llamaba "Freya" y venía corriendo. Estaba súper mimoso, y yo me quedé dándole amorcito mientras lloraba sentada en un escalón. Tuve que irme corriendo una vez salieron las chicas de la tienda, sin mirar atrás, porque se me partía el corazón. Último día durmiendo en Colombo, y la última aventura del viaje en el que no sabíamos por qué, no nos dejaban volar más allá de la India. Después de diez horas de escala metidas en el aeropuerto de Bangalore, pudimos volver a Amsterdam. El resto del mes lo dediqué a trabajar, entrenar y bajar a la playa cuando ya se me había bajado la quemazón del viaje. Y, muy importante, el huevito pasó la ITV a pesar de que el que me hizo la pre-itv me dijo que no lo haría. Para celebrarlo, me compré el viaje a través de Huakai: iba a cumplir mi meta de 3 años, 3 continentes. Me iba a México.

Agosto yendo a la playa y marcándome un doblete en Brooklyn un día que estaba de muy mala hostia. Lo mal que lo pasamos con los fuegos de León, que estaban cerca de nuestro pueblo, y con la desgracia de que una prima falleció cuando parecía que todo había ido bien con la operación. Se nos juntaron dos desgracias a la vez, no sabíamos por donde nos daba el aire. Ir con ama a ver el musical de "Los pilares de la tierra". Una tarde de Aste Nagusi quedar con Andrea y Rebeca, para irme pronto a casa porque estaba de mañanas. Para un día que podía salir de fiesta con los de la uni a tope, estaba con antibiótico y no bebí nada; me lo pasé genial y me reí muchísimo. Ese mismo mes empecé el que sería el último libro que iba a leer este año.

Septiembre viendo la vuelta ciclista desde el hotel y teniendo fiebre. Quedar para tomar algo con las ketchup e Ibon tres días antes de la boda de Ainize; y, como no, el propio día de la boda. El mes en el que el nuevo año escolar empieza, volvió Operación Triunfo y los lunes dejaron de ser menos lunes.

Octubre llegó y Nagore decidió que era un buen momento aprovechar que estaba mandando un audio contándoles lo de México para enviar la ecografía de su embarazo. Me pilló en el trabajo, y como no respondía a lo que estaban hablando entre ellas, decidió hacerme una videollamada que duró casi una hora. Pocos días después, la noticia de que otras dos amigas estaban embarazas llegó, y resulta que todas tienen la misma fecha de parto. También es el mes en el que Angui se vio la película de Kpop-Demon Hunters y me envió un podcast de 14 minutos explayándose sobre toda la influencia cultural de la misma. El cumple de Desi, a la que le hice un regalo por ser su cumple, pero sobre todo, por todo lo que me ha apoyado este año con todo lo de Silver. En este mes La Oreja de Van Gogh anunció que volvía Amaia, algo que ya nos lo olíamos todos por mucho que lo quisieran mantener en secreto. Llegó el 15 de octubre y no soplamos velas por el cumple de Silver. Hubiera cumplido 12 años, si es que era un bebé. Celebramos el cumple de mi primo Diego y Andoni a la vez, como ya es tradición. Días más tarde celebramos el 25 cumpleaños de Ainhoa y también le dimos los regalos de cumple a Iñigo. Y sin apenas darme cuenta, llegó el 27 de octubre y con ello la primera vez que cogía un vuelo sola para cruzar un charco. Lo del viaje a México fue una cosa maravillosa... 

Llegué a día 27 de octubre antes de las diez de la noche, por lo que era el día en el que los animalitos emprenden el viaje a la tierra para visitar a las familias. Yo me llevé conmigo las fotos de Silver y Beltz, pero no podía faltar él: aitite. El 28 era el día que estaría sola por Ciudad de México, y aunque me costó salir del hotel porque me daba un poco de cosita, cuando salí y empecé a caminar no pude parar. Acabé llegando a la plaza del Zócalo, y no me esperaba encontarla llena de flores cempasúnchil y diferentes esculturas. Había música y se me erizó toda la piel, incluso se me escapó alguna lagrimita. Cogí el metro porque quería visitar la casa de Frida Khalo, pero terminé cogiendo un coche para que me acercase porque no me sabía ubicar para hacer el trasbordo. Le hice videollamada a Regina para hablar con ella y que me dijera todas las cosas que tenía que probar. Después me acerque hasta el barrio Coyoacan y probé una nieve de cereza. Volví al hotel sobre las seis de la tarde y ya no pude salir de lo cansada que estaba. Al día siguiente empezaba la aventura con el grupo, y conocí a la que sería mi compi de habitación durante esos 14 días en la propia recepción del hotel. Ese primer día nos juntamos gente de los tres diferentes grupos e hicimos varias visitas, comimos hasta reventar y casi no salimos del bar en el que estábamos porque nos querían timar. El primer día con el grupo completo fuimos a visitar las pirámides de Teotihuacán y acabamos en las trajineras de Xochimilco. Al día siguiente visitamos San Miguel de Allende, que estaba completamente decorado con flores por Día de muertos. Pasamos por un lugar llamado "Sala de despecho" en la que no nos dejaron entrar, y seguimos nuestro camino para la discoteca. Al día siguiente nos enteramos que en esa Sala estuvo Karol G. 

Noviembre partiendo un día más en la van, en esta ocasión dirección Guanajuato. Qué decir de este lugar: vimos el desfile de Catrinas, subimos al cementerio y vivimos en primera mano cómo celebraban allí la vida y la muerte todo a la vez. Allí fue donde lloré pensando en Aitite, y saqué foto de su foto. A cada paso que daba, él estaba en mi mente. Al día siguiente pasando por la plaza, escuché a unos mariachis cantar "A mi manera" justo después de que le contase a una de las compis de viaje que a aitite le quedó pendiente visitar ese país. ¿Casualidad? No lo creo. Ese mismo día todos nos pintamos la cara de Catrinas y acabamos en un karaoke dándolo todo. Seguimos la ruta y acabamos en Guadalajara. Sinceramente, un lugar que nos hubieramos saltado todos y ese día extra lo hubieramos metido en otra de las paradas, en mi caso, Sayulita. Visitamos la ciudad de Tequila, hicimos cata de ese licor del demonio y terminamos ese día en la plaza litrando tequila, comiendo patatas y cantando con los mariachis que contratamos. 

En cuanto llegamos a Sayulita, fui muy feliz. El mar me da mucha calma y necesitaba resetear. Hicimos snorkel y al siguiente día volví a bucear. Fue como andar en bicicleta, no se me hizo nada difícil y yo iba tan feliz durante esos 40 minutos que cuando tuvimos que subir pedí que me dejasen bajar. El último día hicimos yoga por la mañana y surf por la tarde. Me repito: qué feliz soy en el agua. En Puerto Vallarta salimos de fiesta y aquella noche surgieron los primeros gossips del grupo, a dos días de acabar el viaje. Hicimos el último día de playas y paseo al atardecer y prontito a dormir que al día siguiente cogíamos vuelo de vuelta a Ciudad de México. Vaya frío nos recibió. El último día del viaje, sin parte del grupo al que despedimos entre lágrimas la noche anterior, visitamos los que quedamos la Basílica de Guadalupe. Comimos y pusimos rumbo al aeropuerto. Una vez llegada a Madrid, y tras 6 horas de escala, volví a Bilbao con el corazón llenito de personas increíbles, de todo lo vivido allí y contenta porque volví a hacer actividades que me encantaban siendo pequeña. Qué duro fue volver. Casi a finales de noviembre celebramos el cumple de Elena con una comida y acabamos Carlton y yo con el tío de Aritz y Laura, la amiga de Elena, yendo a un bar a tomar unas rondas antes de que Carlton tuviera que coger el bus de vuelta a Vitoria.

Diciembre llegó con el cumple de Tita Loi, aunque lo celebramos tres días después. Ese mismo día me llamó Carlton para decirme que no iba a ir a la despedida de soltera de Elena, la cual era dos días más tarde, porque acababa de fallecer su padre. Me quedé en shock. Llamé a Alex para contárselo y después hablé con Goiuri. A Angui se le contó Alex, y acabamos metiendo a Elena en el grupo para que supiera lo que había ocurrido y para ver qué hacíamos. Ese mismo 5 de diciembre, pusimos rumbo a Vitoria para estar en el tanatorio con él. En cuanto nos vio llegar, vino hacia mí y se echó a llorar. Se me rompió el corazón y no pude hacer otra cosa más que abrazarle lo más fuerte que pude. Después de una hora, pusimos rumbo a Jaca para seguir con lo planeado aunque ya nada sería igual. Al día siguiente fuimos a la nieve. Tras más de media vida, volví a hacer snowboard. Me lo pasé como una enana, y eso que no paraba de caerme al principio. Cerramos pistas y subimos a Marchica, donde alguna lagrimita ya se nos escapó a algunas pensando en quien faltaba ahí con nosotros. Al día siguiente hicimos buggies, breve encuentro en Biescas con Andrea (del grupo de México) y terminamos con el spa. La vuelta se nos hizo larga, pero llegamos a Vitoria para tomarnos un cafe/cola cao con Carlton y estar un ratito más con él. Pocos días más tarde me junté con Janire (otra del grupo de México) el mismo día que tenía el último concierto de Gatibu con las chicas al que también vino Nagore con su tripa de 5 meses. Han llegado las navidades, y mi ama me ha regalado las gafas para ir a la nieve. Y para finalizar el mes, acabé sumándome al viaje de volver a la nieve con Elena, Goiu y Angui. Dos días intensos en los que he vuelto a hacer snowboard, y en el que en esta ocasión el spa sí merecía la pena. 

Hasta hoy, 31 de diciembre. Me he levantado lo más tarde que he podido porque estaba agotada de estos dos últimos días. He ido a casa de amona para ayudarle a preparar la mesa para hoy. He comido tarde y me he bajado a dar un paseo por la playa. Nada más llegar a casa me he puesto a repasar el año, leyendo primero el anterior como siempre hago, y revisando las diferentes fotos para que no se me olvidase (que siempre se me olvida algo) nada. 

Así que así estamos. Dejando que termine este año que ha sido una montaña rusa de emociones, que se ha llevado tanto y también me ha traído cosas muy buenas. No tengo mucha estabilidad emocional desde que Silver ya no está, y eso que tengo a Freya martirizada de tantas veces que le doy besos y achuchones. Sigo yendo a entrenar todo lo que puedo, pero hay ocasiones en las que me vence la pereza. Quisiera hacer muchas cosas, pero tampoco encuentro el qué. Este año apenas he leído, 15 libros en todo el año. El anterior leí un total de 55, pero es que este año no me encontraba entre las palabras de otros y los libros que he leído, salvo alguno, no han sido las mejores elecciones. Sí es cierto que este año me he aficionado a escuchar podcast, y casi he estado más entretenida con eso que otra cosa. Agradecida por el nuevo disco de Bely Basarte, pero triste porque Rozalén se aleja de los escenarios durante un tiempo (bien merecido lo tiene, todo hay que decirlo). También ha llegado la última temporada de Stranger Things, cuyo último capítulo se estrena en unas horas. No sé si salir un rato de fiesta con mis tías o directamente volverme a casa y esperar a las dos de la madrugada para ver el capítulo final con ama. Todo incógnitas en la vida, todo problemas de primer mundo también.

En fin, que se me pasa la hora de poder tener unos minutos para prepararme que en teoría a las nueve tenemos que estar en casa de amona para terminar de preparar las cosas. Así que vamos a poner en la mesa las cosas que quiero para el siguiente año a ver si el universo lo recoge.

Quiero ser feliz. Quiero viajar más. Quiero disfrutar de la vida, porque el tiempo pasa y no vuelve, y no quiero sentir que no estoy viviendo sino que estoy sobreviviendo. Quiero divertirme y reírme hasta que me duelan las comisuras de los labios. Quiero estar sana, y quiero que mi familia y mis seres queridos lo estén. Quiero la felicidad para todos ellos también. Quiero que Freya siga estando tan sana como nos dijo que estaba la veterinaria la última vez. Quiero sentirme realizada en el trabajo, y quiero aprender a darme una palmadita en la espalda cada vez que hago las cosas bien y no hacer como si nada. Quiero conocer a gente tan guay como la que he conocido en el viaje a México, y quiero que nos juntemos de nuevo para hacer alguna cosa. Quiero ser capaz de volver a hacer feliz a la Deborah más pequeña y adolescente, dándole los caprichos que quiera y haciendo actividades que le gustan como he hecho este año. Al fin y al cabo, somos la misma persona. Quiero que todo vaya bien. Quiero ser fuerte por si viene algo malo. Quiero ser capaz de mirarme al espejo y decirme que me quiero. Quiero cosas sencillas, creo que no pido tanto.

Por último, quiero dejar este año atrás. Quiero dejar atrás todo lo malo, todas las lágrimas; y quiero mirar hacia delante con ilusión. Porque dejo atrás este año lleno de negros, blancos y grises para dar paso al siguiente año. Tengo muchas esperanzas puestas en que sea bueno, porque la chica del 26 va a entrar al 2026 y espero que le dé mucha pena llegar al 31 de diciembre porque tendrá que despedirse de él.

Así que, adiós al yin y el yang del 2025.

miércoles, 1 de enero de 2025

Lo que he vivido en este 2024

Como cada año, pero en esta ocasión escribiendo la entrada el uno de enero porque el 31 de diciembre no me daban las horas, toca zambullirse en los recuerdos y los momentos que han marcado de una forma u otra este 2024 que ya hemos despedido.

El año lo empezamos como marca la tradición: con un chocolate caliente y el concierto de año nuevo. Aquel día sin hacer mucho ruido empecé con la primera lectura del año, y no he parado de leer en los doce meses. Le siguieron días de comida, atardeceres preciosos a esa entrada al nuevo año. Empecé oficialmente en Brooklyn para retomar aquello de pegarle a un saco y rebajar los niveles de ansiedad y estrés. Y no menos importante, el Athletic ganó al Barça 4-2 llevándonos así un pasito más cerca de la final de copa.


Febrero queda marcado por el viaje a Londres con ama, en el que nos adelantamos un mes a su cumple y fuimos a ver “El fantasma del a ópera”, porque yo no concibo ver un musical en otro idioma que no sea el de las canciones que tengo guardadas en mi cabeza. El Athletic dio un paso más en esto de ser David contra Goliat, y ganó al Atlético de Madrid por 3-0 haciendo que nuestros sueños empezaran a volar. Estábamos muy cerca.


El tercer mes del año lleno de imágenes de atardeceres, cielos bonitos y días de tormenta que me encanta disfrutar a través de la ventana. El 55 cumpleaños de ama y madrugar para participar en la Korrika.


A seis días de que empezara el mes de mi nacimiento, el Athletic hizo llorar a miles de aficionados. Pero esta vez fue de alegría. Nuestro equipo ganó la Copa de rey después de 40 años. Se me pone la piel de gallina solo de recordarlo. Cuánto sufrimos aquella noche en la que llegamos a penaltis. Cómo negaba cuando Olatz me decía: “¡Qué ya está! ¡Que hemos ganado”, a lo que le respondía que hasta que el arbitro no pitara final de partido no había nada asegurado. Pero así fue. Pitó, y las lágrimas no se hicieron de rogar. Aitite, Tía Xalba… Cuánto me acordé de vosotros. Cinco días después, la Gabarra salió a surcar la ría, y la marea rojiblanca empujó desde ambos lados. La Deborah de 14 años a la que le regalaron sus primeras camisetas estaba dando saltos de alegría, y me emocioné mucho por ella. Por fin lo hemos visto, mini Deb. Llegó día favorito de año con su rosa y libro, para tres días más tarde celebrar que cumplía 32 años. Antes de terminar el mes, rompimos tarjeta para el viaje del verano. 


Mayo con el cumple de amona y el preciosísimo atardecer que hubo dos días después. Elena mandando mensajes raros a la gente de la uni para contarnos que estaba esperando un bebé. Volar a Barcelona a finales de mes a pesar de que el motivo principal, el concierto de los Jonas Brothers, se hubiera cancelado. Mi cara alucinando cuando Nagore me dijo que íbamos a que se probase su vestido de novia. Es que, ¿QUÉ? Comimos mucho, pero anduvimos todavía más. Cundió muchísimo el tiempo allí, tanto que hasta me quemé con el sol.


El 1 de junio estrené temporada de playa, había que trabajar el moreno antes del viaje del verano. Unos crujientes de idiazabal con su moscato al sol. La llegada de Niko, el segundo hijo de Haizea. El atardecer desde la cocina, cómo me gusta verlos en verano. La pateada que nos pegamos las chicas en el Kosta trail y sus consecutivas agujetas que intenté minimizar yendo a entrenar al día siguiente. Probar los famosos nachos del Tellagorri por el cumple de Olatz y las jaias de Sope.


El cuatro de julio pusimos rumbo a la aventura de este año, marcando así el pasaporte con el sello de un nuevo continente. Por primera vez pisaba África, y no para conocer Egipto… Zanzíbar, fuiste un sueño de atardeceres con tus barcos de vela blanca que tanto me recordaban a la película de Moana. Tanto azul me tenía enamorada. Sobrevivir con un pareo, la misma camiseta y un bikini durante cuatro días fue el pistoletazo de salida para unas vacaciones en las que simplemente existimos y nos rebozamos bajo el sol. El mismo día que llegamos del viaje me fui a entrenar, una lo echaba de menos. Ese “Estás morena, te sienta bien” que me subió un poquito el ego, seguir tostándome bajo el sol pero en mi playa y aquél épico día de paellas mano a mano con la de siempre. Uf, vaya risas nos echamos. El día que una clienta me regaló el ramo de flores porque le dio la gana y casi me pongo a llorar, y la tarde con mis Ciao Amore.


Agosto y aquel atardecer en el que sin que yo lo llamase, un perro vino directamente hacia mí mientras grababa un vídeo. Jaias del puerto y la noche de fiesta por Bilbao con los de la uni. Aprovechar todos los atardeceres del verano que quedaban para curar el alma. Silver debutando como diabético y el mal rato que pasé hasta que tuve noticias del veterinario.


En el mes de septiembre disfruté del último concierto de Esne Beltza que veré jamás al aire libre. La luna roja y las miles de fotos que le saqué, con su consecuente torticolis al día siguiente que me tuvo tiesa durante un par de días. La noche antes de un turno de mañana, me senté delante del ordenador y escribí “un capítulo” de algo en base a una canción con la que me obsesioné.


En octubre los astros se alinearon y todos los de la uni pudimos quedar para comer y darle los regalos a Elena para su futuro bebé, al que todavía no le habían puesto nombre y siempre seguirá siendo Junior. Los 11 años de Silver y el cumple de mi primo Diego. El nacimiento del hijo de Elena y por fin saber que se llamaba Aimar. Andrea regalándome los primeros tres libros de Harry Potter en ediciones especiales, casi me infarto.


Noviembre con la quedada QTP, siendo sorpresa para Nagore y los preparativos para el último concierto de Esne Beltza de su carrera. Volveremos a ser las adolescentes que fuimos, con camiseta renovada. El nacimiento de Hugo, el hijo de mi prima Alba. Ir a ver Wicked al cine con ama y llorar, para variar. El día de entrenamiento en el que fui primera de la tabla en todas las rondas, ese challenge 266 que me encantaba.


El último mes del año con unas vacaciones en las que me quedaba en casa. El cumple por los 30 Nata con una escape Room en al que salimos por los pelos, y el vigésimo aniversario del fallecimiento de Isaac. Comida en Vitoria con los de la uni y Olatz, que acabó con un Escape Room hecho en menos de 20 minutos y ver la casa de Carlton. El concierto de Rozalén en el que lloré, canté y el momento de bailar con ama. Simplemente, mejor que una sesión de terapia. Despedir el año en la playa de mis amores con un atardecer precioso. La vuelta a casa y tirar los farolillos con los vecinos.


En general creo que ha sido un año bueno aunque ha habido momentos en que la ansiedad ha apretado por mucho que intentase tomarme las cosas con risa. La salud este año ha estado bailando un poco, y el herpes de mi ojo se ha reactivado para en una semana de tratamiento ponerse bien. He vuelto a entrenar y esa rutina me hace muy feliz, hasta el punto que en julio cuando estaba de vacaciones mi cuerpo me pedía hacer ejercicio. He leído un total de 55 libros, una cantidad que no había alcanzado nunca antes en mi vida. Estoy muy contenta por ese logro que ni siquiera me había impuesto, y espero que este año me traiga nuevas lecturas con las que disfrutar y evadirme de la realidad. Cada vez publico menos cosas en las redes, pero tampoco tengo la sensación de estar viviendo la vida al máximo. A veces la angustia de no saber qué estoy haciendo, qué propósitos de vida tengo e incluso la idea de la muerte (dios, que tétrica me estoy poniendo) me atacan durante la noche cuando voy a dormir y no me dejan descansar. Espero que esto cambie en este 2025 -no haré la rima- por mi propia salud mental. Quizá debería volver a terapia, creo que hay mucha mierda todavía en el cajón que tengo medio cerrado y que debería limpiar para seguir adelante.


Probablemente me deje alguna que otra cosa en el tintero, porque como se suele decir: si no hay foto, no ha pasado. A mí me ocurre que si no tengo documento de lo vivido se me olvida, y me da mucha pena. Tengo la sensación de que este año ha pasado volando y que yo he pasado de puntillas. Quizá sea una simple percepción, pero acabo de leer la entrada del año pasado y me parece que viví cuatro vidas diferentes en comparación a lo que he vivido en este 2024. Me lo tomaré como que haya sido un año de descanso después del trajín del año anterior, y para coger fuerzas para este nuevo año que ya está siendo acompañado por la música de concierto de Año nuevo a pesar que esté en el trabajo. 


Me quedo con todos los atardeceres que he visto, con los viajes que he hecho y con las nuevas incorporaciones a la vida que ha habido a mi alrededor. Me quedo con la gente a la que quiero y me quiere, con los ratitos que podemos juntarnos porque la vida adulta es lo que tiene: no nos juntamos tanto como quisiéramos. Me quedo con mis gatos, que últimamente les ha dado por dormir conmigo y por la compañía que siempre me hacen. Me quedo con la familia, que a pesar de lo que pase, siempre está ahí para que nos apoyemos en lo que haga falta. Me quedo con las risas, y con los llantos. De eso trata la vida: de las subidas, las bajadas, pero en definitiva, del camino y de quien te acompaña.


Querido 2025. Has empezado con buenos deseos en vídeo llamadas y mensajes, a los que han seguido las risas nada más llegar al vecindario cuando he gritado mi tradicional “¡Feliz año, Sope!”, ese grito que los vecinos echaron de menos y al final he terminando echando farolillos al cielo con ellos. Hoy me ha tocado levantar el país después de solo tres horas de sueño, pero la recompensa será la comida con mi familia. 


Como cada año, no hago propósitos del año exactos. Simplemente lanzo deseos igual que los farolillos de anoche. Ojalá poder pisar el tercer continente distinto en tres años. Ojalá encontrar libros que me atrapen tanto que se me pasen las horas volando. Ojalá seguir divirtiéndome tanto mientras pego al saco y me río con los entrenadores y, obviamente, seguir quejándome con los funcionales que luego me dejan unas agujetas interesantes. Ojalá seguir riendo tanto con los de mi alrededor y seguir emocionándome tanto cuando escucho música. Ojalá siga adelante con la idea de escribir una historia entorno a esa canción que descubrí en verano; tengo dos personajes secundarios pero no me vienen a la mente los nombres de los protagonistas, por lo que tengo bloqueo escritor (?). No llegará a nada esa historia/novela, pero será algo escrito por mí y por pura diversión. Ojalá aprenda cosas nuevas que me puedan aportar algo a la vida, ya sea ocioso o para la vida laboral. Ojalá me enamore, que creo que merezco un poco de ese amor romántico que tanto leo. Ojalá no me falte nadie. Ojalá siga aprendiendo a quererme, a escucharme, a entenderme y mimarme. Ojalá todo siga así de bien. Ojalá que todos estos “ojalá” se cumplan. Quiero que se cumplan.


Querido 2025, bienvenido a la vida. Ojalá que el 31 de diciembre tenga muchas cosas buenas que escribir sobre ti.

domingo, 31 de diciembre de 2023

Inesperado 2023

Aquí estamos, un año más. Pasando por este blog que antaño tanto utilizaba y ahora solo me asomo para hacer balance de año. Y menudo año se nos ha quedado atrás.

Empecé el año yéndome una vez más de viaje sola, justamente al día siguiente de la fiesta sorpresa que le hicimos a Nerea por su 50 cumpleaños. En esta ocasión taché de mi lista de viajes pendientes Sevilla. Me planté en la plaza de España y se me puso la piel de gallina viendo cómo bailaban sevillanas. Yo en otro momento de mi vida fui andaluza, es que sino no lo entiendo. Tuve la suerte de poder quedar con mi gaditana favorita ya que ahora vive allí con su novio, y me llevó a probar el solomillo al whiskey que me encantó. Free tours, museos, muchos pasos y comida por todas partes.

En febrero hice una visita de fin de semana a Oier, Nai y Alma. De Barcelona cogí un vuelo que me dejó en Londres. El motivo del viaje fue llevarme de cita romántica solitaria el día de los enamorados a ver un musical trágico. Ha sido, sin lugar a dudas, la mejor cita que he tenido conmigo misma: el musical de "Moulin Rouge". Sólo con entrar ya se me pusieron los ojos llorosos. Cuando llegamos al intermedio yo estaba emocionadísima y los sentidos estaban hiper saturados. No hace falta decir que lloré lo más grande y que salí de allí con la cara roja, pero con una sonrisa más grande que todo el Támesis. Como siempre visité los museos, porque ya que se llevan todas las obras de arte, al menos que la entrada sea gratuita. Me quedé con la pena de entrar al British, pero como dice mi madre: "Siempre hay que dejar algo por hacer la próxima vez". En ese viaje ya tenía comprado el vuelo de la gran aventura del año, y estaba histérica. A la vuelta fui con ama a un espectáculo musical de Michael Jackson del que salimos bastante sin más. Y a final de mes conseguí juntarme con mis Ciao Amore, que alumbraron el día gris que hacía.

En marzo celebramos el cumple de ama, yendo de sorpresa a tomar el brunch. Aquél día me cayó el escupitajo que en más de una ocasión he lanzado, y en mis manos apareció un nuevo teléfono con una manzanita detrás. Qué dolor de tarjetazo. La llegada de Jare al mundo. Salí por Deusto con mi familia de la uni, y me bebí todas las cervezas que pude y más. Qué bien me lo pasé.

Y llegó abril. Aún a día de hoy creo que no soy del todo consciente. Por fin pude estrenar la mochila que Olatz me regaló cuando cumplí los 25 años; y no para un viaje cualquiera, sino para EL viaje. Demasiadas horas nos separaban de nuestro destino final: Bali. ¿Me oís gritar? Por fin, a mis treinta años, salí del continente y me planté en un país asiático. La diferente cultura, las gastronomía, los masajes, la fauna, el calor, comer pizza y mexicano cuando no sabíamos qué más comer. Los arrozales, los monzones que nos pillaban desprevenidas. Coger barcos que nos llevasen a las distintas islas. El snorkel y los infartos a las tres de la mañana a cuenta del ramadán. Los atardeceres fallidos en los que se atisbaban colores bonitos. Nusa Penida, donde cogí un ciclomotor por primera vez en la vida (y nos accidentamos de diferentes formas, pero salimos vivas). El T-Rex y los fotones que tenemos allí. El final de viaje pasado por agua en el destino que teníamos pensado pasarnos tumbadas en la playa todo el día. La casualidad de ver a lo lejos a un antiguo compi del Erasmus de Malta el último día. El viaje de vuelta y llorar por no querer volver a casa. Sant Jordi un año más, mi 31 cumpleaños con todo aquél a quien quiero, incluso los que ya no están.

Mayo robándole el nuevo móvil a ama para sacarle fotos a la luna. Comprar tazas que todavía están sin estrenar. Muchas siestas con Freya al calor de las mantas,  Eurovisión e ir con la familia al Arriaga a ver el musical de "Cantando bajo la lluvia", el cual me gustó bastante. La presentación del nuevo libro de Haize y encontrarme con alguien del pasado en el lugar que me recuerda a otra persona. Y, por fin, poder ir a un concierto de Bely Basarte. ¿Lloré? La duda me ofende. La pregunta debería ser si en algún momento dejé de hacerlo. 

Y llegó junio, un mes que marcaría el resto del año y todavía no lo sabíamos. Quedé con Olatz un día para terminar de organizar el viaje de verano y vimos el atardecer más bonito, probablemente, de todo el año. Tres días después aparecería en nuestras vidas la palabra que nadie quiere escuchar, y si lo hace, es porque hace referencia a un signo del horóscopo. La incertidumbre nublaría mi mente, y me pondría nerviosa no poder hacer nada. Pero la vida continuaba, y había que disfrutar de todos los buenos momentos que tenían que llegar. Conocí a los gatos de Alex, volví con Rebeca al Berty's y me enamoré un poco más de la tarta de queso que tienen. La llegada de Anna por el 30 cumpleaños de Olatz, que venía de sorpresa pero mi amiga como siempre se imagina cosas y al final tiene razón. Las fiestas de Sope, siendo el txupinazo el mejor momento de las mismas.

Primero de julio y el Tour de Francia iniciando en Bilbao, pasando por delante del hotel. El 7 de julio ya no será solo San Fermín, y pasará a ser "la magia del 7" tras la operación que alejaría al bicho de nuestras vidas. Una semana después estaba cogiendo otro avión con Olatz para plantarnos en Barcelona con motivo del concierto de Harry Styles; pero primero tuvimos una cena con toda la gente de Oier en casa de Nai. El concierto fue una fantasía en la que casi me desmayo por una bajada de tensión, pero ya avisé de que de allí no me sacaban hasta que cantase Kiwi (que resulta que siempre es la última canción). Volver a casa y al día siguiente tener comida con las chicas de clase, ya que Yasmina había venido de visita. Y dos días después, poníamos rumbo a nuestro Airhopping: Croacia, Nápoles y Praga. Otro viaje más en el que nos pasó de todo, comimos de todo, nos pusimos más morenas que en el viaje a Bali, nos pusimos las botas con el aperitivo en Nápoles y por fin pude tachar también visitar Pompeya de mi lista de cosas por hacer. Conocer en Praga a un chico que resulta que era amigo de la pareja de una amiga, bebernos las cervezas más grandes que nuestras cabezas y huir de las avispas que querían tomarse nuestros chais.

Llegó agosto, mes favorito de fiestas. Desayunar por el 30 cumpleaños de Oier. Tardes de atardeceres donde bajaba a leer a la playa y tener un momento de desconexión y dejar de contar los días para obtener los resultados. Pijamas pasado por alcohol, como tiene que ser. El suspiro al saber que la operación había ido bien, que la persona a la que más quiero estaba en principio fuera de peligro y que ahora solo queda hacer todas las revisiones que hagan falta para controlar que todo sigue bien. Jaias de Bilbo, el día que la selección femenina de fútbol se convirtió en campeonas del mundo y quedó manchada la noticia por culpa de un idiota. Gatibu y Esne beltza amenizando las noches de Aste Nagusi, aunque la última noche que salí todo me cayó de golpe y la ansiedad hizo de las suyas.

En septiembre volvimos a tener la visita de Anna y por primera vez salí por las fiestas de Galdakao, a cuenta del concierto de Esne beltza. También probamos el Solito, o lo que viene a ser el nuevo restaurante que surgió de las cenizas de aquellos lugares donde tantas tardes y noches pasé en mi juventud más temprana; comimos ramén y probamos el sitio de las tartas de queso de Bilbao. Bajamos a ver la primera puesta de sol del otoño. Fue el mes en el que los clientes del hotel me regalaban cosas como galletas o incluso un libro. Y terminamos el mes haciendo un mano a mano en Vitoria, viendo mi primer partido de baloncesto y saliendo a darlo todo después por esas calles que en tiempos de universidad me vieron crecer.

En octubre volví a reunirme con Ciao Amore y les conté el drama del año. También probé por primera vez un nuevo local en Algorta que tienen unos nachos buenísimos y que no me importaría comer una vez al mes. Una semana después de Vitoria salimos por sitios que no conocíamos de Bilbo, desquitándonos de tanto tiempo sin salir. Silver cumplió 10 años. Conocimos a Lima y Limón, los gatos de mi tía. Plasmé las huellas de mis gatos para siempre tener ese recuerdo. Ama y yo fuimos al concierto de "Ura bere bidean" y lloré nada más empezó a cantar una de las chicas la canción de Mikel Laboa que siempre me recordará a aitite. Disfruté como una enana viendo a tantos artistas con la orquesta sinfónica de Bilbao, entre los cuales se encontraba Xabi Solano de Esne beltza y mi queridísima Rozalén. El último día del mes recibí un mensaje que prometía cervezas y un atardecer.

Primera quincena de noviembre estando de vacaciones, en las cuales aproveché para viajar a otro destino que no conocía: Bruselas. Pero el motivo principal de aquél viaje fue poder conocer la ciudad de Brujas. A nadie le sorprende que me enamorase del lugar. Fue una excursión de un día en la que por la tarde también visitamos Gante, pero nos pilló una buena tromba de agua y no la disfruté tanto. Al volver, y como no podía ser de otra manera, salimos de fiesta una vez más por Bilbo, en esta ocasión acompañadas de la gente de turismo y uni (que al final viene siendo casi la misma gente). Por el cumple de Elena nos reunimos todos y nos fuimos a hacer una actividad que estaba deseando poder realizar desde hacía diez años: paintball. Lo disfruté como una auténtica enana, y me encantaría repetir pronto. Para recuperar fuerzas, Elena nos preparó la mesa como si fuera una comida de Navidad, y eso que habíamos quedado para comer un cochinillo.

Y llegamos al último mes del año, que empezó un viernes y el sábado ya nos tenía de fiesta en el Antzoki después de muchos años sin pisar ese lugar. Al día siguiente, sin apenas haber dormido, tocaba comida por el cumple de Loida. Por segunda vez consecutiva pude ver a Bely Basarte, en esta ocasión fue en la presentación de su nuevo disco. Y una vez más cantó "San Pedro" y me tuvo llorando en silencio detrás de la pantalla del móvil mientras grababa un poco de la actuación. Compré el disco y después de firmarlo y charlar un poquito, le pedí si podía darme un abrazo. Ha quedado grabado en un reels de ese día que está en su perfil. Volví a darle al saco, pero no de la manera que lo hacía antes. Quizá este año que entra vuelvo a enfundarme los guantes aunque sea para dar golpes a ritmo de la música; siempre me hace bien. Llegaron los veintitodos de Nata y fuimos a que probase las pizzas del Coppola que tanto tenía pendientes, para acabar después con unos tragos jugando a juegos como antaño. Saqué una foto maravillosa desde mi balcón mientras leía en la que se ve un avión pasando bajo la luna creciente. Comida con el golden trio que estaba peor que nunca, pero que acabamos riéndonos de la vida y planeando salir de fiestas prácticamente nada más empiece el año. Y ayer, ante último día del año, tuve el día más ajetreado en cuanto a ver personas y me llenaron el corazoncito aunque acabase agotada: desayuno con Oier y Alma, saludar a los de la uni antes de ir a la comida con las chicas de clase y familias, y después volver a estar otra horita con los de la uni. 

Y aquí estamos, a 31 de diciembre, después de haber limpiado la casa como cada año, haber bajado a la playa para ver el último atardecer que en esta ocasión ha estado lleno de nubes, y terminar de escribir un poco el recordatorio del año. Es posible que me haya dejado cosas en el tintero, haya evitado cosas como la operación y caída meses más tarde de amona, la quemadura de mi abuelo, las veces incontables en las que me he puesto mala este año, todas las veces que en esta casa no se ha podido llorar por el bloqueo emocional que tenemos, el melanoma que apareció en la misma persona... Pero esas cosas han estado ahí, las hemos vivido y sobrevivido; también las hemos llorado a veces. He leído un total de 22 libros y me obsesioné con una película que se ha vuelto una de esas pelis confort para días un poco raros. Ha vuelto OT después de tres años, y aunque no lo estoy siguiendo tanto como las anteriores ediciones, Tiktok me tiene al tanto de los amoríos y de algunas actuaciones que han sido o serán espectaculares. No he bajado tanto a la playa como me gustaría, pero las veces que lo he hecho lo he disfrutado.

Ha sido un año lleno de primeras veces, algunas inesperadas, otras planeadas y alguna que otra que hubiera preferido no tener. Un año en el que me he priorizado, me he escuchado y me he mimado de la forma que fuera. Me he dado caprichos, me he ido de viaje cuando he podido y he querido, me he quedado en casa leyendo tardes bajo la manta porque era lo que necesitaba en ese momento: un poquito de música, una vela que huela bien y un mundo que no fuera el mío. Lo estoy intentando, estoy trabajando en quererme un poquito más y hablarme mejor.

Y llega la hora de hacer balance, de ver lo bueno por encima de todo lo negativo que hemos tenido, que no ha sido poco. Este año se ha pasado el juego de la mala racha de la salud en mi familia, y aunque jugamos a la lotería, no nos tocó nada. Esperemos que el año que viene traiga toda la salud que este año nos quitó, porque vaya tela 2023. 

Como siempre, no haré propósitos de año nuevo para luego no cumplirlos y frustrarme. Pero pido mucha salud para toda mi familia, para mis amigos; en definitiva, para la gente que quiero. Pido algún viaje que otro, aunque tengo un concierto el año que viene que me hará pisar tierras catalanas una vez más. ¿Qué nuevo destino me tocará conocer el siguiente año? Ojalá poder pisar un nuevo continente, y seguir tachando lugares que ver. Quiero seguir trabajando en mí, en seguir escuchándome y darle al cuerpo lo que necesita sin sentirme culpable. Quiero ser capaz de pedir ayuda si lo necesito, y verbalizar las cosas antes de que me consuman por dentro. Ojalá terminar de tomar la decisión y coger los guantes para ser más constante, veremos en qué formato lo hago. Quiero seguir leyendo y disfrutar de la lectura, no importa el género que sea. Quiero pasar más tiempo con mi gente, salir a bailar y disfrutar mucho de la vida, porque para eso está: para vivirla, y no sobrevivirla.

 "El día 31 cae en domingo, por lo tanto acaba el año, el mes, la semana y el día al mismo tiempo. En 2024 todo empieza de cero". Así que 2024, tú que vas a empezar un lunes el día, la semana, el mes y el nuevo año, que contigo ponemos el contador a cero... Por favor, sé bueno. Y a ti, inesperado 2023, gracias por las cosas buenas y los recuerdos que dejas; por los aprendizajes aunque hayan sido a base de golpes. Gracias, porque cuando mire para atrás, tendré tantas historias para contar que me faltarán horas ante una cerveza viendo una puesta de sol para contarlas todas.


sábado, 31 de diciembre de 2022

Vaya viaje, 2022

Como cada año aquí me encuentro, delante del ordenador para echar la vista atrás. De las pocas tradiciones que tengo para el día de Nochevieja, y de las que me pongo nerviosa si no lo cumplo a tiempo. Empecemos por el inicio, y me voy a remontar al tres de enero.

Aquel día, confinada como seguía estando, me encontraba en mi cama y vi pasar un avión. Abrí Twitter y escribí lo siguiente: "Estoy tirada en la cama viendo una serie, y veo pasar un avión. Al verlo me ha dado una sensación muy guay. Ojalá signifique que este año vienen muchos viajes". La Deborah de entonces no se imaginaba lo fuerte que debió de visualizar aquello, porque se nos vino. Creo que voy a considerar Twitter como mi medio de manifestación, porque los últimos años no falla una. A pesar de que aquello nos llevaría a un mal entendido y una situación nada cómoda que me llevo a tener ansiedad, en enero realicé el primer viaje de la mano de mi amiga Olatz. Cogimos un vuelo y nos plantamos en París para menos de 35h. Pasamos muchísimo frío, pateamos a más no poder y yo me destrocé los pies estrenando las botas. Era lo que había que hacer. También empezamos el año con su concierto anual. Por si no fuera poco, viendo el documental del 20 aniversario de la primera película de Harry Potter, y con eso lloré -y seguro que toda mi generación- por primera vez el primer día de este 2022. Llevábamos diez días del primer mes cuando la sorpresa llegó a mi trabajo en forma de nueva empresa. Mismo hotel, diferente gestión; con todo lo que eso conlleva. La ansiedad volvió a aparecer, y no me hizo ninguna gracia. 

El uno de febrero sigue siendo motivo de celebración con el cumpleaños de mi abuelo. Pocos días más tardes disfruté de uno de los atardeceres más bonitos junto con Nata e Iñigo en mi sitio favorito de la vida. El golden trio nos volvimos a reunir el día que me enfadé tantísimo con los cambios que nos estaban haciendo, y qué bien me vino. Las tardes tomando unos crujis con moscato ideando escapadas, y aquellas 24h en Vitoria que todavía recordarlo nos hacen reír a carcajada limpia. También fue el mes dónde el mundo vio nacer el nuevo poemario de Oier, y yo volví a estar orgullosa por su trabajo. Visitamos a Nata en su encierro por Covid para sacarle una sonrisilla, y hacerle algo más a mena la soledad de la casa vacía.

Marzo se vio marcada por cumplirse la primear década de la ausencia de lo más bonito que he tenido nunca. Beti gogoan zaitut, Beltz. Mi veleta Keila se fue a cuidar de nuestra Valeta en Malta. Volví al cine después de un montón de tiempo para ver Batman, solo porque salía Robert Pattinson. Disfruté de las primeras fiestas del año como hacíamos antes de la pandemia: sin restricciones horarias, sin mascarilla y, como siempre en Deusto, bajo la lluvia. Unos clientes me regalaron una caja de bombones para agradecerme mi trabajo y el haberles ayudado tanto mientras estuvieron en Bilbao. El 53 cumpleaños de ama.

El mes de abril llegó en un cerrar de ojos, y con él la Korrika. En una mañana de desayuno le hice firmar a mi amigo su propio poemario, porque si de algo tiene que vales tener al escritor de amigo es que te dedique esas buenas páginas. Otro desencuentro más y los nervios a relucir. Lo poco que me gusta que alguien se sienta mal, y el mal cuerpo que se me quedó. El viaje a Milán, porque si de algo servía tener unos días libres seguidos el uno detrás del otro, en este año los iba a rellenar con viajes a donde fuera. Volver a entrar en Ciao amore después de dos años y sacarnos la foto de rigor. Volver a comer el panzerotto de Luini, el trozo de pizza de Spontini que me decepcionó y el aperitivo en el sitio de siempre. Navigli de mis amores, te echaba de menos. Mi último Sant Jordi siendo veinteañera, comprando en esta ocasión los libros y las rosas. Todos los libros de Defreds firmados. El paseo por la playa. Mi treinta cumpleaños y el regalo sorpresa que nada tenía que ver conmigo.  El ataque de ansiedad más gordo de este año me dio el día que iba a celebrar mi cumple con mis amigos. Así es la vida, ¿verdad? Lo bueno de aquel Scape room de miedo que me hizo despejar la mente y me ayudó a reír tanto que no podía con mi vida. El impresionante regalo que me hicieron Naiara y Oier: una ilustración mía y de mis gatos junto con un poema dedicado únicamente a mí. Si no me explotó el corazón fue de milagro, y solo podía repetir "¡Qué fuerte!" cada vez que miraba aquel cuadro.

Uno de mayo siendo el cumple de mi bebota bella. Otro día más comiendo y bebiendo con Sheila y Katta para despotricar. La visita al hotel de Rebeca en la que me trajo gominolas. Ese Eurovisión que casi ganamos si no llega a ser por la guerra que acontecía. Ir a ver atardeceres y empezar a bajar a la playa a tomar el sol. Los cuatro vuelos que me llevaron a mi primera casa fuera del hogar. Esta vez me invertí los papeles con Keila y fui yo la que fue a visitarla a Malta mientras estaba de Erasmus. Volver a mi txokito a pesar de que ya no estaban mis gatos bellos, comerme el cinnamon roll, los trozos de pizza y los pastizzi. Quemarme el primer día solo al pasear, salir de fiesta pero sin entrar en Havana porque había que pagar. El baño en mi txokito momentos antes de ir al aeropuerto. Lo feliz que me hizo volver a esa isla. El mini festival del puerto con sus conciertos y algún que otro chico guapo.

Junio empezó con la graduación de ama en su universidad. El orgullo me supuraba por todos los poros de la piel, y no negaré que se me escapó alguna lagrima que otra. Por fin leerme el libro de La vecina rubia. La visita de Aitzi con la pequeña Sara que me tiene robado el corazón. El cumple de Arrate. Más playa cada vez que se podía. La noche de San Juan con la visita de los pequeños rubios, que ya no son tan pequeños y parecen más australianos que vascos. Las jaias de Sope, por fin, después de tres años sin poder salir en ellas. El cumple de los veintitodos de Olatzi y la celebración en jaias con el concierto de Esne Beltza.

Viajar en julio a Menorca con ama. Que una amiga de infancia te cuente que está embarazada y alucinar; ni que fuera la primera, pero aún así me sorprendió mucho. Mi amigo el pez y las aguas cristalinas de aquella isla. Volver con el ojo pocho. Quedar un día más con Olatz para disfrutar de los pintxos del puerto bajo el sol. Jaias de Larra y perder la voz animando a los chavales del box de mi vecino. Ponerme mala, la primera vez de unas cuantas este año. El gran día del verano: paellas y su pedo tonto que acabó con una mala pasada de mi cabeza y acabé volviendo andando a casa para parar los pensamientos intrusivos. La merienda del día después y el paseo por excelencia con Oier por Gorliz que acabó con mi chocolate favorito de sorpresa. Marcharme a final de mes a Oviedo para visitar a Rebeca y acabar conociendo Gijón y Cudillero.

En agosto acabamos yendo a jaias de Vitoria y nos reímos como idiotas. Llegaron jaias del puerto y con ellas los cambios de turno para poder disfrutar de las erromerias. La visita de Carla y su inmersión en la gran fiesta de pijamas. La quedada express anual con Lily y su marido Isma. El txupinazo de Aste Nagusi, las ocho tardes seguidas trabajando y la manga el viernes gordo de fiestas. Lo que me pude reír mandándole audios -de los que han salido frases celebres e incluso algún que otro sticker- aquella madrugada a Rebeca, la cual iba de camino al trabajo. Ponerme muy mala, pensar que era una faringitis de las fuertes y resultar que era una moderna con gripe A, a la que además se le sumó otra vez el ojo malo. La aventura que nos espera el año que viene se empezó a gestar en este mes.

Septiembre cazando atardeceres y merendando en los acantilados. El nacimiento de Summer, la hija de Itxi y David. Acompañar a Olatzi a hacerse los tatuajes y luego comer en un mexicano, porque otra cosa no, pero comer se nos da de lujo. La araña de mi coche que decidió quedarse ahí a vivir y han ido apareciendo después a lo largo de los meses parientes suyos que hacen que me infarte. Conocer por fin a Anna después de tantos años oyendo hablar de ella y de que organizásemos a muchos kilómetros de distancia el vídeo sorpresa por el cumple de Olatz cuando ambas estaban en Boston.

Si de algo tengo recuerdo de octubre es de lo mucho que me enganché a la saga ACOTAR. Hacía muchísimo tiempo que no leía tanto y tan rápido como cuando esos libros llegaron a parar a mis manos a través de una pantalla. El noveno cumpleaños de Silver, que pare el tiempo, por favor. También es el mes en el que volví al sur después de tantos años y me encontré con Elisa unas pocas horas en Málaga. La boda de Edorta y Triana en Granada, en la que se me ponía la piel de gallina al ver como tocaban el cajón flamenco y las chicas bailaban con un arte que no se podía aguantar. Los ojos llorosos y la piel de gallina, puro sentimiento a flor de piel. Los gatos de nuestra casera que eran un amor al igual que Agueda.

Noviembre con la vuelta de los atardeceres desde mi balcón. Pero, sobre todo, noviembre con mi primer viaje sola a dos destinos totalmente desconocidos para mí: Ámsterdam y Berlín. Lo bonito que es Ámsterdam, los museos que recorrí, las ganas de llorar desde que entré en la casa de Anna Frank, el cuadro del almendro de Van Gogh. Las patatas que me dieron la vida, y las galletas de chocolate que merecieron tanto espera. El free tour en el que conocí a una chilena, una argentina y un venezolano que me amenizaron mi última tarde al calor de un calefactor y con la cerveza en una mano. El viaje en bus de nueve horas en el que apenas descansé para llegar a Berlín. Dejar la mochila en el hostal y empezar a conocer la ciudad con un free tour. Conocer a un chico italiano, una chica de Suiza y dos amigas (una italiana y otra española) que era muy divertido ver cómo se comunicaban entre ellas. El free tour de la guerra fría y el muro de Berlín. El currywurst que comí en un puestito y que me llenó la vida. El sábado entero en la isla de los museos, el frío que hacía y la nieve que comenzó a caer. Yo, romantizando mi vida de soltera con un chocolate caliente mientras paseaba bajo aquellos copos de nieve y le sacaba fotos a la puerta de Brandeburgo. Terminar cenando pizza en el hostal con las dos chicas de mi habitación, organizar la mochila y prepararme para el siguiente día que se me fue en coger trenes, buses y aviones para llegar a casa. No haber cogido el último vuelo y querer marcharme de nuevo. Estas ganas de ver mundo pueden conmigo. Comer para celebrar el cumple de la tita Loi echándonos un buen largo. La tarde que pasé en Vitoria con Nagore, Aitzi, Urko y la pequeña Sara. ¿Se nos caía a todos la baba? Para que te voy a decir que no, si sí. 

Y llegamos al último mes, donde sigo celebrando la vida de mi tía la loca. Donde sigo quedando para comer y pintar tazas. Donde he hablado por teléfono con una persona de mi pasado que necesitaba desahogarse y no pensar. Donde recibo visitas sorpresa con merienda incluida en tardes soporíferas en el curro. Donde soy la respuesta a todas las preguntas sobre qué hacer en Italia. Donde hemos celebrado los 28 de Nata. Donde me encontré con la madre de aquél amigo que, desgraciadamente, este año han hecho 18 años que no está. Donde no pueden faltar los crujientes de Idiazabal acompañados de un moscato sentadas en las escaleras cogiendo sol cual lagartijas. Donde he participado en una baby shower por primera vez. Donde hemos vuelto a disfrutar de Santo Tomás, con su talo y su botella de sidra. Donde he rescatado tres libros de poemas/cuentos que llevaban esperando todo el año a ser leídos. Donde he conducido hasta Bayona para pasar el día y comernos unos embutidos, pero antes desayunamos en un sitio maravilloso. Donde haciendo limpieza encontramos las notas de cuando tenía 3 años y había una nota en la que hacían mención a Isaac y me puse a llorar; porque siempre fuiste el número uno. Donde he acabado el año trabajando de mañana y paseando por la tarde, desquitándome de la pena de no haber visto el último atardecer del año anterior. Y qué a gusto se estaba en la playa, solo con una sudadera porque hace calor.

Así que a grandes rasgos aquí está mi año. Pienso en él de manera global, y es que no puedo haber sido más feliz. A pesar de haber estado mala, de haber tenido ataques de ansiedad, de haber tenido esos malos entendidos, a pesar de todo lo malo que haya podido pasar... A pesar de todo eso, he sido tan feliz. He hecho lo que he querido siempre que podía, he reído y he llorado como nunca y como siempre. Pero lo que más me ha hecho feliz este año es lo mucho que he viajado. No me importa la manera en la que lo haya hecho, pero pensar que he cogido un total de quince aviones me pone muy contenta. He visto sitios que no conocía, he vuelto a otros en los que ya había estado pero he descubierto cosas nuevas, he entrado en museos que me han emocionado ya sea por su historia como por el hecho de que lo que me encontraba allí eran cosas que había estudiado en la carrera. Me ha hecho muy feliz volver a salir a jaias, aunque me sienta una anciana por todos los adolescentes que pululan por ahí, entre los que se encuentran mis primos. Me ha encantado volver a leer con gusto y saber que he superado mi meta de los 20 libros anuales y hacer un recuento de 27. Para muchos será poco, para otros mucho; para mí simplemente está genial. He hecho planes después de trabajar, cosa que antes me costaba mucho porque me ganaba el cansancio y la pereza. Pero si me dejo ganar, se me escapa la vida; y no estamos aquí para eso. Por suerte mi familia está bien de salud, que es algo que siempre me preocupa. En lo laboral me encuentro bien, tranquila, y se me tiene en cuenta. Estoy deseando saber qué ha pasado con lo de Florencia, porque ahí puede haber otra aventura para el siguiente año si todo va bien. Qué nervios, ¿no?

Querido 2023, como cada año no voy a hacer propósitos de año nuevo porque no los voy a cumplir. Solo hace falta ver cuántas veces he ido al gimnasio este año y obtenemos el resultado de la X. Como siempre voy a pedir salud para la gente que quiero, y me voy a incluir en esta petición porque entre una cosa y otra, la última parte de este año he pillado de todo y creo que es suficiente por un tiempo. Pido felicidad, que la encontramos en las pequeñas cosas de cada día. Quiero leer más, disfrutar sumergiéndome entre las páginas de un libro aunque sea digital. Y, cómo no podía ser de otra manera, pido más viajes. Necesito descubrir el mundo que está ahí afuera, y aunque sea poco a poco, quiero ir tachando lugares a los que ir. ¿Quizá este sea el año en que por fin saldré del continente? Ojalá. Por el momento, en verano ya tengo un plan que va a ser genial y con el que me lo voy a pasar como una enana y seguramente me dejaré la voz una vez más, lo veo venir. Me gustaría quererme un poquito más este año que viene, y con quererme me refiero a cuidarme tanto física como mentalmente. De lo último poquito a poco voy haciéndome cargo, teniendo quedadas conmigo misma y dándome el espacio y tiempo que necesito en el momento.

Querido 2023, tienes el listón muy alto. No veas qué vértigo me da cada vez que dejo un magnífico año atrás, pero haré todo lo posible para que nos llevemos bien y pueda contar mil aventuras y recuerdos más el próximo 31 de diciembre. Y a este año que se nos escapa en menos de cuatro horas, qué decirle. Gracias por todo. Gracias por tanto. Vaya viaje, 2022.



lunes, 25 de abril de 2022

Adiós a los veintitodos. Y gracias.

 No estoy mentalmente preparada para escribir este post, y ni siquiera lo estoy escribiendo desde un lugar tranquilo. Pero no puedo fallar ahora.

Ha llegado el día. El día en que quedan pocas horas para que llegue mi cumpleaños y pase a una edad en la que ya se me toma como adulta a todos los niveles. Adiós carnet joven, ese que nunca llegué a utilizar. Adiós a los patitos. Adiós a la juventud entendida.

Necesito que alguien me explique dónde se han quedado estos diez años que han pasado como un suspiro. Dónde han quedado las noches de juerga finde sí, verano también. Dónde han quedado aquellos -pocos- amores de juventud. Dónde han quedado los cotilleos de cada día. Dónde han quedado los no tan queridos exámenes de universidad. De verdad. Dónde.

Si echo la vista atrás a mi veintena se me vienen demasiadas cosas a la cabeza. En orden cronológico, me viene a la cabeza algunos de los momentos más duros de mi vida (vale, sí, tenía 19 años pero cumplía los 20 ese mismo año); jamás me perdonaré no haber estado a su lado cuando se fue. Un corazón roto. Un verano lleno de fiestas. Me vienen a la cabeza mis viajes a Italia, repitiendo Roma un año después de que me abriera la veda de los interminables vuelos que cogería a lo largo de los años. El carnet de conducir que tanta libertad me ha dado. La despedida de soltera de mi tía en el pueblo. Conocer al ídolo de mi infancia. La boda de Arrate. Volver a surfear después de tantos años. La alegría y la ilusión de una nueva historia de no-amor que no duró. Salem y el fin de semana más corto. La Oktober fest que me enseñó a beber cerveza. El viaje a Londres por primera vez. Adoptar a Silver. Mis dos patitos y lo feliz que fui con ellos. El descubrimiento de paellas. Cuando conocí Florencia y el mirador se volvió más bonito con un beso. Los amigos de Txomin Barullo y las nuevas fiestas. Cuando quitaron la tienda de mi infancia y a todos se nos rompió un poquito el corazón. Kickboxing. La que no sabía que sería la última comida de reyes todos juntos. Cumplir el sueño de infancia en Disneyland. Volver a la sidrería de mi vida después de tanto tiempo. El viaje a Irlanda con mis amigas, pero teñido por esa terrible noticia. El puto 2016. Gracias al universo por Freya, que me salvó tantas veces. Despedirme de mi hombro en el que llorar, pero estar feliz por su emprendimiento. Donar pelo por primera vez y salir encantada con mi decisión. La decisión más triste que tomé al dejar de lado el piano. Mi cuarto de siglo en un abrir y cerrar de ojos. Los años en la universidad que parecían interminables y al final pasaron en un suspiro. Terminar el TFG a la vez que empezaba el curso de turismo. Volver a Florencia con ama, ir al pueblo y seguido volar a Londres con las chicas. Decir adiós al corazón de Sopelana, nuestra tienda de confianza. Despedirnos de la tía Xalba, qué gran mujer. Despedirme de mi mejor amiga durante un año entero, y que las horas, kilómetros y océanos no hicieran mella en nosotras. El día que me dijeron que me iba. La nevada en Sope que me enamoró. Malta y descubrir que mi sitio está en el mundo. La vuelta que me destrozó todo lo que creía cierto. El verano triste que pasé. La vuelta no tan inesperada de Olatz. La experiencia de FITUR. Irme a vivir a mi segunda casa durante tres meses tachando así algo que quería hacer en mi vida. Los 50 años de ama y sus lágrimas de felicidad. Conocer Lugano, Varsovia y Viena; volver a la Florencia de mis amores. La vuelta a casa y seguir arrastrando el mal estar del verano anterior. El que considero mi primer trabajo real. Estar psicológicamente en la mierda. El último verano en el pueblo que pudimos contar con su presencia. El viaje a Portugal con ama. El día que me concedieron la beca. El viaje a Budapest con Rebeca. Santo Tomás con una más. Decir adiós al 2019 con ganas, pero coger con muchísimas más ganas el 2020. El 7 de enero mudándome a Florencia. La pandemia que nos cambiaría la vida a toda la humanidad. Cumplir los 28 confinada en casa. El primer día que pisé la playa. Conseguir volver a Florencia y quedarme hasta finales de año. El 26 de noviembre en el que la amiga que siempre quiso ser madre envió su ecografía y lloré de alegría. Mi huevito. No encontrar trabajo, pero que después me llamase a la puerta. Los veintitodos, los veintisiempre. La visita de Regina, el viaje exprés a León con Nata. Volver a Florencia mano a mano con Olatz. La esperadísima boda de Itxi y David. Ser positiva en Covid y estar encerrada todas las navidades soleadas. Llorar en nochevieja por no poder ver el último atardecer del año desde mi sitio favorito de la vida. La nueva empresa en el mismo hotel. La primera sobrina de la unipeople. Las 32h de París con Olatz en las que me destrocé los pies; el viaje Milán gordonómico. Seguir buscando vuelos a cualquier parte porque el cuerpo me pide marcharme de aquí todas las veces que pueda.

Me dejo miles de historias, miles de momentos. Lo bueno de los recuerdos es que siempre estarán ahí: en forma de personas, canciones, lugares, olores, fotos, vídeos. Están en la mente y el corazón. 

Me llegan los treinta, qué pavor. Me daban vértigo los 25, pero es que los 30... Vaya tela. ¿Qué se hace cuando cumples semejante edad pero te sientes una cría de 17 años? Espero que desear que la nueva década sea incluso mejor que la anterior. No estoy muy intensa escribiendo esto, pero mientras paseaba esta mañana por mi playa querida más de una vez he tenido que echarle freno a la lágrimas. Ay, señor. Espero que pasen los años y recuerde la veintena con cariño, porque ya lo hago con nostalgia. Espero que los treinta sean los nuevos veinte, pero mejorados. Algo bueno tendría que tener esto de crecer, ¿verdad?

Por el momento, solo queda decir una última cosa: adiós a los veintitodos. Y gracias.