Volvemos a lo de siempre un 31 de Diciembre más. ¿Cómo será esta entrada? Ni yo lo sé.
En enero tuvimos comida de reyes, esa en la que la pequeña de la casa tocó mi piano todo lo que quiso y más y a poco más y la mato de lo bien que lo hace. Ese mes dejé de trabajar antes de tiempo para poder ir a Madrid y trabajar en FITUR, una experiencia agotadora y enriquecedora a partes iguales donde conocí a gente encantadora. La promesa de un posible puesto de trabajo me ilusionó, aunque no terminó por llegar a buen puerto.
Febrero comenzó perdiendo a Onix, otra vez, para encontrarlo días después. Nuestra playa fue testigo de la muerte de una ballena y de la gente imbécil que bajaba a verla morir. Quedadas en una cafetería con la familia putativa en la que nos echaron la bronca de tanto reír. Una vez al año no hace daño, y en Vitoria nos fuimos a juntar los de la universidad. Viaje exprés a Madrid tres generaciones de la casa Rodrigo: Amona, hijas y nieta. Disfrutar todas como niñas viendo West Side Story. Quedar con Keila por la mañana y que nos den las once de la noche. La última noche en casa despidiéndome de mis amigas. Llorar al abrirle a mi tía y decirle que no me quería ir.
Sin quererlo ni beberlo, llegó el 1 de marzo y yo puse rumbo a mi país predilecto: Italia. No me gustaba Milán, no estaba nada contenta con ir allí; no me tenía que haber tocado el Erasmus a mí. Yo tenía todo planeado, hasta que el universo quiso trastocarme todos los planes. Y menos mal que lo hizo. Casi morir en el taxi y que nos uniéramos en camaradería las chicas que viviríamos juntas en el piso. Dos de marzo recordando Malta. El nacimiento de PinkBizumBurp que pasó a ser Ciao Amore. Encontrar mi rincón gatuno en Milán. El cumpleaños sorpresa de Andrea, que se sintió todo el día y se puso a llorar al vernos a todos en casa. El 8 de marzo saliendo a las calles, una vez más. La primera fiesta en Italia. La primera tortilla de patatas. Coger un vuelo a Vitoria y presentarme de sorpresa días antes del 50 cumpleaños de ama. Verla llorar de la sorpresa y alegría, todo junto. Bajar a ver mi playa y respirar el salitre. Volver a Milán con jamón bajo el brazo para Oihane. No aprender nada en el trabajo. El viaje a Florencia y la carrera hasta la estación de tren. La maldita vuelta a la rutina. Mi vecina gatuna. Ver Elite en el sofá. La lentejada en Ciao Amore.
Abril empezó casi como quien dice en Roma, esa ciudad que me tiene robado el corazón. Menudo viaje más movido y surrealista. Concierto de Ludovico Einaudi al aire libre. Sentirme Traductor Google de inglés a italiano. El panzerotto de Luini. El cumpleaños de la menor de edad y su celebración de aperitivo. "La última cena" de Leonardo da Vinci y mis lágrimas al verla. Excursión a Verona. La alegría del comienzo de la última temporada de Juego de tronos, y el llanto desgarrador al recibir la noticia de que en el Día Mundial del Arte se nos quemaba Notre Dame. La comida que me daba Luca en la agencia y los chocolates de Semana Santa. Las risas en casa. Navigli de noche. La barbacoa que lo cambió todo. La visita al museo del AC Milano, la semifinal de copa italiana contra la Lazio. Madrugar para coger un vuelo a un país desconocido: Polonia. Enamorarme de Varsovia. Empezar mi 27 cumpleaños en Polonia, y terminarlo en Austria. La avioneta que nos llevó a Viena. El Danubio Azul. Las 14h en tren Viena-Milán, y la nieve del camino. La fiesta no-sorpresa por mi cumple.
En Mayo decidí irme de excursión sola a Lugano, sumando Suiza a la lista de lugares nuevos visitados. Visitar la Pinacoteca de Brera tras una hora de cola. Ponerme mala y echar muchísimo de menos a mis gatos. Salir en pijama a por McDonald's. Tener un trocito de Malta en Milán. Recorrer Cinque Terre en un día que no era precisamente soleado. Volver a coger un autobús sola para pasar un día en Padova. Madrugar al día siguiente para juntarme a la gente del Erasmus en Venecia. Ver Eurovisión de vuelta a Milán. Soldi, soldi. El domingo de juegos de mesa improvisado. El final de Juego de Tronos. Albondigada. El último día en la agencia de viajes y yo llorando. Volver por segunda y última vez al Crazy Cat Cafe, aunque me prometí que iría una vez a la semana. Macarronada en Ciao Amore. La última fiesta. Excursión a Bérgamo. Cuando Silvia se convirtió en familia después de tres meses y la aplaudimos. Radio Italia Live 2019. Las últimas cervezas en el río con todo el grupo. La última cena en el australiano. El vídeo de Arnau de los tres meses en Milán que cuando terminó tuvimos que volver a ponerlo. Las últimas fotos de Ciao Amore en Ciao Amore. El drama de cerrar la puerta de Ciao Amore por última vez. Que los chicos vengan a despedirse de nosotras. Llorar más. Volver a Bilbao con la certeza de que amas Milán gracias a la gente que ha compartido ese tiempo allí contigo. Terminar el mes yendo a ver mi querida playa en un día de sol impresionante.
Junio haciendo Skype con la gente del Erasmus. Reencontrarme con mis amigas. Disfrutar de los atardeceres desde el balcón. La vuelta del Pizza Hut a nuestras tierras. Tomar una decisión y que el universo te diga un claro NO. Empezar a trabajar en un hotel aun sin tener idea de cómo funciona una recepción. Conocer a Brie. Ir a la playa. Salir mano a mano con Olatz por jaias de Leioa como antaño y sentirnos mayores. La cena de empresa. La primera semana entera trabajando de noche y el ataque de ansiedad. No lo sabía, pero en algún momento de este mes empezó a "germinar" algo negativo dentro de mí. Los vídeos del concierto de Rozalén al que no pude ir. Disfrutar del txupinazo de jaias de Sope, coincidiendo con el cumple de Olatz. Tener que huir despavorida de la gente que quieres por que te ibas a poner a llorar.
Julio echando mucho más de menos de lo que jamás pudiera haber imaginado la ciudad de Milán. Aprovechar los rayos de sol. Encerrarme en casa sin ser muy consciente del todo. Encerrarme en mí casi sin querer. Introducir a Loida en el mundo de Juego de tronos. Plantearme seriamente qué coño hacía en el hotel. La mejor noticia del mundo cuando andereño Aitzi te dice que es oficialmente andereño Aitzi. El Rey León. Road trip con ama por la costa cantábrica y asturiana hasta llegar al pueblo. Disfrutar, sin saberlo, de esa persona por última vez.
Agosto sin mucho movimiento. Salir a jaias del Puerto con todas las ganas. Una noche que dio para ver a mucha gente y mantener esa conversación pendiente con esa persona. El cumple de Oier, quedar para intentar arreglar su mundo y ponernos al día. Más o menos. El día del Txupinazo de Aste Nagusi que me perdí por trabajar de tarde. Que se me pusiera la piel de gallina al decirle a todos los clientes que tenían que ir a verlo. Concierto de Esne Beltza con Nata. Salir con los Turisteros unas pocas horas antes de volver a trabajar. Que me cambiaran el turno, y por consiguiente mis planes. La sorpresa a Ciao Amore en la barbacoa. La semana de vacaciones en las que poco descansé porque: 1) me fui de viaje con las PDT a Port Aventura, 2) tuve despedida sorpresa de Carlton y 3) me puse mala.
Primer septiembre de mi vida en el que no estudiaba. Algo dentro no estaba bien. Seguir tapándolo con trabajo. La tarde con C.A en el Golfo. Exprimir los días de playa. La entrevista definitiva. El viaje a Oporto con ama. La noticia que lo cambiaría todo. Avisarle a la jefa de que no renovaría contrato y que se alegrara y entristeciera a partes iguales. Que me hiciera ver que valgo para la recepción, que "tengo un don con la gente".
Octubre y ya no podía más. Intentar hablar las cosas y seguir pensando que no había sacado todo. Arreglar medianamente lo sucedido aunque seguía intranquila. Que la vida nos diera una hostia con la mano bien abierta llevándose a alguien de la familia. El peor mes del año, sin ninguna duda.
Noviembre de comentarios positivos hacia mi persona por parte de los clientes del hotel que casi conseguían hacerme llorar. Ese día completo de trabajo, comida, compra de vestido de novia de la primera amiga que se casa y me invita a su boda. Diez años soltando mierda en Twitter. Sentir que nada está bien. Llorar incluso cuando estás teniendo una conversación con tu madre en un restaurante. La certeza de que necesitas hablar, pedir ayuda. El viaje a Budapest con Rebeca, sumando así el quinto y último país desconocido del año.
Dije adiós al hotel y a las compañeras a principios de diciembre, después de tener la cena de empresa y darnos regalos de navidad. Ver al Hospital de Urduliz cantar "Lau teilatu" y ponerme a llorar mientras les grababa. Mensajes de clientes que te roban el corazón y palabras amables de la jefa que hicieron que tuviera que entrar corriendo al back office porque no paraba de llorar. La locura de los números de lotería y las risas de la lotera. El vídeo del hotel. Los 25 de Nata. La conversación más difícil con Nata y Olatz en la que acabé rompiendo a llorar. La última película de Star Wars y la llorera del final. Santo Tomás con una más. Recordar a Isaac un año más. La fiesta con la familgia da Milano. Hacer la segunda comida con los de la uni en Vitoria y despedirme de algunos de ellos. Las comilonas y quedadas para despedirme de la gente. Y esto acaba de empezar...
Hoy despido un año que, de primeras, me estaba sorprendiendo porque estaba siendo maravilloso. Estaba viajando todo lo que quería y más. Había conocido a gente maravillosa que me estaban aportando muchísimas cosas. Estaba viviendo en mi país favorito. Pero las cosas se truncaron al volver. Me preguntaban en Milán cómo se supera un Erasmus, y mi respuesta fue fácil: "No se hace". Cuando volví estaba feliz por ver a mis amigas, feliz porque al contrario dela año anterior, hacía sol. Feliz porque había tomado la decisión de no hacer nada en verano, de viajar y salir de fiesta. De estar e intentar reconectar con mi hogar. Pensaba que se me haría fácil el volver a casa gracias a todos esos factores. Pero no podía estar más equivocada.
Me di de bruces contra la pared de la realidad, de las cosas que no quería ver y las apartaba porque quería estar bien. Y la verdad es que no lo estaba. Este año he perdido la batalla contra mi mayor enemiga: mi cabeza. Me ha ganado porque poco a poco me iba creyendo las ideas que surgían y eso hacía que, inconscientemente, me alejara de la gente. De la vida. Vivía para comer, trabajar y dormir. Y eso, queridos míos, no es vida. No supe manejar la situación. No supe volverme a poner en la ecuación. Lo que en otro momento me hubiera parecido una chorrada o no le hubiera dado la menor importancia, esta vez hacía que le diera mil vueltas a lo que fuera. El insomnio se empezó a aparecer por aquí y las ganas de comer se fueron de parranda. Me alejé de las personas que más quiero y no estuve al 100% los momentos que podía disfrutar con ellas. Simplemente, no estaba. Era una carcasa que se movía. Hace poco ama me dijo que se me estaba cambiando la cara ahora que estaba viendo a la gente. Ahí me dí cuenta de que me habían estado pesando los ojos cada vez que sonreía, pero que cada vez lo hacían menos.
No es fácil hablarse a una misma, pararse, mirarse y decirse: "Eh, tú. Te has perdido. Encuentra el camino y vuelve.". Es difícil aceptar que tus verdades absolutas pueden caerse y que eso está bien. Significa que cambias y evolucionas. Cambiar no es malo, y eso que odio los cambios por mucho que me acostumbre rápidamente a ellos. Hace dos años concebía la vida de una forma y no quería que eso cambiara. Pero es que la que he cambiado, para bien o para mal, soy yo. ¿Que me gustaría que algunas cosas fueran como lo eran antes? Por supuesto. ¿Que todo sigue adelante? También. Tengo que aprender a vivir la vida tal y como está ahora. No puedo seguir viviendo en el pasado ni angustiarme cada vez que pienso en el futuro, y esto va a ser lo más difícil.
En cuatro horas empieza el 2020. Cambio de dígito por partida doble, cambio de década (o no). Todo cambios. Y mi vida no va a ser menos. En una semana vuelvo a partir camino a Italia para pasar allí 8 meses. Sí. Ya no son tres, que cuando te das cuenta ya ha pasado volando. Son ocho. Más de medio año, prácticamente todo 2020 lo voy a pasar en un país que no es el mío trabajando en a saber qué porque no me ha quedado del todo claro. No sé qué esperar. Solo sé que estoy aterrada, un poco menos que hace dos meses, cierto. Pero sigo teniendo miedo porque aquí todo cambia, pero allí también la vida sigue. Y me tengo que amoldar rápido, porque sino me voy a estampar otra vez. Probablemente cuando vuelva -si es que vuelvo-, pediré ayuda como me he planteado estos últimos meses. La salud mental es muy importante.
Como de costumbre, no voy a hacer propósitos de año nuevo. Voy a pedir salud para la gente que quiero, viajar y, por último pero no menos importante, paz mental. Necesito tranquilidad. Necesito entenderme y dejarme ir cuando me siento mal. Hablar sobre cómo me siento en el momento que me siento así y no callármelo. Siempre he sido de hablar hasta este año en el que, dios sabe por qué, decidí empezar a callar y guardármelo todo dentro. Y ese ha sido el peor error de todos los que he podido cometer a lo largo de la montaña rusa del 2019.