Otro año más que llega a su fin, y qué año.
Nochevieja con sus despedidas fue mi comienzo de año. Tres horas en las que me dividí en tres tipos de grupo. Año nuevo con su concierto de Viena y la comida familiar, los mimos de mis gatos y vacaciones que disfrutar. El día de reyes con sus risas y las notas desafinadas con el Sing Star. Vídeo llamadas a no sé cuantos miles de kilómetros de distancia, Boston - Sopelana, con sus seis horas de diferencia. Enero me dejó un nuevo musical que querer y adorar: The greatest showman.
Febrero fue el mes más corto académicamente hablando, ya que terminábamos mucho antes que de costumbre. Fue el mes en el que mi abuelo cumplió "setentaytodos" y lo celebramos en familia. Fue el mes en el que se nos terminó OT2017 y todavía a día de hoy no lo hemos superado. Fue el mes en el que me enganché al Cluedo, porque "ha sido Amaranta en la cocina con la cuerda" y así durante ocho horas que se hicieron cortas. Fue el mes que terminó con una de las estampas más bonitas que he visto nunca: Sope nevado. Mi gata me despertó maullando y echándome la pata encima; cosa rara. Me levanté para darle de comer, y una extraña luz hizo que mirase por la ventana. Y ahí estaba, o no, mi querido pueblo cubierto por un manto blanco y un cielo gris. En contra de lo que mi madre dijera, tuve que coger la cámara y salir a la calle; y lo que fue mejor: ir a la playa. Qué feliz fui aquel día.
Dos de marzo llegó y ahí empezaron los tres meses más maravillosos que me podían haber regalado nunca. Dos maletas y un bolso me acompañaron hasta Malta, mi hogar durante 90 increíbles días. A pesar de llegar agotada y después de decir que no saldría, acabé bebiendo jugo mágico y volviendo a casa feliz. Mi casa, con su terraza en la que podías tomar el sol desde las siete de la mañana. Los paseos hasta el trabajo, los helados, los trozos de pizza, los pastizzi y la timpana. Los cotilleos con Aneta, los alumnos que iban y venían, las escaleras que subía y bajaba, los compañeros de trabajo. Mi primera tortilla. El cumpleaños de Naiara, los gatos de Manoel Island, mi identificación de Inlingua. Las fiestas, "Havana uh na na", St Patrick's day, Roberto to to to, el cuarto de hora de Ame a los ocho de la tarde. El viento y las diferentes banderas. El cumpleaños de ama en la distancia. Los atardeceres. Ponerse mala e ir al trabajo. Descubrir Valleta y mi rincón favorito de allí. El primer día de lluvia en el que tuve que usar txubaskero. Nuestra querida Tesy, mi vecino favorito. Las inauguraciones y el comienzo del gratisfree. El domingo de rabas, las palomitas y las películas. Las pulseras de regalo que todavía llevo puestas. Semana santa y mis dos adolescentes rusos. Los apuntes para cuando me quedase sola en recepción. El primer salmón en un mes. La tarde de Karting. El increíble descubrimiento en Comino.
Abril trabajando sola. La continuación del gratisfree, los pasteles y desayunos compartidos. El PizzaHut de mis amores. Más "Havana uh na na". Más gatos de Malta y mi rincón en aquel lugar. La tarde de Disney Channel. La fiesta en las alturas. El glorioso entrenamiento después de dos años. Las tartas y las risas. La vuelta de Aneta. Los momentos de locura en Piso 5. Sentarse a comer al sol en la terraza. Sant Jordi en la distancia y su sorpresa. El concierto de música. El día 25 libre para hacer lo que quisiera. El último atardecer con 25 años. Un cumpleaños increíble en la distancia, la tarta de Ferrero Rocher con su "Zorionak Debbie" que me hizo llorar. Cumplir 26 el día 26 en otro lugar. Los regalos de mis salseras. La sorpresa que cacé al abrir la puerta y que me obligaron a actuar cuando lo tuvieron todo preparado. Melounge con pintxos, kalimotxo y partido del Athletic. La cena de BBQ a la que nos invitaron cuando no eramos bienvenidas por el resto de gente. Café del Mar con su eterna piscina. Los fuegos artificiales.
Mayo con el cumple de Leti, con el "May the fourth be with you" y su pijama party del Piso 5, que salieron a por provisiones vestidas de gala. Cinco del mes con la llegada de tu hermano el sincero, el paseo por Valleta por no bajarte del bus cuando deberías haberlo hecho. La vuelta a mi querido Comino y la excursión por Gozo. La pizza casera, los Wonder y los fuegos artificiales, otra vez. Las vacaciones con Kenis, los que no te reconocieron al llegar al aeropuerto porque decían que estabas muy morena. Eurovisión sin escucharlo. El Funky Monkey. El alquiler del coche, conducir por la derecha y recorrer toda la isla en una tarde. El impresionante atardecer en Mellieha, viendo Comino y Gozo. Recorrer Gozo en coche, visitar la Ciudadella, la fiesta en Victoria. La motivada de vuelta y "1, 2, 3, si te doy un beso ya estás a mis pies". El día que descubrimos los caminos de cabra de Malta y rincones maravillosos en los que respirar. Hacer la maleta diez días antes de volver a casa. Enseñar euskera a las nuevas internas. El desayuno gratis del McDonalds. Los atardeceres estropeados por las grúas. Salir un miércoles de fiesta cinco en un coche de cuatro personas. Los helados para despedirme. Las últimas tortillas. Las miles de lágrimas al despedirme. La fiesta en Gianpula Village, por la que no daba ni un duro y terminó por darme un puntito en la boca porque me encantó. Las mañanas en el agua. Despedirse de Paceville como se debe y el desayuno de pizza. La vuelta andando hasta casa viendo un precioso amanecer rojizo. Las miles de fotos por el camino. La comida en la terraza antes de volver a Café del Mar. Aprovechar los últimos días. Asarnos de calor la última noche. El desayuno inglés, visitar por fin la National Library y la catedral. Despedirme de Valleta, después de tantos lunes en los que tuve que llevar a los estudiantes allí. Despedirme de mi rinconcito y de mis gatos. La última cena en el Funky. La despedida de la casa y sus lágrimas. La noche más larga de mi vida. La vuelta más triste a la vida real.
Junio fue deprimente. El peor mes del año sin ninguna duda fue ese. Depresión post Erasmus, síndrome del viajero y enfermedad crónica con su alergia incluida. Lo bueno de mis gatos, que curan un poco los males. La certeza y frase lapidante que les dije a mis salseras y que hizo que casi me pusiera a llorar en mitad de mi pueblo. Volver a conducir y ver mi playa. El reencuentro con mis compis, la botella gratis de Pedro. Los primeros rayos de sol tras mi vuelta. El Kilimanjaro y la cena vegetariana de mano de mis Kenis. Las patatas de bolsa y la lata de bonito. La locura de OT. Pisar mi playa y tomar el sol. San Juan como pistoletazo de salida para las fiestas. El conciertOT con mi sapoconchi. Más playa. Trabajar en un nuevo sitio, lo que me hizo que volviera a resurgir del pozo. La tristeza.
Echar de menos en Julio, mucho. Malamente, tra-tra. Perder a Onix y encontrarlo. El regalo que me hizo sonreír un día que lo necesitaba, y mucho. Quedarme sola en casa, trabajar el día de paellas. Que se acuerden desde ti en Malta y saquen fotos del atardecer. El primer viaje sola en avión de mi madre. Vuelta al vicio del Cluedo. Conocer a mi prima mexicana, la cual volvió a su ciudad natal para volverse aquí para quedarse a vivir. Está como una regadera, le gusta viajar y me encanta; tenemos un viaje pendiente.
Agosto se encendió con la Ciudad de las Estrellas. El día con Keila por su cumple. Conocer a Merlí, llorar con él y aprender algo, muy poco, de catalán. Echar mucho, muchísimo de menos Malta. Entrar en la Casa de papel. Faltar a pijamas. Los fuegos artificiales en Sope que me transportaron a Malta y casi me hizo llorar. Marijaia y Rozalén.
La no entrevista que podría cambiar mi futuro próximo. Septiembre y volver a empezar otra vez hasta nuevo aviso. Nueva gente, nuevas asignaturas y algunos antiguos profesores. Más trabajo y concierto de OT de Madrid retransmitido. Volver a la niñez con "Los increíbles II". Los descansos con sus desayunos. La serie sobre una de las trilogías que más me han gustado nunca. Open House Bilbao 2018. La vuelta de OT y la llorera con el último Camina. Donar 23kg de libros para un pueblo de Toledo y aportar nuestro granito de arena. La última puesta de sol del verano.
Octubre trabajando como azafata en un congreso en el Euskalduna. La visita a San Mamés con la familia. El quinto cumpleaños de Silver. La compenetración con Rebe. La visita a la escuela de música.
Bohemian Rhapsody para empezar noviembre y acompañarme durante el resto del año. Encontrar el whisper challenge y morir de risa, nostalgia y amor a partes iguales. Las mañanas leyendo al sol mirando el mar. Un 17 mágico tras esperar dos años para ver la segunda parte de "Animales fantásticos y dónde encontrarlos". El trailer de "El rey león" que hizo que se me pusieran los pelos de punta las 80 veces que lo vi. El reencuentro de las roomies, la comida con los de Erasmus y la sorpresa de cumple para mi salsera Ainara que lloró al vernos a todos allí.
Uno de diciembre haciéndole llorar a mi tía mientras le cantábamos el "Zorionak zuri". La vuelta de Vikings, que por cierto tengo que retomar. Pensar en ella durante casi dos semanas y que aparezca por sorpresa un viernes mientras estoy trabajando para quedarse allí todo mi turno. Presentarme a uno de mis mayores miedos con toda la calma posible. El lunch a modo de agradecimiento por nuestro trabajo en el congreso. Conocer a la gata de Nath y que sus perros me quieran más que nunca. Reventar a comer y participar en mil sorteos que no me han tocado, así como la lotería. Quedar con Oier para hacer lo que más nos gusta: arreglar el mundo mientras comemos. La cena con mis guías favoritas en la Rebechoza. 31 de diciembre de 2018.
Y así, sin quererlo ni beberlo, se me termina el año. Un año que, en resumidas cuentas, queda en lo escrito arriba. Perdonadme si os resultan pesados los meses de marzo a mayo, pero es que a mí se me hicieron un suspiro. Y yo que pensaba que sería eterno el tiempo hasta que volviera a casa. Já. Me río.
Ha sido un año increíble, a pesar de tener muchos miedos respecto a ciertas cosas que todavía hoy hacen que me coma la cabeza y me enfade conmigo misma. Intentaré mejorarlo, lo prometo. Sin duda alguna me quedo con los buenos momentos que he pasado, lo que he disfrutado, los conciertos, las películas y los 25 libros que me he leído. Me quedo con la gente que he conocido, que me ha aportado mucho y han compartido conmigo la experiencia de mi vida. Me quedo con la familia. Me quedo con mis amigos. Me quedo con los nervios, con las experiencias que no llegaron a buen puerto, pero tiempo al tiempo. El año que viene lo vuelvo a intentar, y así hasta que no me den más oportunidades por la edad.
Como siempre, no haré propósitos de año nuevo. Tan sólo pido salud para los que quiero y viajar, mucho. Sorpresa, en marzo me vuelvo a marchar. A pesar de que no es una ciudad que me encante, por fin podré cumplir otro de mis sueños: vivir una temporada en un país que me encanta. No mentiré y diré que no me apena no conocer otro sitio, pero si la vida ha decidido que es el momento... Adelante.
Mi relación con los números 9 hace tiempo que no es óptima. El año que entra termina en ese número, pero prefiero pensar que será como 2009. Año en el que tenía 17 años y comencé a tomar mis propias decisiones, conocí a gente maravillosa y crecí un poquito más; y ya sabemos que los 17 me dan buena suerte. Diez años más tarde espero que sea un año bueno en el que cumplir años con dígito 7. Qué nervios. Espero que todo vaya bien. Cruzaré los dedos.
Así que ahora me toca lo de siempre, despedirme. Gracias por tanto, por lo bueno y por lo malo. Siempre recordaré este año con mucho cariño, y eso que tenía miedo de dejar el 2017 atrás. Qué gran descubrimiento, 2018.











