Ya ha llegado. 25 de Abril de 2015. Puertas indiscutibles que me llevan al amanecer de un nuevo año de vida.
En este momento, en el que faltan menos de 24 horas para que cumpla veintitrés años, miro atrás y me pongo a pensar en todo lo que he vivido con este doble dígito maravilloso que, en su día, no quería cumplir.
Los 22 llegaron en una compañía que no era la acostumbrada, en un lugar poco frecuentado que cada vez visito más. Fue aquella noche cuando empezó un año de nuevas experiencias, aventuras e historias memorables.
Los dos patitos, como se conoce popularmente esta edad, me trajeron fuerza de voluntad. También trajeron consigo una pequeña dosis de madurez para que lo mezclara con la que ya tenía guardada. Los veintidós han sido muy grandes porque me han hecho mejor.
En este año he aprendido a conformarme con lo que tengo, pero también a luchar por lo que quiero. A pasar de las situaciones que no merecen la pena. A no llorar por cualquier nimiedad como antes hacía. Que si alguien no quiere ser parte de mi vida, hay que dejarlo volar. Que segundas partes, a veces, no son buenas; pero hay veces que superan incluso a la primera. Que una oveja puede ser un lobo, y que el lobo no siempre es tan malo. Que no hace falta mucha gente para pasártelo realmente bien. Que un desconocido puede llegar a ser un pilar importante en una noche de fiesta. Que los hielos y las pajitas son muy necesarias en noches de calor y vagancia. Que los viajes, no importa con quien vayas, siempre son educativos, impresionantes y muy productivos. Que los sueños de infancia siempre terminan cumpliéndose, y nunca serás demasiado mayor para ellos.
He aprendido a que no hay que aferrarse al pasado, pero tampoco hay que olvidarlo. He tirado por la borda un peso pesado, aunque esto no quiere decir que siempre vaya a volar libre. He aprendido que la lengua no siempre es un obstáculo. Que el cariño se puede demostrar de muchas maneras. Que de ilusiones no se vive, pero sí que te alegran los momentos más difíciles. He aprendido que con esfuerzo puedo conseguir todo aquello que me proponga.
Me he presentado a un concurso de relatos cortos del que no salí ganadora, pero del que gané en experiencia. He aprendido que el no ganar no significa que tengas que dejar de hacer lo que te gusta. Sigo pensando que la música me ha salvado la vida. Pero también sé que pegar puñetazos y patadas me alivia y alegra varios días de la semana.
He aprendido que un pequeño animal te puede sacar la mayor de las sonrisas, pero todavía sigo perdiéndola al recordar a mi mitad desaparecida. Pienso que el mayor enemigo que podemos tener es uno mismo. Pero también creo que eso se puede cambiar. Que no debo darle a nadie el poder de herirme, ni siquiera a mí misma. Que rodearse de gente que te quiere es la mejor terapia contra el mal tiempo. Que los amigos de infancia, aunque no los veas en muchísimo tiempo, seguirán siempre ahí para hacerte reír con una simple bolsita de Ketchup. Que la distancia no es el olvido y que los kilómetros se esfuman con una simple llamada.
Últimamente no estoy muy inspirada en esto de plasmar lo que quiero decir, pero una se esfuerza. Si algo he aprendido en estos dos patitos que se me escapan es que soy feliz. No a todas horas, ni en todo momento. Pero lo soy. Sólo espero que el año que viene a caer sobre mí me traiga más de lo ya vivido. Porque yo quería quedarme en los 17, pero ahora no quiero desprenderme de los 22.