sábado, 2 de marzo de 2013

Urte bat jada

Hoy hace un año que mi mundo se derrumbó, que mi vida se partió en dos, que me sumergí en una oscuridad de la que no sé si he salido del todo. Hoy hace un año que se marcho para no volver lo único que he querido con toda mi alma y todo mi corazón. Hace un año que mi perro no está conmigo, un año de auténtica soledad. 
Son 365 días de un año que parecía interminable, en el que los lloros los días 2 eran inevitables. Que le voy a hacer, sabía que me iba a doler tanto o más de lo que hizo aquella fatídica noticia que me dio mi madre. Lo peor de todo es que sabía, inconscientemente, que algo malo había pasado aquel dos de Marzo de 2012. Al llegar a casa a las 11 mis peores temores, de la mano de mi mayor miedo, golpeó la puerta de mi corazón para desgarrarlo. 


Echo de menos aquellos días de verano en los que bajábamos hasta Larra y jugar en la fuente era el mayor divertimento. Acabábamos siempre empapados los dos.












Así como las noches en las que salíamos a pasear cuando jarreaba como si no hubiera mañana. Pero no importaba, porque la compañía era suficiente.















Echo de menos estar estudiando y tenerle ahí, cerca de mi. Era la mejor compañía en esos momentos de desesperación absoluta.



Su compañía mientras estaba en la sala sin hacer nada. El hecho de dejar la mano caída en el sofá para acariciarle la cabeza, y cómo me pedía mimos rozando su hocico contra mi mano.


O cuando me sentaba a su lado en la cocina sólo para estar con él.



Sus posturas divertidas, aunque la mayor de las veces le hacían que se pusiera así.


Pero también era un auténtico modelo de su propia pasarela natural, en la que salía perfectamente precioso.

¿Qué os decía? PRECIOSO.








Echo de menos su carita bonita mirándome con esos ojos que me robaban el alma. Que cada vez que lo miraba me entraban ganas de comérmelo a besos.
¿Qué puedo decir de un perro que ha vivido conmigo 10 años, o lo que viene a ser la mitad de mi vida? Sólo cosas bonitas. Porque siempre que estaba mal, iba y me abrazaba a él. Recuerdo como lloriqueaba y me lamía la cara cada vez que lloraba. Era tan tierno que creía morir cada vez que lo hacía. También sus lloriqueos cuando tocaba el piano (lo siento por ello). 


De verdad, no tenéis ni idea de lo que he querido y quiero a este perro. Mi lobito, mi chucho, mi churri, mi cosa, mi gordi... Resumiendo, mi TODO. De lo mucho que le echo de menos en todos los aspectos. Odio no haberme podido despedir de él aquel día, y me martirizaré con ello durante años. Y lo sé. Sólo espero que esté donde esté, sea feliz como cuando estaba en casa.  





Ojalá pudiera volver a abrazarte, Beltz. Maite zaitut, txikitxu.