Este blog solo se abre el 31 de diciembre para hacer balance del año que hemos pasado. Y menudo año.
El 2020 llegó en una casa que no era la mía, saliendo de fiesta con mis tíos y sus amigos por Algorta. Para empezar bien el año me di de bruces con el pasado (nótese la ironía). Falté a mi tradición de gritar por la cocina "FELIZ AÑO, SOPE", tampoco me junté con Oier como cada fin/entrada de año para despedirnos antes de su partida a Barcelona. Y creo que eso tenía que haber sido una señal para todo lo que se nos iba a venir encima.
Enero empezó conociendo a los padres de mi prima Regina una tarde que quedamos en casa de mis abuelos y vinieron otras primas. Llorar al despedirme de mi sitio favorito en el mundo. Australia se quemó, y dolía. El 7 de enero me fui con las maletas llenas y el corazón echo un lío a la que sería la aventura de mi vida: vivir en Florencia. El primer helado nada más llegar sentadas al lado de Santa Maria del Fiore, y yo que lo miraba y no me lo terminaba de creer. Eso, o que me sentía tan en casa que me parecía de lo más normal estar allí. Fuimos a ver la que sería mi casa por 7 meses por lo menos, le mandé a Rebeca un vídeo para que me diera el OK, y sin darme cuenta al día siguiente estaba firmando mi primer contrato de alquiler. Nunca me había sentido tan mayor, y eso que ya tengo una edad. La compra en el Esselunga que me transportó a mis días en Milán, y como buena señora de su casa, me hice la tarjeta de socio. Llevé a ama a Milán, visité a mis jefes de la agencia de viajes y seguí poniéndome igual de nerviosa cuando tenía que hablar en italiano. Comí panzerotto, y luego fuimos a hacer aperitivo a nuestro sitio de siempre. No comí Spontini, pero entré en Ciao Amore y me puse a llorar como una desalmada. Fuimos a Venecia con Nora. Ama se marchó, y el mismo día llegó Rebeca para firmar los papeles de la casa. Salíamos a comer helado, de aperitivo con Nora y Koldo, y todo esto en 5 días que pasó por allí. El 20 empecé el curso intensivo de italiano y conocí a dos grandísimas profesoras: Chiara y Giada. Dos semanas que se me hicieron cortísimas y en las que aprendí un poquito de gramática, que falta me hacía. Descubrí que mi vecino de arriba tocaba el piano y se convirtió en mi persona favorita.
Febrero empezó con una casualidad: Ainara fue de vacaciones exprés con su hermana y una amiga a Florencia. Nos juntamos, nos reímos, comimos y salimos de fiesta. Desde Malta, pasando por Milán hasta llegar a Florencia. El 3 del mismo mes empecé a trabajar en Eurotraining con una jefa marvillosa: Federica. Pero esa misma semana me puse mala y falté dos días al trabajo. Vi el festival de San Remo y me sentí una italiana más. El Athletic ganó el partido que haría que jugasen la final de la Copa del Rey en Sevilla. El 8 de febrero llegó Rebeca para quedarse. Hicimos una visita al Museo di Casa Martelli. El 15 de febrero conseguí cumplir otro sueño: disfrutar de los carnavales de Venecia. Cámara en mano recorrimos las calles de la ciudad de los canales, boquiabiertas por los trajes y por el vuelo del ángel del domingo. Compramos chuches en la tienda más cara, y disfrutamos de una bebida gratuita en el hostal que nos quedamos mientras escuchábamos tocar en directo a un grupo genial. Nagore fue al concierto de los Jonas Brothers y me petó el móvil con vídeos, y yo moría de envidia y lloraba, todo a la vez. Pero a partir de aquí empezó a torcerse todo.
El Coronavirus acechaba desde hacía tiempo, pero no pensábamos que llegaría hasta aquí. Lo que parecía un virus incontrolable en Wuhan, se convirtió en una pandemia mundial. Los primeros casos de Covid empezaron a darse al norte de Italia, haciendo así que la gente tuviera que volverse a sus respectivos países. En Florencia todo era normal, hacíamos vida normal. Seguíamos yendo a pasear, a cenar pizza, a hacer aperitivos. Disfrutamos del carnaval de la ciudad, viví por primera vez el Calcio storico fiorentino, visité el Palazzo Medici Riccardi y el Palazzo Vecchio. Pero la última semana de febrero me llegó el email que jamás hubiera querido recibir: desde el Gobierno Vasco se nos obligaba a volver a Euskadi a todos aquellos que estuviéramos realizando la Global Training por motivos de seguridad. Federica fue muy amable y me dijo que no me preocupara por nada; yo le dije que trabajaría desde casa, ya que era un trabajo de oficina. Hablé con ama por teléfono, me cagué en todo lo cagable, compré dos billetes de vuelta a casa y tuve que decir a toda la gente que iba a venir de visita que no lo hicieran porque yo no estaría allí.
El 3 de marzo cogí un vuelo que me traería a casa, obligada y con toda la pena del mundo. Llegaba a Sopelana con una maleta de mano y la mochila, sin saber que lo que pensaba que sería un mes como mucho, se convertiría en una espera de cuatro meses. Me despedí de mi coche realizando el último viaje a la playa. El recibimiento de mi gata. El libro que se ha autopublicado mi amiga. Hice una locura y me compré billetes de vuelo desde Italia a Sevilla para ver la final de Copa. Me autoimpuse en cuarentena por si acaso, porque aunque no tenía síntomas del virus, podría ser asintomática. Eso no quitó para que el día que llegué fuera a saludar a mis abuelos con toda la precaución del mundo o que viera a unos pocos amigos. Pero el mundo se paró. A mediados de mes se decretó el estado de alarma en España, aunque tarde. Viendo como estaba el país vecino, se tenía que haber actuado antes. Pero no hay mal que por bien no venga. A lo que en principio iban a ser 15 días, se le sumaron otros 15, y así sucesivamente. No podíamos salir de casa más que para ir a trabajar o hacer la compra, pero siempre con mascarilla, guantes y el gel hidroalcohólico cerca. Empezamos a hacer más vídeollamadas que nunca, a organizar fiestas, partidas de Bingo, tardes de cerveceo, a presenciar conciertos a través de una pantalla mientras el artista tocaba desde su casa. Aprendimos a hacer vida en casa. Nos obligaron a parar nuestras vidas ajetreadas. Y el mundo respiró. El planeta no ha estado tan limpio en mucho tiempo. Los animales salieron a sus anchas, sin peligro. Las aguas clarearon tal y como lo hizo el cielo. El mundo se paró, pero no ha estado tan vivo. A las 20h se salía a las ventanas a aplaudir a los sanitarios, empezaron a poner "Resistiré" y se quedó como himno (aunque al final acabamos todos hasta el mismísimo). Recuerdo que la primera tarde, que mi madre estaba trabajando, me puse a llorar de la emoción. Fue impresionante. El 18 de marzo ama cumplió 51 años, y mientras ella trabajaba en el hospital, yo movilicé a los vecinos. Le dimos una sorpresa por su cumple, a las 20h, cuando el mundo salía a los balcones a aplaudir a los sanitarios, nosotros le cantábamos Zorionak zuri. Me gusta pensar que también le aplaudieron a ella por su trabajo. Se puso a llorar, emocionada, y no es para menos. Volví a tocar el piano, recuperé un juego de la Play y acabé haciendo alguno de los retos de instagram. Eché mucho de menos Florencia, vi los atardeceres desde mi balcón y trabajaba bien poco porque todo estaba parado.
Llegó abril, pero la situación seguía siendo mala. Mucha gente falleció por culpa del virus, y las imágenes eran devastadoras. Ver a mi madre llegar de trabajar agotada y escuchar a sus compañeras por el whatsapp llorar de la impotencia era terrible. Ama calló enferma, tenía todos los síntomas del Covid, y estuvo encerrada en su habitación más de un mes. Aún así, cada vez que le hacían una PCR daba negativo. Un caso lo de mi madre. Hice mi primer pan y mis primeras croquetas que, no es porque las hiciera yo, pero me quedaron expectaculares. Nació Nadia, la primera sobrina de las chicas del 92. Disney+, Netflix, y todo lo que pillamos. Salí de casa por primera vez para hacer una compra grande que nos durase todo el mes. Seguimos encerrados, y de un día para otro llegó mi cumple. Los 28 los tenía que haber recibido en Italia, pero parece ser que no debo cumplir años allí. Me hicieron vídeollamada mis abuelos y tías, mis amigas me hicieron un vídeo precioso de regalo y me hicieron verlo mientras estábamos en vídeollamada. A eso de las 18h mi madre utilizó una excusa super mala para que saliera a la ventana. Mis vecinos nos habían organizado a mí a uno de los niños del otro portal una sorpresa por nuestro cumple: una pancarta con nuestros nombres y todos ellos cantando. El aita de Aitzi sacó la caña de pescar, y me subió como si fuera un pez una caja en la que me habían metido una caja de bombones. La vecina del primero izquierda me hizo un regalo, y el niño que cumplía años el mismo día que yo, me hizo una postal. Me sentí muy querida. A la noche hice vídeollamada con los de turismo, y Loida se pasó por casa después de trabajar para felicitarme. Ese día los niños podían salir a la calle, y yo me tomé la libertad de bajar donde los garajes para celebrar mi cumple un poquito al aire libre.
En mayo dijeron que se podía salir a andar o hacer deporte sin salirse de 1km de distancia de la propia residencia. No he visto pasar tanta gente por delante de mi casa en la vida. La primera vez que salí a andar y vi el atardecer desde fuera de casa, me emocioné. La tormenta de verano en plena primavera. Escribir algunos versos. Las fases de desescalada que no entendía nadie. La serie de Valeria, más vídeollamadas, querer comer Mcdonalds por todos los medios, llorar cada vez que pensaba en que estaba pagando una casa en la que estaban mis cosas pero no estaba yo. El cumple de amona y echar de menos a mis amigas. El 17 de mayo cuando bajé a la playa después de tomarnos unos kalimotxos viendo la puesta de sol. Trabajar un poquito y hacer repostería. Los paseos al atardecer. Rezar para que abriesen las fronteras de una vez.
En junio compramos los billetes de avión para volver a Florencia, rezando para que todo fuera bien. La viciada al Cluedo de Bilbao, conocer a mi sobrino gatuno, hacer risotto parmesano en casa de Keila y beber mucho vino (como siempre). Tres meses después de su cumple, ama consiguió por fin la plaza. Llegó la época de jaias de verano, y fue muy raro saber que no se iban a hacer porque estaban prohibidas. Me avergoncé de la gente de mi pueblo, por celebrar fiestas sin pensar en las consecuencias. Los 27 watermelon sugar high de Olatz. Empezar a despedirme poco a poco otra vez.
A poco de empezar julio, y de que nos cancelasen el primer vuelo, pudimos volver a Florencia exactamente cuatro meses después de nuestra partida. El primer atardecer veraniego desde Piazzale Michelangelo, los "Pinotxitos", volver a ver el David, la búsqueda de un sitio donde tomar el sol y su encuentro, el primer día de GAP y el Burger King de después. Volver a trabajar pero primero desde casa, el vacío erróneo de pendrive que borró 5 meses de trabajo, trabajar sólo dos semanas en total porque no se iban a hacer los Erasmus y estaba todo parado. Il tramonto più bello di Toscana. Pedir cuatro pizzas para cenar y que nos regalasen otras dos.
Agosto comenzó conociendo Bolonia. Volví a clases de italiano, y con ello conocí a gente increíble. Volví a coincidir con mis antiguas profesoras. Cenamos en el americano. En un mismo fin de semana conocí Arezzo, Lucca, Siena y volví a Pisa para conocerlo un poquito mejor. Vi muchos girasoles desde el tren. Más atardeceres, comidas, helados en Santa Croce, el vecino tocando el piano y cantando, las cervezas en el irlandés, las noches de tortilla de patata en nuestra casa. Ir a Viareggio y bañarme en una playa italiana por primera vez. Qué feliz fui ese día. Coincidir con Elisa, mi profesora de inglés, y contarle las curiosidades de la ciudad a ella y su amiga; acabar bebiendo cerveza mientras intento que mi cerebro no se vuelva loco con tanto cambio de idioma. El día que estuve raruna y acabé en el río; sentarme en Santa Croce y todavía no creerme que vivía allí. Comprarme un cuaderno para volver a escribir. La pedida de mano que vi al atardecer en mi sitio favorito de la ciudad. La exposición de Van Gogh, empezar por fin a ver la serie "Medici". Subir a la cúpula de Santa Maria del Fiore seis años después. Las actividades de la academia. El día que llovió en Florencia y me enamoré más si cabe de esa ciudad; sentirme en casa estando tan lejos.
La primera noche de septiembre tuvimos cena internacional: tortilla de patatas y pain perdu. Las bevanda sorpresa, los dibujos de Zuoyu, la visita de ama por una semana, la luna llena, el aperitivo con la academia, las primeras despedidas. El disco de Bely Basarte. Conocer los jardines de Boboli y el Palazzo Pitti, volver a los Uffizi, conocer a los Rafazzi Scimmia y la visita a Pistoia. La excursión con las chicas y Chiara a diferentes sitios de la Toscana: el río más bonito del mundo donde pudimos bañarnos en el Parco Fluviale Dell'elsa, visitar la Abbazia di San Galgano, enamorarme de muchos perros bebés y del gato que llevaban de paseo, paseo por San Quirico d'Orcia y el atardecer desde Pienza. El enfado con un amigo. Odiar el congiuntivo con todas mis fuerzas. La noche que probé la bisteca alla fiorentina. Ver "LOST" el mismo día que se cumplían 16 años de su estreno. Terminar de leer "Hannah" de Christian Gálvez en Florencia y sacarle fotos en los puntos más representativos de la novela. Las cinco horas de vídeollamada con los turisteros mientras bebíamos Kalimotxo. Aprender a vivir con mascarilla cuando en verano nos habíamos librado. La tormenta y los helados gratis.
Empezar octubre con luna llena y una prueba de italiano que hice mejor de lo que esperaba. El día que la escalera olía fatal y el regalito que nos encontramos en la puerta. El desayuno en Melaleuca y el aperitivo en la Loggia Roof Bar. El primer cumple de Silver que me he perdido. Cenar en La Cova Tapas Bar para sentirme un poquito en casa mientras mis amigos de la universidad estaban de despedida de soltera. Los paseos por la tarde noche. El agobio que empezó a apoderarse de mí. El último día de italiano, llorando y con pena de no poder abrazarnos. La decisión más triste que tomé. Halloween con luna llena en tauro, celebrándolo en pijama con unos kalimotxos y viendo OT.
Noviembre despidiéndome de Rebeca y estando motorizada sin estar en casa. Visitar por fin las Capillas Medici y quedarme anonadada. Retomar "The Mandalorian" mientras cenaba pizza. Conocer a un hombre mientras paseaba y que acabásemos dándonos un abrazo. El último helado en Santa Croce. La mala noticia de que cerraban todos los museos, mi plan de vida para mi último mes en Florencia. El cierre a las seis de todos los restaurantes. Que Trump no ganara las elecciones. La serie "La Veneno". Toscana en zona roja. La vídeollamada con Nagore para ver el concierto de los Jonas Brothers cuando hacían 11 años del concierto que vimos juntas. El Gobierno de España decretando nuevas leyes para aquellos que volásemos de vuelta a casa. El concierto por instagram de Bely Basarte que me alegro el mes de mierda que llevaba. Los ataques de ansiedad, las lágrimas casi todos los días. Las malas noticias desde Sopelana y no poder abrazar a mi amiga. El día que paseé por una Florencia desierta que casi consiguió hacerme llorar. Que me cancelasen el vuelo y tener que retrasarlo. El chico de DHL. La maldita sensación y la confirmación de después, el no poder estar. La alegría de una futura nueva vida y las lágrimas de felicidad, temblar de emoción. Despedirme de Giada con un abrazo a escondidas. El último paseo por Florencia y la última cena en casa de Zuoyu. Las doce horas de escala en Barcelona que se pasaron volando gracias a gente maravillosa. La llegada a una casa que no sentía mía. El abrazo a Nata que me hizo aterrizar y sentir que estaba en el hogar.
Uno de diciembre comiendo en casa de amona y arreglando asperezas con ama. Quedar con Nata casi todos los días la primera semana, y no poder estar más agradecida. Mi huevito. El cumple atrasado de Loida y su regalo. Intentar aprender a tocar la guitarra de forma autodidacta. El aperitivo internacional. Otra mala noticia de golpe, sin esperarlo; por una vez poder estar. El cumpleaños gitano de Nata. Santo Tomás casero y quedada con Oier para pasear y cenar en el Burger, porque las tradiciones están para cumplirlas. Una lotería que no ha tocado. La quedada con los de la uni para tomar algo y después comer todos juntos. Acordarme un año más de Isaac. Unas navidades diferentes. El mal tiempo. Aborto legal, seguro y gratuito en Argentina. Comprar mucho alcohol para el día de reyes. Hoy.
Sinceramente, a pesar de que este año nos han robado los abrazos y los besos, el poder estar, viajar o hacer los que nos guste, no me puedo quejar de mi 2020. Ha tenido altibajos, está claro, pero soy afortunada porque lo importante lo sigo manteniendo. No falta un plato en la mesa, en principio estamos todos sanos y tengo a la gente que quiero y me quiere. No voy a mentir, no ha sido el año que me esperaba. Tenía muchas expectativas, porque sonaba tan bien 2020 que no podía fallar. Pero el mundo dijo "Basta, no puedo más", y es comprensible. Me hubiese gustado poder trabajar los seis meses en Florencia, y no hacerlo a la distancia. No he aprendido mucho porque todo se paró. Hice lo que pude, y está bien. Me hubiese gustado pasar más tiempo en Italia, aprovechar y viajar por todo el país, pero tampoco pudo ser. Nápoles, llegará nuestro momento. Echando la vista atrás, me hubiera gustado no haberme acomodado a la misma vida que tengo aquí en Euskadi, porque me quedé con muchas cosas por hacer, ver y probar. Me hubiera gustado, pero no lo hice. Espero haber aprendido la lección de que no hay que dejar nada para el día de mañana por pereza, porque en cualquier momento te obligan a encerrarte en casa, y el mundo tal y como lo conocías ya no existe una vez que sales por la puerta.
No me puedo quejar de cuando estuvimos de cuarentena, porque la vida que tenía se parecía mucho a mi día a día. Obviamente tuve momentos de bajón, sobre todo cuando me acordaba de que yo no debería estar en casa en ese tiempo. Pero me alegro de haber venido, porque una cuarentena en mi pequeño zulo de Florencia no sé cómo lo hubiera llevado. Aquí tenía mi piano, mis gatos, muchísima luz natural (dios mío, qué importante es), y la playa a un paseo que tardó en llegar. He cumplido los 28 encerrada en casa por culpa de una pandemia global, no todo el mundo puede decirlo. Tristemente estamos viviendo la historia, y dentro de unos años quién sabe si meterán las fases de desescalada en el examen de Selectividad como aparecía en muchos memes. Porque otra cosa no, pero por memes durante todo el año que no haya sido.
El 2020 nos ha quitado muchas cosas, pero en algunos casos nos ha dado otras. A mucha gente le ha dado el don de la empatía que quizás antes no tenía. Nos ha dado tiempo para parar, porque incluso cuando toda la situación era normal no éramos capaces de parar por nuestros propios medios, y así acaba mucha gente de quemada. Algunos han empezado a valorar la salud mental, se han dado cuenta que es tan importante como la salud física. Si estamos mal y no sabemos manejarlo por nuestros propios medios, hay profesionales que nos pueden ayudar. Hay quien ha valorado mucho más a los sanitarios, pero hay quien se ha olvidado de todo eso cuando lo "peor" ha pasado. Hemos aprendido a valorar lo que tenemos, y nos hemos dado cuenta que tampoco necesitamos tanto para vivir. Solo lo indispensable: la gente que te rodea y te quiere. Eso, junto con la salud, es lo importante.
Como siempre, no haré propósitos de año nuevo. Si algo nos ha enseñado este año es que no hagamos planes, porque de un día para el otro todo cambia. Pero sí que pediré salud, para mí y para todos los que quiero y me quieren. Pido poder tomarme una cerveza en una terraza con mis amigos sin tener que separarnos en mesas distintas. Pido poder dar todos los abrazos que este año no he podido dar por el motivo que sea. Pido por poder ir por la calle sin mascarilla y sentir la brisa del mar en mi cara. Pido, ya puestos a pedir, poder viajar un poquito, lo que sea y a donde sea. Pido por encontrar mi camino, porque en lo que laboralmente se refiere no tengo ni la menor idea de hacia donde voy. Pido todo lo bueno del mundo para los que me rodean, que este año ya les han tocado demasiadas cosas malas. Pero también pido todo lo bueno para mí, que un poquito también me lo merezco.
Querido 2021. Tienes mucha presión encima por parte de todos, lo sé. Pero si nos llevamos bien, seguro que todo irá mejor. A ti, 2020, gracias por lo bueno, pero creo que todos nos alegramos un poquito de dejarte atrás. No nos olvidaremos de todo lo que ha pasado en estos 365 días, que no ha sido poco; pero es hora de cerrar tu libro y empezar el nuevo. Menudo revés nos has pegado, 2020.