Quién me iba a decir a mí que aquél miércoles cultural con los amigos de la uni iba a terminarlo cumpliendo el sueño de mi vida.Todo empezó a las cuatro de la tarde, en Moyua. Fuimos al museo de Bellas artes y pasamos un buen rato allí dentro, haciendo honor a nuestra carrera. Salimos a por un McFlurry, para reponer fuerzas (y menos mal que lo hicimos) al sol mientras veíamos a los perros jugar. Pero sabíamos que teníamos que hacer algo importante...
Fuimos a San Mamés. Había que despedirse de la Catedral, aunque sólo pudiéramos hacerlo desde fuera y sacándonos una foto en el photocall. Pero, como manda la tradición, teníamos que tomarnos algo en Pozas. Terminamos yendo al Simply a por más alcohol del que teníamos pensado bebernos, y nos fuimos al coche. Entre risas, la llamada de un amigo: "Al final no voy con vosotros... Que entro en San Mamés". Odio, frustración, más odio y sobre todo envidia hacia esa persona.
El partido empezó y nosotros ni siquiera estábamos oyéndolo por la radio. Hasta que me dio la neura, esos impulsos que a veces me dan. "Angui, es el último partido de San Mamés y ni siquiera estamos en un bar viéndolo". No duramos ni cinco minutos sentados, pusimos rumbo a nuestra amada Catedral. Ya allí, nos acercamos al mítico "El Estadio" para ver el partido como tantas otras veces he hecho: a hurtadillas y desde fuera, kalimotxo en mano.
El partido fluía, balón arriba, balón abajo, sin ningún gol de nuestro Athletic. Hasta que el equipo contrario hizo lo suyo y nos marcó. No pasaba nada, el Athletic todavía tenía su oportunidad, aunque la verdad, lo importante de esa tarde era honrar a San Mamés y despedirlo a lo grande. Y así, como que no quiere la cosa, grandes leyendas de nuestro amado equipo saltaron al campo: Dani, Iribar... Hasta que, de repente, salió él. El odio, la envidia y la frustración crecieron en el momento que mi ídolo, Julen Guerrero, pisó San Mamés después de tantos años y por última vez. Fue instantáneo y desde entonces no pude parar: me puse a llorar. Aquel dorsal con el número 8 estaba allí, a pocos metros de mí y no lo podía ver en persona.
El encuentro terminó, y nos volvimos locos cuando vimos como sacaban las porterías por la puerta que teníamos más cerca. Corrimos hacía allí, para ver si teníamos suerte y nos dejaban entrar o, al menos, ver desde la lejanía. Después empezaron los sobornos al chaval de la puerta contigua, diciéndole que le pagábamos, pero que por favor nos dejara entrar, que teníamos que ver a Guerrero. La respuesta fue negativa.
Corrimos hacia la puerta del palco, tenían que salir por algún lado al fin y al cabo. Pero volvió a darme la neura, y fui a recorrerme todo San Mamés para encontrar a un conocido que trabajaba aquél día. Con el lloro constante, llegué al final y no tuve suerte. Así que, tuve que poner en marcha el plan B. Fui a una de las puertas, donde estaba un chico. "Por favor, ¿puedes dejarme entrar? Ha jugado Julen Guerrero, es mi ídolo desde que era pequeña y jamás le he visto en persona." Su cara fue un poema cuando me dijo que no podía, y que le partía el alma no poder dejarme pasar. Las lágrimas aumentaron en ese mismo momento. Con la cara empapada y desanimada, volvía con mis amigos cuando vi a una chica, y pensé: "Esta es la última vez que intento colarme". Volví a repetir el mismo discurso, sincero al igual que mis lágrimas y, esta vez, tuve suerte. Cuando aquella chica me dijo "Venga, entra", me quedé sin aliento y no me lo pude creer hasta que vi que abría la puerta. Corrí escaleras arriba, sin saber hacia donde me dirigía, hasta que lo oí. El rugido de San Mamés. Entré, llorando como quien no ha llorado en su vida, con el móvil en la mano para grabar aquel mágico momento en el que el estadio estaba a oscuras, iluminado por aquellos farolillos roji blancos que tenía la gente. No paré de llorar. Tuve que pedirle al señor que estaba a mi lado si podía darle un abrazo, y me lo dio, reconfortándome como necesitaba que lo hicieran. Aunque estuviera sola en aquel momento, no me sentía así. Estaba arropada por esta familia tan grande que es la afición de San Mamés. Mis amigos me llamaban por el móvil, diciéndome que volviera donde estaban. Pero no podía... Mis pies se habían quedado paralizados y mi cabeza solo pensaba dos cosas: "es la última vez que entro en San Mamés" y "por favor, Julen, sal al campo con el resto de jugadores para que os pueda ver".
Todo acabó. Las luces se encendieron y tuve (tuvimos) que volver a la realidad. Poco a poco la gente iba dejando sus asientos, aquellos en los que habrían vivido cientos de partidos. Atrás quedaban miles de recuerdos; incluso los míos, a pesar de ser muy pocos. Todavía llorando, con el corazón en un puño y los sentimientos a flor de piel, tuve que salir y despedirme para siempre de la Catedral. Cuando vi a la chica que me había dejado entrar, le di un abrazo y le dije que le debía la vida, a lo que ella sonrió y me dijo que no pasaba nada.
Volví con mis amigos, que estaban esperando en la puerta del palco. Apenas podía hablar. Tras un rato de expectación, en la que la mayoría de nosotros solo quería ver al gran rey león, poco a poco los jugadores de ambos equipos empezaron a salir. El nerviosismo se palpaba en el aire, y cuando una chica que teníamos al lado dijo que Julen Guerrero estaba en la otra puerta a punto de salir, casi no nos hacíamos responsables de nuestros actos.
Y, por fin, salió. No os hacéis idea de como la gente fue hacia él, una pequeña multitud que parecía enorme a su vez. Y todos estábamos allí por él, por el auténtico rey león del Athletic. Qué queréis que os diga, no me podía creer que le estuviera viendo. No sé ni cómo no me puse a llorar nada más verle. Cuando ya estaba más cerca de nosotros, cogí a mi amigo (que no pudo entrar en el campo) para que le firmara a él primero. El momento en el que le di el billete del metro de Roma (con mi fecha de cumpleaños) para que me lo firmase, es cuando empecé a hablar y parecer una auténtica loca. Con mi cara de fascinación y, supongo, que la emoción en la voz, le dije: "Julen, llevo 21 años esperando este momento". Según mi amiga, le debí decir que cuando saltó al campo me puse a llorar porque no estaba dentro viéndole. Yo no me acuerdo de eso, pero la creo. En ese momento me daba igual el resto de la gente, sólo existía él. Cuando me devolvió la cartera con el billete, y estaba sonriendo fue cuando le pedí los dos besos. Os puedo jurar, que ese momento no se me va a olvidar nunca. Salí de todo aquél alboroto y le llamé a mi madre. Como no podía ser de otra manera, me puse a llorar como una estúpida. Por fin... ¡POR FIN! Seguía mirándole en la distancia, y todavía no podía creérmelo. Allí estaba, mi ídolo desde que era una enana. La razón por la que en mi casa empezó a verse el fútbol, pues con dos años, salió él en la pantalla y grité su nombre. 21 años después, cumplí el sueño de mi vida.La vuelta a casa fue silenciosa, mucho. Pero es que estábamos ensimismados. Alicaídos porque derrumban la Catedral, pero eufóricos porque habíamos estado con el eterno capitán, Guerrero.
No puedo imaginar una manera mejor para despedir ese campo que tanto nos ha regalado, tanto a los aficionados como a los propios jugadores. Sueños, risas, lágrimas y, sobre todo, emoción. Porque San Mamés no es un simple campo, no lo ha sido y nunca lo será. San Mamés es la Catedral, donde los sueños y los milagros suceden. Porque el Athletic no es sólo un equipo, es una familia junto con la afición. Porque San Mamés no es un murmullo en los partidos, es el rugido de un león.
Espero que el nuevo campo nos traiga las mismas alegrías, sin olvidar las tristezas, que nos ha dado nuestro San Mamés en estos 100 años de vida. Que nuevas generaciones lleguen y sientan los colores como se han sentido en todo este tiempo por toda la gente que ama a este equipo. Y, sobre todo, que jamás se olvide de donde venimos, de cómo somos y cómo queremos seguir siendo... Auténticos.
Porque eso es San Mamés y eso es el Athletic: sentimiento, humildad, alegría, tristeza, alirones, rugidos, abrazos, lágrimas, sonrisas... Una familia, una pasión, un sentimiento.
AGUR ETA OHORE, SAN MAMÉS.
Beti bihotzean

