lunes, 25 de abril de 2022

Adiós a los veintitodos. Y gracias.

 No estoy mentalmente preparada para escribir este post, y ni siquiera lo estoy escribiendo desde un lugar tranquilo. Pero no puedo fallar ahora.

Ha llegado el día. El día en que quedan pocas horas para que llegue mi cumpleaños y pase a una edad en la que ya se me toma como adulta a todos los niveles. Adiós carnet joven, ese que nunca llegué a utilizar. Adiós a los patitos. Adiós a la juventud entendida.

Necesito que alguien me explique dónde se han quedado estos diez años que han pasado como un suspiro. Dónde han quedado las noches de juerga finde sí, verano también. Dónde han quedado aquellos -pocos- amores de juventud. Dónde han quedado los cotilleos de cada día. Dónde han quedado los no tan queridos exámenes de universidad. De verdad. Dónde.

Si echo la vista atrás a mi veintena se me vienen demasiadas cosas a la cabeza. En orden cronológico, me viene a la cabeza algunos de los momentos más duros de mi vida (vale, sí, tenía 19 años pero cumplía los 20 ese mismo año); jamás me perdonaré no haber estado a su lado cuando se fue. Un corazón roto. Un verano lleno de fiestas. Me vienen a la cabeza mis viajes a Italia, repitiendo Roma un año después de que me abriera la veda de los interminables vuelos que cogería a lo largo de los años. El carnet de conducir que tanta libertad me ha dado. La despedida de soltera de mi tía en el pueblo. Conocer al ídolo de mi infancia. La boda de Arrate. Volver a surfear después de tantos años. La alegría y la ilusión de una nueva historia de no-amor que no duró. Salem y el fin de semana más corto. La Oktober fest que me enseñó a beber cerveza. El viaje a Londres por primera vez. Adoptar a Silver. Mis dos patitos y lo feliz que fui con ellos. El descubrimiento de paellas. Cuando conocí Florencia y el mirador se volvió más bonito con un beso. Los amigos de Txomin Barullo y las nuevas fiestas. Cuando quitaron la tienda de mi infancia y a todos se nos rompió un poquito el corazón. Kickboxing. La que no sabía que sería la última comida de reyes todos juntos. Cumplir el sueño de infancia en Disneyland. Volver a la sidrería de mi vida después de tanto tiempo. El viaje a Irlanda con mis amigas, pero teñido por esa terrible noticia. El puto 2016. Gracias al universo por Freya, que me salvó tantas veces. Despedirme de mi hombro en el que llorar, pero estar feliz por su emprendimiento. Donar pelo por primera vez y salir encantada con mi decisión. La decisión más triste que tomé al dejar de lado el piano. Mi cuarto de siglo en un abrir y cerrar de ojos. Los años en la universidad que parecían interminables y al final pasaron en un suspiro. Terminar el TFG a la vez que empezaba el curso de turismo. Volver a Florencia con ama, ir al pueblo y seguido volar a Londres con las chicas. Decir adiós al corazón de Sopelana, nuestra tienda de confianza. Despedirnos de la tía Xalba, qué gran mujer. Despedirme de mi mejor amiga durante un año entero, y que las horas, kilómetros y océanos no hicieran mella en nosotras. El día que me dijeron que me iba. La nevada en Sope que me enamoró. Malta y descubrir que mi sitio está en el mundo. La vuelta que me destrozó todo lo que creía cierto. El verano triste que pasé. La vuelta no tan inesperada de Olatz. La experiencia de FITUR. Irme a vivir a mi segunda casa durante tres meses tachando así algo que quería hacer en mi vida. Los 50 años de ama y sus lágrimas de felicidad. Conocer Lugano, Varsovia y Viena; volver a la Florencia de mis amores. La vuelta a casa y seguir arrastrando el mal estar del verano anterior. El que considero mi primer trabajo real. Estar psicológicamente en la mierda. El último verano en el pueblo que pudimos contar con su presencia. El viaje a Portugal con ama. El día que me concedieron la beca. El viaje a Budapest con Rebeca. Santo Tomás con una más. Decir adiós al 2019 con ganas, pero coger con muchísimas más ganas el 2020. El 7 de enero mudándome a Florencia. La pandemia que nos cambiaría la vida a toda la humanidad. Cumplir los 28 confinada en casa. El primer día que pisé la playa. Conseguir volver a Florencia y quedarme hasta finales de año. El 26 de noviembre en el que la amiga que siempre quiso ser madre envió su ecografía y lloré de alegría. Mi huevito. No encontrar trabajo, pero que después me llamase a la puerta. Los veintitodos, los veintisiempre. La visita de Regina, el viaje exprés a León con Nata. Volver a Florencia mano a mano con Olatz. La esperadísima boda de Itxi y David. Ser positiva en Covid y estar encerrada todas las navidades soleadas. Llorar en nochevieja por no poder ver el último atardecer del año desde mi sitio favorito de la vida. La nueva empresa en el mismo hotel. La primera sobrina de la unipeople. Las 32h de París con Olatz en las que me destrocé los pies; el viaje Milán gordonómico. Seguir buscando vuelos a cualquier parte porque el cuerpo me pide marcharme de aquí todas las veces que pueda.

Me dejo miles de historias, miles de momentos. Lo bueno de los recuerdos es que siempre estarán ahí: en forma de personas, canciones, lugares, olores, fotos, vídeos. Están en la mente y el corazón. 

Me llegan los treinta, qué pavor. Me daban vértigo los 25, pero es que los 30... Vaya tela. ¿Qué se hace cuando cumples semejante edad pero te sientes una cría de 17 años? Espero que desear que la nueva década sea incluso mejor que la anterior. No estoy muy intensa escribiendo esto, pero mientras paseaba esta mañana por mi playa querida más de una vez he tenido que echarle freno a la lágrimas. Ay, señor. Espero que pasen los años y recuerde la veintena con cariño, porque ya lo hago con nostalgia. Espero que los treinta sean los nuevos veinte, pero mejorados. Algo bueno tendría que tener esto de crecer, ¿verdad?

Por el momento, solo queda decir una última cosa: adiós a los veintitodos. Y gracias.