Son 365 días de un año que parecía interminable, en el que los lloros los días 2 eran inevitables. Que le voy a hacer, sabía que me iba a doler tanto o más de lo que hizo aquella fatídica noticia que me dio mi madre. Lo peor de todo es que sabía, inconscientemente, que algo malo había pasado aquel dos de Marzo de 2012. Al llegar a casa a las 11 mis peores temores, de la mano de mi mayor miedo, golpeó la puerta de mi corazón para desgarrarlo.
Echo de menos aquellos días de verano en los que bajábamos hasta Larra y jugar en la fuente era el mayor divertimento. Acabábamos siempre empapados los dos.

Así como las noches en las que salíamos a pasear cuando jarreaba como si no hubiera mañana. Pero no importaba, porque la compañía era suficiente.

Echo de menos estar estudiando y tenerle ahí, cerca de mi. Era la mejor compañía en esos momentos de desesperación absoluta.

Su compañía mientras estaba en la sala sin hacer nada. El hecho de dejar la mano caída en el sofá para acariciarle la cabeza, y cómo me pedía mimos rozando su hocico contra mi mano.
O cuando me sentaba a su lado en la cocina sólo para estar con él.
Sus posturas divertidas, aunque la mayor de las veces le hacían que se pusiera así.


Pero también era un auténtico modelo de su propia pasarela natural, en la que salía perfectamente precioso.
¿Qué os decía? PRECIOSO.
Echo de menos su carita bonita mirándome con esos ojos que me robaban el alma. Que cada vez que lo miraba me entraban ganas de comérmelo a besos.
De verdad, no tenéis ni idea de lo que he querido y quiero a este perro. Mi lobito, mi chucho, mi churri, mi cosa, mi gordi... Resumiendo, mi TODO. De lo mucho que le echo de menos en todos los aspectos. Odio no haberme podido despedir de él aquel día, y me martirizaré con ello durante años. Y lo sé. Sólo espero que esté donde esté, sea feliz como cuando estaba en casa.
Ojalá pudiera volver a abrazarte, Beltz. Maite zaitut, txikitxu.











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