Como cada año aquí me encuentro, delante del ordenador para echar la vista atrás. De las pocas tradiciones que tengo para el día de Nochevieja, y de las que me pongo nerviosa si no lo cumplo a tiempo. Empecemos por el inicio, y me voy a remontar al tres de enero.
Aquel día, confinada como seguía estando, me encontraba en mi cama y vi pasar un avión. Abrí Twitter y escribí lo siguiente: "Estoy tirada en la cama viendo una serie, y veo pasar un avión. Al verlo me ha dado una sensación muy guay. Ojalá signifique que este año vienen muchos viajes". La Deborah de entonces no se imaginaba lo fuerte que debió de visualizar aquello, porque se nos vino. Creo que voy a considerar Twitter como mi medio de manifestación, porque los últimos años no falla una. A pesar de que aquello nos llevaría a un mal entendido y una situación nada cómoda que me llevo a tener ansiedad, en enero realicé el primer viaje de la mano de mi amiga Olatz. Cogimos un vuelo y nos plantamos en París para menos de 35h. Pasamos muchísimo frío, pateamos a más no poder y yo me destrocé los pies estrenando las botas. Era lo que había que hacer. También empezamos el año con su concierto anual. Por si no fuera poco, viendo el documental del 20 aniversario de la primera película de Harry Potter, y con eso lloré -y seguro que toda mi generación- por primera vez el primer día de este 2022. Llevábamos diez días del primer mes cuando la sorpresa llegó a mi trabajo en forma de nueva empresa. Mismo hotel, diferente gestión; con todo lo que eso conlleva. La ansiedad volvió a aparecer, y no me hizo ninguna gracia.
El uno de febrero sigue siendo motivo de celebración con el cumpleaños de mi abuelo. Pocos días más tardes disfruté de uno de los atardeceres más bonitos junto con Nata e Iñigo en mi sitio favorito de la vida. El golden trio nos volvimos a reunir el día que me enfadé tantísimo con los cambios que nos estaban haciendo, y qué bien me vino. Las tardes tomando unos crujis con moscato ideando escapadas, y aquellas 24h en Vitoria que todavía recordarlo nos hacen reír a carcajada limpia. También fue el mes dónde el mundo vio nacer el nuevo poemario de Oier, y yo volví a estar orgullosa por su trabajo. Visitamos a Nata en su encierro por Covid para sacarle una sonrisilla, y hacerle algo más a mena la soledad de la casa vacía.
Marzo se vio marcada por cumplirse la primear década de la ausencia de lo más bonito que he tenido nunca. Beti gogoan zaitut, Beltz. Mi veleta Keila se fue a cuidar de nuestra Valeta en Malta. Volví al cine después de un montón de tiempo para ver Batman, solo porque salía Robert Pattinson. Disfruté de las primeras fiestas del año como hacíamos antes de la pandemia: sin restricciones horarias, sin mascarilla y, como siempre en Deusto, bajo la lluvia. Unos clientes me regalaron una caja de bombones para agradecerme mi trabajo y el haberles ayudado tanto mientras estuvieron en Bilbao. El 53 cumpleaños de ama.
El mes de abril llegó en un cerrar de ojos, y con él la Korrika. En una mañana de desayuno le hice firmar a mi amigo su propio poemario, porque si de algo tiene que vales tener al escritor de amigo es que te dedique esas buenas páginas. Otro desencuentro más y los nervios a relucir. Lo poco que me gusta que alguien se sienta mal, y el mal cuerpo que se me quedó. El viaje a Milán, porque si de algo servía tener unos días libres seguidos el uno detrás del otro, en este año los iba a rellenar con viajes a donde fuera. Volver a entrar en Ciao amore después de dos años y sacarnos la foto de rigor. Volver a comer el panzerotto de Luini, el trozo de pizza de Spontini que me decepcionó y el aperitivo en el sitio de siempre. Navigli de mis amores, te echaba de menos. Mi último Sant Jordi siendo veinteañera, comprando en esta ocasión los libros y las rosas. Todos los libros de Defreds firmados. El paseo por la playa. Mi treinta cumpleaños y el regalo sorpresa que nada tenía que ver conmigo. El ataque de ansiedad más gordo de este año me dio el día que iba a celebrar mi cumple con mis amigos. Así es la vida, ¿verdad? Lo bueno de aquel Scape room de miedo que me hizo despejar la mente y me ayudó a reír tanto que no podía con mi vida. El impresionante regalo que me hicieron Naiara y Oier: una ilustración mía y de mis gatos junto con un poema dedicado únicamente a mí. Si no me explotó el corazón fue de milagro, y solo podía repetir "¡Qué fuerte!" cada vez que miraba aquel cuadro.
Uno de mayo siendo el cumple de mi bebota bella. Otro día más comiendo y bebiendo con Sheila y Katta para despotricar. La visita al hotel de Rebeca en la que me trajo gominolas. Ese Eurovisión que casi ganamos si no llega a ser por la guerra que acontecía. Ir a ver atardeceres y empezar a bajar a la playa a tomar el sol. Los cuatro vuelos que me llevaron a mi primera casa fuera del hogar. Esta vez me invertí los papeles con Keila y fui yo la que fue a visitarla a Malta mientras estaba de Erasmus. Volver a mi txokito a pesar de que ya no estaban mis gatos bellos, comerme el cinnamon roll, los trozos de pizza y los pastizzi. Quemarme el primer día solo al pasear, salir de fiesta pero sin entrar en Havana porque había que pagar. El baño en mi txokito momentos antes de ir al aeropuerto. Lo feliz que me hizo volver a esa isla. El mini festival del puerto con sus conciertos y algún que otro chico guapo.
Junio empezó con la graduación de ama en su universidad. El orgullo me supuraba por todos los poros de la piel, y no negaré que se me escapó alguna lagrima que otra. Por fin leerme el libro de La vecina rubia. La visita de Aitzi con la pequeña Sara que me tiene robado el corazón. El cumple de Arrate. Más playa cada vez que se podía. La noche de San Juan con la visita de los pequeños rubios, que ya no son tan pequeños y parecen más australianos que vascos. Las jaias de Sope, por fin, después de tres años sin poder salir en ellas. El cumple de los veintitodos de Olatzi y la celebración en jaias con el concierto de Esne Beltza.
Viajar en julio a Menorca con ama. Que una amiga de infancia te cuente que está embarazada y alucinar; ni que fuera la primera, pero aún así me sorprendió mucho. Mi amigo el pez y las aguas cristalinas de aquella isla. Volver con el ojo pocho. Quedar un día más con Olatz para disfrutar de los pintxos del puerto bajo el sol. Jaias de Larra y perder la voz animando a los chavales del box de mi vecino. Ponerme mala, la primera vez de unas cuantas este año. El gran día del verano: paellas y su pedo tonto que acabó con una mala pasada de mi cabeza y acabé volviendo andando a casa para parar los pensamientos intrusivos. La merienda del día después y el paseo por excelencia con Oier por Gorliz que acabó con mi chocolate favorito de sorpresa. Marcharme a final de mes a Oviedo para visitar a Rebeca y acabar conociendo Gijón y Cudillero.
En agosto acabamos yendo a jaias de Vitoria y nos reímos como idiotas. Llegaron jaias del puerto y con ellas los cambios de turno para poder disfrutar de las erromerias. La visita de Carla y su inmersión en la gran fiesta de pijamas. La quedada express anual con Lily y su marido Isma. El txupinazo de Aste Nagusi, las ocho tardes seguidas trabajando y la manga el viernes gordo de fiestas. Lo que me pude reír mandándole audios -de los que han salido frases celebres e incluso algún que otro sticker- aquella madrugada a Rebeca, la cual iba de camino al trabajo. Ponerme muy mala, pensar que era una faringitis de las fuertes y resultar que era una moderna con gripe A, a la que además se le sumó otra vez el ojo malo. La aventura que nos espera el año que viene se empezó a gestar en este mes.
Septiembre cazando atardeceres y merendando en los acantilados. El nacimiento de Summer, la hija de Itxi y David. Acompañar a Olatzi a hacerse los tatuajes y luego comer en un mexicano, porque otra cosa no, pero comer se nos da de lujo. La araña de mi coche que decidió quedarse ahí a vivir y han ido apareciendo después a lo largo de los meses parientes suyos que hacen que me infarte. Conocer por fin a Anna después de tantos años oyendo hablar de ella y de que organizásemos a muchos kilómetros de distancia el vídeo sorpresa por el cumple de Olatz cuando ambas estaban en Boston.
Si de algo tengo recuerdo de octubre es de lo mucho que me enganché a la saga ACOTAR. Hacía muchísimo tiempo que no leía tanto y tan rápido como cuando esos libros llegaron a parar a mis manos a través de una pantalla. El noveno cumpleaños de Silver, que pare el tiempo, por favor. También es el mes en el que volví al sur después de tantos años y me encontré con Elisa unas pocas horas en Málaga. La boda de Edorta y Triana en Granada, en la que se me ponía la piel de gallina al ver como tocaban el cajón flamenco y las chicas bailaban con un arte que no se podía aguantar. Los ojos llorosos y la piel de gallina, puro sentimiento a flor de piel. Los gatos de nuestra casera que eran un amor al igual que Agueda.
Noviembre con la vuelta de los atardeceres desde mi balcón. Pero, sobre todo, noviembre con mi primer viaje sola a dos destinos totalmente desconocidos para mí: Ámsterdam y Berlín. Lo bonito que es Ámsterdam, los museos que recorrí, las ganas de llorar desde que entré en la casa de Anna Frank, el cuadro del almendro de Van Gogh. Las patatas que me dieron la vida, y las galletas de chocolate que merecieron tanto espera. El free tour en el que conocí a una chilena, una argentina y un venezolano que me amenizaron mi última tarde al calor de un calefactor y con la cerveza en una mano. El viaje en bus de nueve horas en el que apenas descansé para llegar a Berlín. Dejar la mochila en el hostal y empezar a conocer la ciudad con un free tour. Conocer a un chico italiano, una chica de Suiza y dos amigas (una italiana y otra española) que era muy divertido ver cómo se comunicaban entre ellas. El free tour de la guerra fría y el muro de Berlín. El currywurst que comí en un puestito y que me llenó la vida. El sábado entero en la isla de los museos, el frío que hacía y la nieve que comenzó a caer. Yo, romantizando mi vida de soltera con un chocolate caliente mientras paseaba bajo aquellos copos de nieve y le sacaba fotos a la puerta de Brandeburgo. Terminar cenando pizza en el hostal con las dos chicas de mi habitación, organizar la mochila y prepararme para el siguiente día que se me fue en coger trenes, buses y aviones para llegar a casa. No haber cogido el último vuelo y querer marcharme de nuevo. Estas ganas de ver mundo pueden conmigo. Comer para celebrar el cumple de la tita Loi echándonos un buen largo. La tarde que pasé en Vitoria con Nagore, Aitzi, Urko y la pequeña Sara. ¿Se nos caía a todos la baba? Para que te voy a decir que no, si sí.
Y llegamos al último mes, donde sigo celebrando la vida de mi tía la loca. Donde sigo quedando para comer y pintar tazas. Donde he hablado por teléfono con una persona de mi pasado que necesitaba desahogarse y no pensar. Donde recibo visitas sorpresa con merienda incluida en tardes soporíferas en el curro. Donde soy la respuesta a todas las preguntas sobre qué hacer en Italia. Donde hemos celebrado los 28 de Nata. Donde me encontré con la madre de aquél amigo que, desgraciadamente, este año han hecho 18 años que no está. Donde no pueden faltar los crujientes de Idiazabal acompañados de un moscato sentadas en las escaleras cogiendo sol cual lagartijas. Donde he participado en una baby shower por primera vez. Donde hemos vuelto a disfrutar de Santo Tomás, con su talo y su botella de sidra. Donde he rescatado tres libros de poemas/cuentos que llevaban esperando todo el año a ser leídos. Donde he conducido hasta Bayona para pasar el día y comernos unos embutidos, pero antes desayunamos en un sitio maravilloso. Donde haciendo limpieza encontramos las notas de cuando tenía 3 años y había una nota en la que hacían mención a Isaac y me puse a llorar; porque siempre fuiste el número uno. Donde he acabado el año trabajando de mañana y paseando por la tarde, desquitándome de la pena de no haber visto el último atardecer del año anterior. Y qué a gusto se estaba en la playa, solo con una sudadera porque hace calor.
Así que a grandes rasgos aquí está mi año. Pienso en él de manera global, y es que no puedo haber sido más feliz. A pesar de haber estado mala, de haber tenido ataques de ansiedad, de haber tenido esos malos entendidos, a pesar de todo lo malo que haya podido pasar... A pesar de todo eso, he sido tan feliz. He hecho lo que he querido siempre que podía, he reído y he llorado como nunca y como siempre. Pero lo que más me ha hecho feliz este año es lo mucho que he viajado. No me importa la manera en la que lo haya hecho, pero pensar que he cogido un total de quince aviones me pone muy contenta. He visto sitios que no conocía, he vuelto a otros en los que ya había estado pero he descubierto cosas nuevas, he entrado en museos que me han emocionado ya sea por su historia como por el hecho de que lo que me encontraba allí eran cosas que había estudiado en la carrera. Me ha hecho muy feliz volver a salir a jaias, aunque me sienta una anciana por todos los adolescentes que pululan por ahí, entre los que se encuentran mis primos. Me ha encantado volver a leer con gusto y saber que he superado mi meta de los 20 libros anuales y hacer un recuento de 27. Para muchos será poco, para otros mucho; para mí simplemente está genial. He hecho planes después de trabajar, cosa que antes me costaba mucho porque me ganaba el cansancio y la pereza. Pero si me dejo ganar, se me escapa la vida; y no estamos aquí para eso. Por suerte mi familia está bien de salud, que es algo que siempre me preocupa. En lo laboral me encuentro bien, tranquila, y se me tiene en cuenta. Estoy deseando saber qué ha pasado con lo de Florencia, porque ahí puede haber otra aventura para el siguiente año si todo va bien. Qué nervios, ¿no?
Querido 2023, como cada año no voy a hacer propósitos de año nuevo porque no los voy a cumplir. Solo hace falta ver cuántas veces he ido al gimnasio este año y obtenemos el resultado de la X. Como siempre voy a pedir salud para la gente que quiero, y me voy a incluir en esta petición porque entre una cosa y otra, la última parte de este año he pillado de todo y creo que es suficiente por un tiempo. Pido felicidad, que la encontramos en las pequeñas cosas de cada día. Quiero leer más, disfrutar sumergiéndome entre las páginas de un libro aunque sea digital. Y, cómo no podía ser de otra manera, pido más viajes. Necesito descubrir el mundo que está ahí afuera, y aunque sea poco a poco, quiero ir tachando lugares a los que ir. ¿Quizá este sea el año en que por fin saldré del continente? Ojalá. Por el momento, en verano ya tengo un plan que va a ser genial y con el que me lo voy a pasar como una enana y seguramente me dejaré la voz una vez más, lo veo venir. Me gustaría quererme un poquito más este año que viene, y con quererme me refiero a cuidarme tanto física como mentalmente. De lo último poquito a poco voy haciéndome cargo, teniendo quedadas conmigo misma y dándome el espacio y tiempo que necesito en el momento.
Querido 2023, tienes el listón muy alto. No veas qué vértigo me da cada vez que dejo un magnífico año atrás, pero haré todo lo posible para que nos llevemos bien y pueda contar mil aventuras y recuerdos más el próximo 31 de diciembre. Y a este año que se nos escapa en menos de cuatro horas, qué decirle. Gracias por todo. Gracias por tanto. Vaya viaje, 2022.