Me lo dijiste mil veces, pero yo no quería escucharlo.
- Así que me merezco a alguien mejor. ¿A quién?
- Yo no quise hacerte daño, Candela, te lo dije el primer día. Esto es lo que puedo darte. Y lo aceptaste.
- Las cosas no son así, Manuel. Que tú no quisieras hacerme daño no ha evitado que lo hicieras, ya ves. Uno no puede entrar en la vida de otra persona, ponerla patas arriba y hacer como si nada.
- Pero yo no he hecho como si nada.
- A veces sí, Manuel. Te encanta mirar para otro lado y desaparecer. Cuando las cosas se complican sueles salir corriendo, escapar; siempre lo has hecho.
- Yo hablé contigo. Te quiero, pero no puedo darte más. Te lo dije, ¿te acuerdas?
- Claro que me acuerdo. Me acuerdo de todo. De cuando me dijiste por primera vez que me querías y me acariciaste la cara con la mano. De cuando me miraste de cerca aquel día, de cuando me besaste y te tragaste mis lágrimas. De todo. Claro que me acuerdo. También de lo bueno, de lo contrario, no estaría así.
- ¿Y cómo estás?
- Al fin lo preguntas... Mal, Manuel, estoy mal. Mi corazón no entiende que te fueras, que quisieras irte.
- ¡Pero si fuiste tú quien dijo que ya no podíamos vernos más!
- Lo dije porque ya no podía aguantar más, no podía seguir consumiéndome en un amor que me estaba machacando, pero no porque dejara de quererte.
- Yo también sigo queriéndote, Candela. Pase lo que pase, siempre vas a ser especial para mí.
- Sí, pero desde lejos.
- Desde lejos...
- Adiós, Manuel.
- Adiós, Candela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario