sábado, 25 de febrero de 2017

Conciertos didácticos que enamoran

Cuando mi madre me dijo que el sábado por la mañana iríamos a ver un concierto didáctico para familias, la miré un poco raro. Cuando me dijo que estaría el ganador del Goya a Mejor Música Original por Un monstruo viene a verme, Fernando Velázquez, casi me creí morir. ¿El motivo? Bueno, es el siguiente.
Hace años, cuando estrenaron Lo imposible, lo que más me impactó (además de la propia historia) fue la banda sonora. Me transmitió tantísimo que era imposible que no se me pusiera la piel de gallina. En el último año de carrera nos tocaba elegir los temas para el Trabajo de fin de grado. Entre mis opciones se encontraba un trabajo que tenía como título "Bandas sonoras del cine". Como la repartición iba por nota, fue ese el trabajo que me asignaron. Tuve claro en ese mismo instante cuál sería la película escogida. Además, en mi cabeza empecé a imaginar que podría llegar a hacer algún chanchullo para poder hablar con el compositor. Esto viene a raíz de que es hijo del que fuera compañero de trabajo en el instituto donde mi abuelo era profesor de Lengua. Ya me imaginaba haciéndole una entrevista y maravillándome con lo que me contase. La música, que me apasiona. Pero finalmente no llegó a buen puerto, ya que la profesora tenía otra idea de trabajo en mente. Por si todo esto fuera poco, mi profesora de piano me contó que hubo un tiempo en el que estuvo en mi escuela de música como profesor. Ahí ya no pude hacer otra cosa más que tenerle aprecio y admiración.
Por lo tanto, os podéis imaginar lo que supuso para mí que mi madre me dijera que le veríamos; incluso que intentaría conseguir que pudiéramos hablar con él. La emoción era muy real. 
Pues hoy ha sido el día. Nos hemos llevado a mis primos con nosotras al Euskalduna como tantas familias han llevado a sus hijos, sobrinos o nietos. Tercera fila, primeros asientos. Tengo que confesar que cada vez que entro en un auditorio de este tipo me emociono, y más cuando veo los instrumentos dispuestos en el escenario. Los músicos han empezado a salir, se han colocado en sus respectivos lugares y han empezado a afinar. Ahí ya se me han puesto los ojos llorosos y me he reprendido a mí misma. Últimamente estoy muy sensible, musicalmente hablando. 
Finalmente, ha salido él. Me he quedado plantada en mi asiento, mirando a la pantalla mientras reproducían imágenes de una película cuya banda sonora estaba tocando la maravillosa Orquesta Sinfónica de Bilbao. De repente, las imágenes se han parado y yo me he llevado la mano al pecho. Se les había estropeado y no había hecho más que empezar. Y podréis preguntaros: "¿Por qué te has preocupado tanto por ese hecho?". Pues porque en mi cabeza había imaginado que lo que harían en este concierto sería poner imágenes de películas y la orquesta tocaría a su vez. Se me había olvidado el pequeño detalle que mi madre ya me había adelantado: iban a explicar cosas de las películas, de su música, de las bandas sonoras en general.
Y ahí ha aparecido un personaje peculiar con una caja de cartón larga bajo el brazo, casco de moto y encima de un patinete de niño. Él sería quien llevaría la batuta al director, aunque en un primer momento le ha dado una espada láser de Star Wars que ha sacado la carcajada de los más grandes y pequeños de la sala. Batuta adecuada en mano, comienza la reproducción del film y la música ha vuelto a envolvernos. 
Explicaciones amenas en euskera sobre el cine mudo, el comienzo del cine sonoro y curiosidades sobre las bandas sonoras de las películas a las que Fernando Velázquez había puesto su "voz". Curiosidades como, por ejemplo, que en la película de Zipi y Zape y el club de la canica en la canción se oyen ciertas corcheas, las cuales guardan un secreto: hacen alusión al título de la película. Si las cantabas, te dabas cuenta que cuadraba perfectamente con "El club de la canica". Lo mismo sucedía con Zipi y Zape y la isla del capitán. 
Nos han hecho cantar, hacer el sonido de la lluvia para que el presentador pudiera "librarse de tener que seguir con su trabajo de repartidor". Tras la reproducción de las películas de Zipi y Zape, el presentador ha empezado a hablar de la banda sonora de Lo imposible. La mano al pecho porque la emoción iba creciendo en mi interior. También nos ha dicho que iba a leer la carta de un niño, una carta que trataba sobre el bullying. Ahora mezclar la música de Lo imposible, con lo que decía la carta y sumarle un extra de sensibilidad. Pues eso, que me he puesto a medio llorar. 
La última película a la que se ha hecho mención ha sido Un monstruo viene a verme. No he visto la película, y puede que no la vea en un largo período de tiempo. Por eso, cuando han tocado la parte en la que el "monstruo despierta", he podido imaginármelo sin necesidad de ver imágenes. Música imponente, impactante y con mucha fuerza. No he dejado de mirar en todo el concierto cómo se movían los arcos en manos de los violonchelistas y violinistas. Ha sido impresionante, de verdad.
Por último, nos han contado una historia. La historia de un niño que está en un cumpleaños y que le regalan un skate. Se monta en él y sube al cielo para después bajar al mar, tras lo cual aparece en un desierto en el que al de poco comienza a llover hasta inundarlo todo y lanzarlo a una ciudad llena de sonidos de coches pitando. En ese momento se da cuenta de que le han robado el skate, y una chica ciega le dice que ella estuvo en ese momento. Que escuchó cómo caminaba aquél hombre, de manera extraña. Y el niño lo ve, empieza a correr tras él y entonces suenan 9 campanas. ¡Se ha quedado dormido y no llega a clase! Pero entonces se da cuenta de que es su primer día de vacaciones y se vuelve a acurrucar entre las mantas. Todo esto lo hemos visto en la pantalla mediante unas ilustraciones maravillosas y, cómo no, acompañada de la música que había compuesto para ese relato el propio Fernando Velázquez.
El presentador ha hecho ver que el jefe le llamaba, diciéndole que había dejado de llover y que volviera a su puesto de trabajo. Le ha contado que lo de la lluvia era una mentirijilla para poder quedarse con nosotros disfrutando de la música, y que todavía tenían una última partitura. Nos ha dicho que estuviéramos atentos a ver si reconocíamos qué canción era. Para mi sorpresa e inmensa alegría, han tocado unos acordes de Piratas del Caribe; pero no los más conocidos, sino los que recuerdan a la música de una cantina. Me he girado a mirar a mi madre con el corazón a 1000 por hora, los ojos como platos y la mano en el pecho. ADORO ESA MALDITA CANCIÓN. Así pues, me he vuelto a girar para mirar a la orquesta. Me he quedado hipnotizada mirando cómo el chico del chello más bonito disfrutaba tocando y moviéndose al compás. Creo que, musicalmente hablando, me he enamorado. Miraba los arcos, una vez más, y llevaba el ritmo con mis dedos. No os podéis imaginar lo muchísimo que he disfrutado ese momento.
Y tras muchos aplausos, y cantos al coro de "Beste bat!", han vuelto a salir y han tocado un trocito de la música de la historia del niño. Vuelta a aplaudir hasta dejarse las manos y despedirnos de esa hora y media de música que me ha tenido absorta.
Cuál ha sido mi sorpresa que, al salir los trabajadores para recoger todo, ha aparecido por allí el chico que me afina el piano. Nos hemos acercado a saludar y mi madre ha preguntado a ver si Fernando se había ido o andaba por ahí atrás. No ha habido suerte, ya que se había marchado a cambiarse. Pero aún así, he tenido la suerte de que me haya metido detrás, por bambalinas. Y yo iba flotando. Me encanta ese mundo. Iba tan ensimismada que me había preguntado si alguna vez había estado detrás y le he contestado que no, cuando la realidad es que con la universidad tuvimos la inmensa suerte de pasar también por bambalinas, entrar en los camerinos y subir a las alturas. Me ha estado explicando un poco todo lo que veíamos detrás del escenario, y yo sólo podía pensar que necesitaba trabajar allí. 
He salido encantada del Euskalduna. Tanto, que estábamos comiendo en casa de mis abuelos y de la nada me he puesto a sonreír y mi primo pequeño de 9 años me ha dicho: "Estás pensando en el concierto", y no he hecho nada más que asentir. Ha sido sencillamente maravilloso. Todos los niños y niñas que llenaban las gradas han estado tranquilos, aunque alguno que era más pequeñito ha llorado en alguna ocasión. Era día de familia, para que los niños disfrutaran de algo distinto. Y yo me he sentido la más cría de todas, disfrutando como se tienen que disfrutar las cosas de la vida: con ilusión.


lunes, 13 de febrero de 2017

16 pañuelos y muchas lágrimas

"Han sido un placer todos estos años contigo"  y un abrazo en el que sigo llorando como si no hubiese un mañana. Y es que hoy es un día triste.
13 de febrero de 2017, quién me iba a decir a mí que esto tendría fecha de caducidad. Una real. Hacía tiempo que se mascaba la tragedia. Ese pensamiento que jamás pensé que tendría llevaba mucho rondando por mi cabeza. Y al final ha podido conmigo. 
Este curso, musicalmente hablando, no ha sido el mejor. No tenía ganas, me gustaba pero no me apasionaba lo que tocaba, ensayar era un suplicio que me aburría. No había chispa. Y mi motivación se encuentra en estudiar para ser guía. Qué le voy a hacer. A veces hay que poner en primer lugar las prioridades. Y así ha sido.
Hoy, tras 15 años tocando el piano, he tomado la amarga, dura y puta decisión de dejar de ir a clase, de sufrir esos nervios horrorosos antes de una audición, de las manos sudadas y el tembleque y pulso acelerado. Me he ido por la puerta de atrás. Jamás pensé que sería de este modo.
Hace 6 años creía que lo tenía que dejar por una fuerza mayor. Pensaba que iba a vivir en Vitoria ya que allí estudiaría la carrera. En aquella ocasión también lloré, y mi madre lloró. Me iba a despedir de mi querido piano con una audición en la que tocaría Hijo de la luna, una de mis canciones favoritas, acompañada de una flauta travesera, un violín y un violonchelo. La audición perfecta, el broche de oro para una etapa que pensaba que se acababa. Pero no fue así.
Seguí tocando, compaginando horarios terribles para poder seguir con mi pasión. Y lo conseguí. ¿Cómo iba a dejar mi vía de escape? ¿Mi arma contra el mundo, mi escudo favorito? Dúos, solos, partituras que eran infumables que después se convirtieron en divertidas, piezas románticas de las que Amaia decía que eran mis favoritas, porque yo era así. 
Muchas notas han pasado por debajo de estos dedos que se deslizaban por un mundo en blanco y negro para crear en mi cabeza nuevos colores. Sonidos de todo tipo. Ensayos desafinados en casa para poder llevar un trabajo medianamente bueno a la clase siguiente. Las broncas, las risas, la complicidad, esos "¡Te voy a matar pero hasta que te mueras!" acompañados por un manotazo por no poner el dígito correcto y que tanto me hacían reír. Esas amenazas de cortarme la coleta o la trenza, esas que todas hemos oído alguna vez.
Pero este curso... La decadencia llegó el año pasado, y parece que no he terminado de remontar. Cuando una no está bien del todo, se ve reflejado en lo que le gusta. El año pasado fue mi existencialismo lo que no me dejó disfrutar; este año ha sido el peso de lo prioritario.
Hoy iba con la idea de hablar con mi profesora, esa que lleva conmigo 13 años y me ha visto crecer. Cuando ha entrado y le he dicho que quería hablar con ella, ya sabía por donde iba. Dios, soy como un libro abierto. Esas cinco palabras, "Vas a dejar el piano", han abierto el grifo y después de dos horas todavía no he sido capaz de cerrarlo. Se ha sentado conmigo, me ha tomado de las manos y me ha dicho que no pasa nada. Que ella ya lo veía venir. Que incluso iba a hablar conmigo para que me tomase un respiro. "¿Cuántos años llevas tocando?" ha preguntado. "15 años", más de media vida. Y entonces lo ha dicho. "Hay veces que hay que cerrar etapas, y tú necesitas cerrar esta por un tiempo". Y como duele. Pero qué verdad. 
Cuando digo que no he parado de llorar, es que no he parado. El rato que he hablado con ella, en el que me ha escuchado, me ha entendido y me ha animado a dejarlo porque cree que necesito un descanso, no he podido hacer otra cosa que llorar y mirarla. Joder, cómo voy a echar de menos verla. Sus palabras de cariño se han incrustado en mi corazón con muchísima fuerza, y sus abrazos los llevo conmigo siempre. No se la puede querer más. Y sólo puedo decirle que GRACIAS. 
Duele mucho dejar de ir a clase, y sé que voy a pasar una temporada bastante triste. He dejado una rutina que lleva conmigo 15 años de vida, y por un tiempo tengo que aprender a vivir sin ella. Sólo espero haber tomado la decisión correcta. Esa que me ha llevado 16 pañuelos y muchas lágrimas, pero que todavía siguen cayendo igual que lo han hecho los tres paquetes de pañuelos que he gastado en la papelera. Espero que el no tener la obligación de tocar algo me permita disfrutar del piano en casa. Que me apetezca sentarme en la banqueta y trastear entre acordes imposibles y notas desentonadas. Espero que, una vez haya terminado todo lo que tengo que hacer este año, tenga más energía. Espero volver algún día a entrar en esas aulas y practicar con gusto. 
Hoy me he ido por la puerta de atrás, sin aplausos ni la mirada de esa gente que tan nerviosa me ponía en las audiciones. Me he ido sin gloria, pero con mucha, muchísima pena. Lo admito: tengo miedo de que no llegue el día en el que me diga a mí misma "¡Eh! Ya es hora de volver". Sé que por lo menos durante dos años no volveré a clase, o al menos es la sensación que tengo. Pero espero volver algún día a pasar esos nervios que tenía que calmar con una infusión de valeriana, a sentarme en ese piano de cola que me tiene enamorada y del que no me he despedido. Algún día tendré que volver para despedirme como se merece.
Gracias al piano, a Amaia, a toda la gente que me ha tratado con tanto cariño todos estos años en la escuela. Gracias a todas las experiencias que he vivido allí con vosotros. No sabéis lo feliz que me habéis hecho. Gracias por todo. Os quiero mucho. Y que viva la música. 

viernes, 3 de febrero de 2017

La ciudad de las estrellas

Casi las doce de la noche y yo tengo que escribir lo que siento, que no es poco, como siempre hago cuando algo bello me toca el alma. Y es que así ha sido.
Desde que empezó a hablarse de esta película yo tenía ganas de que se estrenase. Un musical. ¿Cómo no iba a verla? Además, tenía el plus de Ryan Gosling; y este a su vez tenía súper plus por tocar el piano en la película. ¿Algo más?
Qué puedo decir... No soy objetiva con los musicales, y menos cuando el vello se me pone de punta y me hormiguea el estómago. No habían pasado ni cinco minutos cuando eso ha sucedido. Ni siquiera el título de la película había hecho acto de presencia. Y cuando lo ha hecho, dios bendito, yo ya estaba perdida. Se avecinaba un film que iba a ser catapultado a mi top de películas favoritas.
Dos historias que se cruzan para contarnos los entresijos de aquellos que sueñan y apuntan alto, sin importar lo muy idiotas que puedan parecer en su cometido. Dos historias que se cruzan entre escenas que evocan a otras películas de culto, a musicales que, quiera o no, me tocan de cerca. Inevitable no tener en la memoria ese "Americano en París" que me trae por el camino de la amargura, pero que tanto me gusta por el arte que entremezcla.
Qué decir de la fotografía. Yo no soy de las que ven una película y se para a observar todos los detalles; simplemente me dedico a disfrutar. Cuando estudiamos cine en la carrera sí que me dio por fijarme en aspectos más técnicos, pero con el tiempo perdí esa costumbre. Con esta maravilla ha sido imposible.
Ha sido imposible no darme cuenta de que el color azul, rojo y amarillo predominaba en el personaje de Emma Stone. Ha sido imposible no fijarse en los contrastes de luz. Y qué decir de las escenas en las que la puesta de sol enmarca un momento preciso acompañado por una banda sonora que no puede hacer otra cosa mas que enamorar.
Me dijeron que podría llorar. He ido cargada de paquetes de pañuelos porque me conozco, y la música ejerce un maldito poder sobre mí que no soy capaz de controlar. No lo negaré, me he emocionado varias veces y mucho durante el tiempo que ha durado; pero ninguna lágrima ha caído. Pero el THE END, esas dos palabras y seis letras que cortan la ensoñación para devolverte al mundo real, esas, sí que han conseguido ponerme un nudo en la garganta. ¿Por qué? Porque no quería que terminase. Puede ser que en algunas partes me haya puesto a pensar: "¿Cuándo acabará?", no por que me aburriera, sino porque quería saber como acabaría la historia de Sebastian y Mia. Llamarme romántica, pero quería un final feliz.
Y el final... No sabría describirlo. A medida que avanzaba mi cabeza pasaba del "¡Sí!" al "Noooo, no puede ser" con una rapidez vertiginosa. Disfrutaba con la música y me dejaba llevar por la imagen. Sin quererlo ni beberlo se ha terminado y yo me he quedado ahí, mirando a ese infinito que resulta finito gracias a la pantalla. No sabía qué hacer. Llorar, reír. Estaba en un estado onírico sin poder procesar todo lo que había sentido.
Lo único que sé es que mientras los minutos corrían, yo sólo podía pensar una cosa: necesito esta película en mi vida, pero necesito aún más la maravilla de banda sonora que tiene. Chapó por el compositor.
Probablemente no soy nada objetiva, ya que los musicales me apasionan. Y probablemente también haya gente a la que no le guste o no le vaya a gustar la película. He tardado en ir a verla, y he tenido que aguantarme las ganas de escuchar la banda sonora íntegra ni sé el tiempo. Pero todo lo bueno se hace esperar, y ahora la voy a disfrutar todo lo que pueda.
Por eso, si me lo permitís, os animo a que le deis una oportunidad. No os aseguro que os vaya a gustar, porque como se suele decir "para gustos están los colores". Tampoco quiero que tengáis mucho en cuenta lo que digo, porque al fin y al cabo, es mi opinión y cómo lo he vivido. Así que si después de leer esto tenéis las expectativas muy altas, a mí no me culpéis. Hacerlo a mi corazoncito, que ahora mismo anda perdido entre notas de jazz y pasos de claqué.