Vuelvo a estar donde estaba. En ese cruce de caminos en el que no sabía que dirección tomar. Lo peor de todo, es que uno de esos caminos me llama a pleno pulmón. Ese camino que es el odio, pero que en el fondo sé que quien grita es la desesperación. Me da rabia después de todo tener que tomar ese camino mientras vuelvo a colocarme la armadura, con espada y escudo incluido. El otro camino, el cual también me llama, lo hace en susurros. Ahí está otra vez mi amiga esperanza con su amiga la ilusión. Quieren llevarme por el camino de las sonrisas, con rosas por el suelo con sus espinas incluidas para recordarme que, el camino del amor, no es tan fácil como quisiéramos que fuera.
En serio me estoy planteando pedir un rescate por mi corazón. Quemar ese mapa que me dieron al nacer, o al menos, devolvérselo a su verdadero dueño, ya que estoy segura que los caminos y carreteras marcados en él no son los de mi vida. Me estoy planteando ir a un psicólogo, ya que lo que ahora necesito no son amigos que me aconsejen sabiendo todas las historias y sabiendo como soy y qué es lo que quiero. Quizá un profesional sepa llevarme, o al menos aconsejarme, por el camino correcto y me guía como haría cualquier persona en una ciudad desconocida.
Duele pensar que estaba dispuesta a repetir el mismo dulce error, y que todavía sigo estándolo. ¿O no? No lo sé... La ansiedad no me deja pensar coherentemente, ni deja a mi corazón latir a un ritmo tranquilo ni a mis pulmones llenarse de aire puro. Me atosiga, me quema y me entierra. Me encantaría quitarme este traje de luto y el velo que hace que vea la vida de este color negro para poder sonreír al ver los verdaderos colores del paisaje.

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