Cuando mi madre me dijo que el sábado por la mañana iríamos a ver un concierto didáctico para familias, la miré un poco raro. Cuando me dijo que estaría el ganador del Goya a Mejor Música Original por Un monstruo viene a verme, Fernando Velázquez, casi me creí morir. ¿El motivo? Bueno, es el siguiente.
Hace años, cuando estrenaron Lo imposible, lo que más me impactó (además de la propia historia) fue la banda sonora. Me transmitió tantísimo que era imposible que no se me pusiera la piel de gallina. En el último año de carrera nos tocaba elegir los temas para el Trabajo de fin de grado. Entre mis opciones se encontraba un trabajo que tenía como título "Bandas sonoras del cine". Como la repartición iba por nota, fue ese el trabajo que me asignaron. Tuve claro en ese mismo instante cuál sería la película escogida. Además, en mi cabeza empecé a imaginar que podría llegar a hacer algún chanchullo para poder hablar con el compositor. Esto viene a raíz de que es hijo del que fuera compañero de trabajo en el instituto donde mi abuelo era profesor de Lengua. Ya me imaginaba haciéndole una entrevista y maravillándome con lo que me contase. La música, que me apasiona. Pero finalmente no llegó a buen puerto, ya que la profesora tenía otra idea de trabajo en mente. Por si todo esto fuera poco, mi profesora de piano me contó que hubo un tiempo en el que estuvo en mi escuela de música como profesor. Ahí ya no pude hacer otra cosa más que tenerle aprecio y admiración.
Por lo tanto, os podéis imaginar lo que supuso para mí que mi madre me dijera que le veríamos; incluso que intentaría conseguir que pudiéramos hablar con él. La emoción era muy real.
Pues hoy ha sido el día. Nos hemos llevado a mis primos con nosotras al Euskalduna como tantas familias han llevado a sus hijos, sobrinos o nietos. Tercera fila, primeros asientos. Tengo que confesar que cada vez que entro en un auditorio de este tipo me emociono, y más cuando veo los instrumentos dispuestos en el escenario. Los músicos han empezado a salir, se han colocado en sus respectivos lugares y han empezado a afinar. Ahí ya se me han puesto los ojos llorosos y me he reprendido a mí misma. Últimamente estoy muy sensible, musicalmente hablando.
Finalmente, ha salido él. Me he quedado plantada en mi asiento, mirando a la pantalla mientras reproducían imágenes de una película cuya banda sonora estaba tocando la maravillosa Orquesta Sinfónica de Bilbao. De repente, las imágenes se han parado y yo me he llevado la mano al pecho. Se les había estropeado y no había hecho más que empezar. Y podréis preguntaros: "¿Por qué te has preocupado tanto por ese hecho?". Pues porque en mi cabeza había imaginado que lo que harían en este concierto sería poner imágenes de películas y la orquesta tocaría a su vez. Se me había olvidado el pequeño detalle que mi madre ya me había adelantado: iban a explicar cosas de las películas, de su música, de las bandas sonoras en general.
Y ahí ha aparecido un personaje peculiar con una caja de cartón larga bajo el brazo, casco de moto y encima de un patinete de niño. Él sería quien llevaría la batuta al director, aunque en un primer momento le ha dado una espada láser de Star Wars que ha sacado la carcajada de los más grandes y pequeños de la sala. Batuta adecuada en mano, comienza la reproducción del film y la música ha vuelto a envolvernos.
Explicaciones amenas en euskera sobre el cine mudo, el comienzo del cine sonoro y curiosidades sobre las bandas sonoras de las películas a las que Fernando Velázquez había puesto su "voz". Curiosidades como, por ejemplo, que en la película de Zipi y Zape y el club de la canica en la canción se oyen ciertas corcheas, las cuales guardan un secreto: hacen alusión al título de la película. Si las cantabas, te dabas cuenta que cuadraba perfectamente con "El club de la canica". Lo mismo sucedía con Zipi y Zape y la isla del capitán.
Nos han hecho cantar, hacer el sonido de la lluvia para que el presentador pudiera "librarse de tener que seguir con su trabajo de repartidor". Tras la reproducción de las películas de Zipi y Zape, el presentador ha empezado a hablar de la banda sonora de Lo imposible. La mano al pecho porque la emoción iba creciendo en mi interior. También nos ha dicho que iba a leer la carta de un niño, una carta que trataba sobre el bullying. Ahora mezclar la música de Lo imposible, con lo que decía la carta y sumarle un extra de sensibilidad. Pues eso, que me he puesto a medio llorar.
La última película a la que se ha hecho mención ha sido Un monstruo viene a verme. No he visto la película, y puede que no la vea en un largo período de tiempo. Por eso, cuando han tocado la parte en la que el "monstruo despierta", he podido imaginármelo sin necesidad de ver imágenes. Música imponente, impactante y con mucha fuerza. No he dejado de mirar en todo el concierto cómo se movían los arcos en manos de los violonchelistas y violinistas. Ha sido impresionante, de verdad.
Por último, nos han contado una historia. La historia de un niño que está en un cumpleaños y que le regalan un skate. Se monta en él y sube al cielo para después bajar al mar, tras lo cual aparece en un desierto en el que al de poco comienza a llover hasta inundarlo todo y lanzarlo a una ciudad llena de sonidos de coches pitando. En ese momento se da cuenta de que le han robado el skate, y una chica ciega le dice que ella estuvo en ese momento. Que escuchó cómo caminaba aquél hombre, de manera extraña. Y el niño lo ve, empieza a correr tras él y entonces suenan 9 campanas. ¡Se ha quedado dormido y no llega a clase! Pero entonces se da cuenta de que es su primer día de vacaciones y se vuelve a acurrucar entre las mantas. Todo esto lo hemos visto en la pantalla mediante unas ilustraciones maravillosas y, cómo no, acompañada de la música que había compuesto para ese relato el propio Fernando Velázquez.
El presentador ha hecho ver que el jefe le llamaba, diciéndole que había dejado de llover y que volviera a su puesto de trabajo. Le ha contado que lo de la lluvia era una mentirijilla para poder quedarse con nosotros disfrutando de la música, y que todavía tenían una última partitura. Nos ha dicho que estuviéramos atentos a ver si reconocíamos qué canción era. Para mi sorpresa e inmensa alegría, han tocado unos acordes de Piratas del Caribe; pero no los más conocidos, sino los que recuerdan a la música de una cantina. Me he girado a mirar a mi madre con el corazón a 1000 por hora, los ojos como platos y la mano en el pecho. ADORO ESA MALDITA CANCIÓN. Así pues, me he vuelto a girar para mirar a la orquesta. Me he quedado hipnotizada mirando cómo el chico del chello más bonito disfrutaba tocando y moviéndose al compás. Creo que, musicalmente hablando, me he enamorado. Miraba los arcos, una vez más, y llevaba el ritmo con mis dedos. No os podéis imaginar lo muchísimo que he disfrutado ese momento.
Y tras muchos aplausos, y cantos al coro de "Beste bat!", han vuelto a salir y han tocado un trocito de la música de la historia del niño. Vuelta a aplaudir hasta dejarse las manos y despedirnos de esa hora y media de música que me ha tenido absorta.
Cuál ha sido mi sorpresa que, al salir los trabajadores para recoger todo, ha aparecido por allí el chico que me afina el piano. Nos hemos acercado a saludar y mi madre ha preguntado a ver si Fernando se había ido o andaba por ahí atrás. No ha habido suerte, ya que se había marchado a cambiarse. Pero aún así, he tenido la suerte de que me haya metido detrás, por bambalinas. Y yo iba flotando. Me encanta ese mundo. Iba tan ensimismada que me había preguntado si alguna vez había estado detrás y le he contestado que no, cuando la realidad es que con la universidad tuvimos la inmensa suerte de pasar también por bambalinas, entrar en los camerinos y subir a las alturas. Me ha estado explicando un poco todo lo que veíamos detrás del escenario, y yo sólo podía pensar que necesitaba trabajar allí.
He salido encantada del Euskalduna. Tanto, que estábamos comiendo en casa de mis abuelos y de la nada me he puesto a sonreír y mi primo pequeño de 9 años me ha dicho: "Estás pensando en el concierto", y no he hecho nada más que asentir. Ha sido sencillamente maravilloso. Todos los niños y niñas que llenaban las gradas han estado tranquilos, aunque alguno que era más pequeñito ha llorado en alguna ocasión. Era día de familia, para que los niños disfrutaran de algo distinto. Y yo me he sentido la más cría de todas, disfrutando como se tienen que disfrutar las cosas de la vida: con ilusión.
La última película a la que se ha hecho mención ha sido Un monstruo viene a verme. No he visto la película, y puede que no la vea en un largo período de tiempo. Por eso, cuando han tocado la parte en la que el "monstruo despierta", he podido imaginármelo sin necesidad de ver imágenes. Música imponente, impactante y con mucha fuerza. No he dejado de mirar en todo el concierto cómo se movían los arcos en manos de los violonchelistas y violinistas. Ha sido impresionante, de verdad.
Por último, nos han contado una historia. La historia de un niño que está en un cumpleaños y que le regalan un skate. Se monta en él y sube al cielo para después bajar al mar, tras lo cual aparece en un desierto en el que al de poco comienza a llover hasta inundarlo todo y lanzarlo a una ciudad llena de sonidos de coches pitando. En ese momento se da cuenta de que le han robado el skate, y una chica ciega le dice que ella estuvo en ese momento. Que escuchó cómo caminaba aquél hombre, de manera extraña. Y el niño lo ve, empieza a correr tras él y entonces suenan 9 campanas. ¡Se ha quedado dormido y no llega a clase! Pero entonces se da cuenta de que es su primer día de vacaciones y se vuelve a acurrucar entre las mantas. Todo esto lo hemos visto en la pantalla mediante unas ilustraciones maravillosas y, cómo no, acompañada de la música que había compuesto para ese relato el propio Fernando Velázquez.
El presentador ha hecho ver que el jefe le llamaba, diciéndole que había dejado de llover y que volviera a su puesto de trabajo. Le ha contado que lo de la lluvia era una mentirijilla para poder quedarse con nosotros disfrutando de la música, y que todavía tenían una última partitura. Nos ha dicho que estuviéramos atentos a ver si reconocíamos qué canción era. Para mi sorpresa e inmensa alegría, han tocado unos acordes de Piratas del Caribe; pero no los más conocidos, sino los que recuerdan a la música de una cantina. Me he girado a mirar a mi madre con el corazón a 1000 por hora, los ojos como platos y la mano en el pecho. ADORO ESA MALDITA CANCIÓN. Así pues, me he vuelto a girar para mirar a la orquesta. Me he quedado hipnotizada mirando cómo el chico del chello más bonito disfrutaba tocando y moviéndose al compás. Creo que, musicalmente hablando, me he enamorado. Miraba los arcos, una vez más, y llevaba el ritmo con mis dedos. No os podéis imaginar lo muchísimo que he disfrutado ese momento.
Y tras muchos aplausos, y cantos al coro de "Beste bat!", han vuelto a salir y han tocado un trocito de la música de la historia del niño. Vuelta a aplaudir hasta dejarse las manos y despedirnos de esa hora y media de música que me ha tenido absorta.
Cuál ha sido mi sorpresa que, al salir los trabajadores para recoger todo, ha aparecido por allí el chico que me afina el piano. Nos hemos acercado a saludar y mi madre ha preguntado a ver si Fernando se había ido o andaba por ahí atrás. No ha habido suerte, ya que se había marchado a cambiarse. Pero aún así, he tenido la suerte de que me haya metido detrás, por bambalinas. Y yo iba flotando. Me encanta ese mundo. Iba tan ensimismada que me había preguntado si alguna vez había estado detrás y le he contestado que no, cuando la realidad es que con la universidad tuvimos la inmensa suerte de pasar también por bambalinas, entrar en los camerinos y subir a las alturas. Me ha estado explicando un poco todo lo que veíamos detrás del escenario, y yo sólo podía pensar que necesitaba trabajar allí.
He salido encantada del Euskalduna. Tanto, que estábamos comiendo en casa de mis abuelos y de la nada me he puesto a sonreír y mi primo pequeño de 9 años me ha dicho: "Estás pensando en el concierto", y no he hecho nada más que asentir. Ha sido sencillamente maravilloso. Todos los niños y niñas que llenaban las gradas han estado tranquilos, aunque alguno que era más pequeñito ha llorado en alguna ocasión. Era día de familia, para que los niños disfrutaran de algo distinto. Y yo me he sentido la más cría de todas, disfrutando como se tienen que disfrutar las cosas de la vida: con ilusión.

