El 30 de junio ya no será sólo un día más de fiesta en mi pueblo. Hoy, tras 6 años de carrera en los que he pasado de todo, por fin puedo decir que soy historiadora del arte.
Después de un mes en el que estaba de vacaciones, pero teniendo que preparar la defensa, hoy he hecho mi último viaje a Vitoria por motivos académicos.
He abierto los ojos por primera vez a las seis de la mañana después de haber tardado bastante rato en dormirme (y eso que me tomé una valeriana doble). Poco antes de las ocho hemos comenzado nuestro viaje a Vitoria, valeriana en una mano y apuntes en la otra. Llegar a la facultad y sentarme en una mesa de la cafetería como tantas veces he hecho a lo largo de estos años. De repente, entra uno de los profesores que estará en el tribunal y yo espero a que llegue otro de ellos con el que me llevo genial. Hace su aparición estrella y, tras hablar con sus compañeros, se acerca a mi mesa para hablar conmigo. Me dice que no me preocupe, que yo soy la única que sabe sobre el tema, y que no le ha llegado mi trabajo, por lo que no sabe qué voy a explicar.
Se marcha y mis nervios aparecen en forma de unas pocas lágrimas. El profesor me avisa de que debo ir al aula (0.07, cómo no) y me pongo aún más nerviosa. Tanto, que cuando llego a la puerta y tengo que esperar me pongo a llorar todavía más. Maldito pánico escénico. Sale a buscarme mi profesor de Renacimiento y me dice que esté tranquila, que me va a salir genial.
Me coloco detrás de la mesa y miro al tribunal, a mi madre sentada en un costado y empiezo a "vomitar" mi presentación. A medida que avanzaba me encontraba más cómoda dentro de mi incomodidad. Una vez terminado, espero a que me hagan preguntas y me comenten aspectos que no les ha gustado o que han faltado. ¿Mi sorpresa? Ninguna pregunta. Una valoración más que positiva después de que los tres profesores me dijeran que había hecho muy bien la presentación, que el trabajo redactado era muy bueno y que les había gustado mucho la relación que había hecho del ballet final de la película (sus decorados) con la pintura impresionista y post-impresionista francesa. Y así, con buen sabor de boca, vuelvo a la cafetería y me como mi último bocata de tortilla.
Vuelta a casa en el coche cantando con mi madre a todo pulmón. Por fin había terminado. Y ha sido en el camino cuando me he acordado de esa persona que ya no está y que, por desgracia, no ha podido ver cómo me graduaba. Me he acordado de ti, aitite. Espero que sea verdad todo eso que se dice de que nuestros seres queridos nunca se van, y que siempre están pendientes de nosotros. Que nos ven, aunque nosotros no les veamos. Espero que estés orgulloso de mi, allí donde estés. Te echamos de menos.
A la una y media me he decidido a mirar la nota, y ese notable alto, ese ocho maravilloso, ha sido el broche final a una carrera que me ha dado mucho.
Seis años para terminar una carrera que bien podía haberla terminado en los cuatro años o cursos que lo conforman. Pero como suelo decir: lo importante no es acabarlo rápido y mal, sino terminarlo en el tiempo necesario para terminar bien. Y eso es lo que he hecho. He aprovechado los seis años que se nos dan para finalizar la carrera, y por fin puedo decirlo con todas las letras. Increíble pero cierto: soy historiadora del arte.