Vaya. Cuánto tiempo sin pasar por aquí. Cuánto tiempo sin plasmar lo que siento. Cuánto tiempo sin abrirme del todo.
2015 pasó sin que le dijera adiós. Sin un recordatorio de lo vivido, de las memorias que aquel viaje a tierras irlandesas dejó en la memoria y en mi cuaderno bitácora. Probablemente muchos de los recuerdos de ese año que ya pasó jamás volverán a mi memoria por el simple hecho de no haber escrito ínfimamente sobre él. Una lástima, porque estoy segura de que fue muchísimo mejor que este 2016 que, por fin, se va.
El fin de año de 2015 me pilló enferma, por lo que la entrada al 2016 no fue la mejor de todas. Algunos pueden llegar a pensar que por esa razón mi año ha sido bastante mierda. Al menos, el comienzo lo fue. Probablemente os preguntéis (aquellos que estéis leyendo estas palabras) por qué digo esto. Bueno, es fácil; y espero hacerlo lo más rápido e indoloro posible, que ya dolió bastante.
Para empezar, no tuve una comida familiar de reyes con mi aitite y mi tía, porque el primero estaba malo. Esto es un eufemismo si tenemos en cuenta los hechos que siguieron aquellos días. Ingresado en la UCI, allí pasaba una hora haciéndole compañía. Parecía, o eso me querían hacer creer, que todo iba a salir bien. Pero como alguna vez he dicho, soy medio bruja. Desde el primer momento supe que aquello no estaba bien, mientras él dormía a la espera en urgencias y yo lloraba. Qué alegría cuando le bajaron a planta, y yo creía ver un rayo de luz al final del túnel. No sabía lo equivocada que estaba.
Cuando el 15 de enero me despertó mi madre diciendo que fuera al hospital, no entendí bien lo que me quiso decir. Pero su voz, esa voz de haber estado llorando, no dejaba margen de error. Iba tranquila, o eso parecía. Entonces llegué, la vi con la cara roja y los ojos llorosos acompañada por su tía. Su frase, o intento de ella, fue lapidaria. Y entonces los muros se alzaron para protegerme contra una realidad que no quería ver. Y se fue, agarrado a mi mano o yo a la suya. Aquel día brindamos por él, con una radler limón que tanto quería tomar mientras no le dejaban ni beber agua. Brindamos, al menos yo así lo hice, para que llegase a buen puerto como buen marinero que fue. Que llegase a Cuba o donde quisiera ir. Él se lo merecía todo.
Con este comienzo poco podía esperar de un año en el que he sufrido el mayor ataque de ansiedad de mi vida, en el que el miedo ha sido fiel compañero durante muchas noches en las que pensaba que me ahogaba. Clases de filosofía que no ayudaban a mi existencialismo, ese que alguna vez me dió pero no tanto como lo ha hecho este año. Ayuda que sacó más mierda que tenía en el interior y nunca permití salir. Porque así soy: lo entierro todo por no querer sufrir, pero un día explota la mierda y aquí no se salva ni el apuntador.
Académicamente... Bueno. Podría decirse que tengo toda la carrera terminada, pero me queda el maldito trabajo de fin de grado para poder decir con todas las letras que "soy graduada en Historia del Arte". Maldita cabeza, fuiste más fuerte que yo. Juro que te ganaré la siguiente batalla.
Llegó el verano mientras intentaba hacer el trabajo del demonio, pero no "cogí" vacaciones hasta que el plazo de entrega llegó y no tenía hecho apenas nada. Qué le vamos a hacer. Ese mismo fin de semana lo pasamos fuera, celebrando los 25 años de un amigo en una casa rural. Fue el pistoletazo de salida anterior a las fiestas veraniegas. Y lo siguiente que recuerdo fue aquella semana de trabajo preparando el terreno para Paellas. Bendito sea ese maravilloso y largo día. Como no podía ser de otra manera, mi pollito bailongo y yo ahí estuvimos, a pie de cañón donde más queríamos estar. Este año podemos decir que hemos dado un paso adelante, y hemos conocido a gente a la que debemos una visita el año que viene. Yo seguiré pidiendo sangría, eso os lo aseguro. Viaje a Barcelona con cuatro amigos de la uni. Viaje que se resume en encontronazos con ex-novios, tener como mascota una cucaracha voladora y terminar el viaje con algún mojito en el cuerpo. Vuelta al hogar, más fiestas, más gente, y amistades que se fortalecían a medida que pasaban los días.
El mes de septiembre llegó y con él nuevos proyectos académicos que, espero, me acerquen más a mi sueño de ver el mundo. De momento no me puedo quejar: buenas notas, compañeros de clase con los que me río muchísimo y a los que en muy poco tiempo he cogido cariño; y lo que es mejor, no tengo que ir hasta Vitoria para estudiar. Espero mejorar las notas para poder irme una temporada fuera de aquí, que falta me hace.
Pero tal y como empezó el año, no podía terminar bien del todo. Fin de exámenes, y mi ojo decidió que era un buen momento para recordarme que seguía ahí. No podía hacerlo de otra forma que rememorando años de instituto y principios de bachiller. Conjuntivitis herpética, cuánto tiempo. Has estado casi siete años dormido y ahora tienes que venir a tocar lo que no suena, por si no hubiera tenido suficiente este año. Lo peor es cuando te dan el alta, y al de dos días vuelve a joder como el primer día. Y yo que pensaba que iba a terminar medianamente bien el año, que me había librado por unos pocos días. Para qué.
Aún así, quiero quedarme con algunas cosas positivas. Ha sido un año mágico, en cuanto a términos frikis, ya que una nueva película del mundo mágico que creó en su día J.K Rowling salió a la luz para devolvernos a la infancia a los veinteañeros. Mi carta de Hogwarts llegó de la mano de una amiga, y en navidades mi madre me regaló la varita de Hermione. Ahora puedo irme a estudiar magia y hechicería. ¿Quien quiere acompañarme? Me quedo con la magia de las noches de verano, de las tardes con quien pudiera tomando un batido de chocolate o un moscato; dependiendo de cómo nos diera. Me quedo con la magia de las noches de fiestas pijama acompañadas por mis adorables gatos. La magia de mi pequeña Freya, esa gata negra que no puedo dejar de achuchar; ni la magia de Silver, al que tengo mareado todo el día. Me quedo con la magia de mis amigos y familia, que me aguantan pase lo que pase. Me quedo con la magia de saber quién está y quién no está, con quién se puede contar y con quién no. Me quedo con la magia de no saber al 100% lo que puede llegar a pasar en la vida, lo que se puede sentir en varios aspectos de la misma. Al fin y al cabo, el no saber es lo que hace esto tan emocionante, ¿verdad?
Aún así, quiero quedarme con algunas cosas positivas. Ha sido un año mágico, en cuanto a términos frikis, ya que una nueva película del mundo mágico que creó en su día J.K Rowling salió a la luz para devolvernos a la infancia a los veinteañeros. Mi carta de Hogwarts llegó de la mano de una amiga, y en navidades mi madre me regaló la varita de Hermione. Ahora puedo irme a estudiar magia y hechicería. ¿Quien quiere acompañarme? Me quedo con la magia de las noches de verano, de las tardes con quien pudiera tomando un batido de chocolate o un moscato; dependiendo de cómo nos diera. Me quedo con la magia de las noches de fiestas pijama acompañadas por mis adorables gatos. La magia de mi pequeña Freya, esa gata negra que no puedo dejar de achuchar; ni la magia de Silver, al que tengo mareado todo el día. Me quedo con la magia de mis amigos y familia, que me aguantan pase lo que pase. Me quedo con la magia de saber quién está y quién no está, con quién se puede contar y con quién no. Me quedo con la magia de no saber al 100% lo que puede llegar a pasar en la vida, lo que se puede sentir en varios aspectos de la misma. Al fin y al cabo, el no saber es lo que hace esto tan emocionante, ¿verdad?
El año que entra es 2017, y yo tengo buena relación con el número 17. Dios, espero que sea un buen año. Que todo lo malo se quede en este año que, por fin, se acaba. Que no sólo ha sido malo para mí, ha sido malo para el mundo artístico (cinematográfico, musical, etc.), así como para lo político. De verdad, que la humanidad se va al traste.
Espero que el 2017 sea benevolente, que falta nos hace a muchos. Que traiga cosas buenas, y que para las malas nos dé un respiro. Que los 25 años que me van a caer -dios mío, mi primer cuarto de siglo- sean tan buenos como fueron los 17 o los 22. Necesito que sean buenos. Necesito sonrisas en mi vida, buena gente a mi al rededor, buenas noticias y grandes aventuras. Algún viaje suelto durante el año, y preferiblemente, que sea fuera de España. Necesito ver mundo, maldita sea. Quiero que este nuevo año traiga todo lo bueno a todos aquellos que quiero, a aquellos que también me desean lo mejor a mí. Que no me falte la familia, ni mis amigos. Que no me falte la música. Que vuelvan las ganas de escribir.
Querido 2017, tengo muchas expectativas puestas en ti; y por eso estoy cagada de miedo. Sé bueno y no me falles, por favor. Y a ti, 2016, decirte que me has pegado la paliza de mi vida. No había estado tan mal desde 2012. Creo que le estoy cogiendo manía a los números pares... Así que sin mucho más que decir, ni despedida cariñosa ni mierdas pomposas. Sólo decirte una palabra más: lárgate.