Otro año más quiero echar la mirada hacia atrás, y lo hago con muchísima pena. ¿Por qué? Bueno, porque aunque ha tenido sus más y sus menos, ha sido un año magnífico.
Enero llegó para recordarme que este mundo sigue girando a una velocidad vertiginosa, y que un año desde que él no está ha sido como un suspiro. También llegó para llevarse a otro ser querido que, allá donde esté, seguirá bailando tanto como lo hacía aquí. Visita fugaz al pueblo y reencontrarnos con la familia, aunque ojalá hubiera sido en mejores circunstancias.
En febrero me tocó tomar una de las decisiones más duras de mi vida. Tras 15 años, tuve que dejar el piano. No podía más. Y antes de coger manía a algo que me apasiona y tantas veces me salvó la vida, tuve que dejarlo ir para salvarnos a los dos. Algún día nos volveremos a encontrar, y será maravilloso. Este mes me regaló una maravilla de musical, La la land, y es tan perfecta la banda sonora que me da un mal.
Los días siguieron pasando, los trabajos y los exámenes a la vuelta de cada esquina y el comienzo del tan temido TFG. Poquito a poco empezó a tomar forma en esos meses que el sol aparecía de vez en cuando para hacernos saber que el buen tiempo pronto llegaría. En Marzo me reencontré tras muchos años con mi confi el mismo día que un amigo de la infancia daba el "Sí, quiero". ¿Cuándo nos hemos vuelto tan mayores? Pero para recordarme que todavía sigo siendo una cría, el 17 del mismo mes, disfruté con el estreno de La Bella y la Bestia. Enamorada, no diré más.
Abril de mi corazón. Un 26 de abril en el que cumplir el primer cuarto de siglo. 13 cartas han sido el resultado de una petición que hice a familiares y amigos. Cartas que me hicieron llorar, reír, recordar buenos momentos y hasta recordar cómo y cuándo conocí a una persona. Cartas que traían regalos que me hacen recordar aquel Sant Jordi tan maravilloso que pude vivir en su ciudad. Abrazos, besos, tartas y mañanas de brunch entre gente que me quiere. Una mochila enorme que necesito estrenar en cualquier viaje, pero siempre acompañada de quien me la regaló. Un disco increíble que me acompaña cada vez que subo al coche. Gracias Ed Sheeran por esa maravilla llamada Divide.
Mayo y su fiesta sorpresa, totalmente mágica que a punto estuvo de hacerme llorar. Gente que faltaba y que eché de menos. Juegos de cartas que ojalá juguemos de nuevo. Viva Gryffindor, campeón del torneo de Quidditch. Los moratones como resultado de querer entrar por el andén 9 3/4. El dolor de tripa de tanto reír.
Fin de curso y despedir a los nuevos amigos que hice en mi nueva aventura estudiantil. Junio entre cuatro paredes, metida en la cama visionando una y otra vez Un americano en París. Tantas, que me sé los diálogos, las letras de las canciones, los distintos tipos de música que podemos encontrar en la película, incluso las partes que salen en el film pero no en las canciones que, sorprendentemente, acabaron en una de mis listas de Spotify.
30 de Junio, valeriana en la mano y el trabajo en las rodillas. Lágrimas furtivas en la cafetería, y otras más histéricas en la puerta del aula 0.07. Esas palabras de un gran profesor que consiguieron medio relajarme. El sollozo antes de empezar a presentar el trabajo que tanto me costó realizar. La planta de "profesora" que mi madre vio en mí en plena oratoria. La alegría al recibir un 8 que siempre recordaré. Ese día me convertí, por primera vez y con todas sus letras, en historiadora del arte.
Julio vino, y yo fui al país de donde César era. Italia me esperaba con los brazos abiertos y yo llegaba con ansia viva de volver a sentirla. De la mano de mi madre, pisé Milán por primera vez. Y entonces llegó el momento de volver a mi querida Florencia. De recorrer sus calles como si no lo hubiera dejado de hacer desde que estuve allí por última vez. Una mano de Fátima que me acompañó durante la estancia y que tanto me costó conseguir porque no la encontraba entre tanto puesto en el mercado. El 19 de ese mes hicimos la visita más rápida a la ciudad eterna. Allí, frente a la Fontana di Trevi, cerré un círculo que empezó sin quererlo un 7 de marzo de 2011. La sonrisa que me sale al recordarlo es indescriptible. De esa semana tengo 1311 fotos. El vicio de una buena cámara.
No había salido de Italia y ya tenía un nuevo billete para otro viaje que marcaría el verano. Llegar a Euskadi, pasar por Paellas'17, recuperarme durante dos días y embarcar de nuevo con dirección a Londres junto a dos amigas. Una semana llena de risas, de familias de topos escondidos, aros de cebolla, PizzaHut, fish&chips, horas caminando. Lluvia, sol y otra vez lluvia. Paseos en bicicleta, carreras bajo la lluvia en un jardín lleno de flores preciosas. De intentar entendernos con los que nos sirvieron una de las mejores hamburguesas de pollo. De museos y galerías. De comida que no llegamos a probar, y del buffet chino de Candem Town al que volvimos sin pensar. De gente que no paraba de cruzar Abbey road para intentar tener una foto como la de los Beatles. De reencuentros con mi madrileña, ahora más british que nunca. De perder el moreno que conseguí en Italia. De lágrimas en la distancia por el cierre de nuestra tienda más mítica. De encontrarme con el musical An american in Paris. De volver a ser cría en el andén 9 3/4 de Kings Cross, y descubrir que soy una Gryffinpuff.
Casi no había puesto un pie en tierras vascas cuando me iba en coche de vuelta a tierras leonesas y disfrutar de la familia un poco más. Vuelta al hogar y salir, por poco que fuera, por las fiestas de aquí. Este verano a penas las he pisado, pero no me arrepiento. Tenía mejores planes. ¿Quién no querría pasarse el verano viajando? Pero el verano también tuvo una pérdida, y nuestro querido Coco se fue. Ahora paseará con aitite allí donde estén.
Septiembre y su vuelta a la rutina. Vuelta a estar de nuevo con el grupo de clase al que tanto se le va la pinza. Nuevos profesores, miedos del comienzo, despedir a un gran profesor y una petición que tardaría un mes en tener respuesta.
Jamás olvidaré el 26 de octubre. Me hicieron el mejor regalo, y ellos no lo sabían. Por fin podré disfrutar de una aventura que me quedó pendiente mientras estaba en la universidad. Qué nerviosa estoy. En octubre también volvió OT y aunque estaba muy reticente en la Gala 0, ahora soy la más enganchada al programa y no puedo ser más fan.
En Noviembre la vida nos la volvió a jugar, y una mujer maravillosa dejó este mundo con 95 años y una vida plena a sus espaldas. Sin duda alguna, mi Tía Xalba es el tipo de mujer que quiero llegar a ser algún día. Viajera, independiente, amante de la música, forofa del Athletic y feliz. Sobre todo feliz. También se marchó a tierras americanas mi pollito, y aunque son seis horas las que nos separan, todavía seguimos estando como unas auténticas cabras. Ojalá el año que esté allí pase pronto para poder volver a hacer el loco por aquí. Mención especial a Onix, ese bebé gatuno que parece un león y por el que vivo con las manos hechas un desastre pero enamorada. El 24 de noviembre por fin me gradué, y allí estuvieron mi madre y mis abuelos. Qué vergüenza pasé, pero todo sea por tener mi Beca azul y el diploma.
Y llegamos al último mes. Diciembre con sus exámenes, sus exposiciones y entregas de trabajo. Diciembre con un fin de semana mágico y agotador en el que volví a sentirme niña con la exposición de Harry Potter que me puso la piel de gallina y el musical de El rey león que por fin pude disfrutar. Reencuentro con mi gaditana favorita y su amiga a la que en marzo conocí. Qué maravilla de cena. Diciembre con un puente en el que me sentí sola, pero en el que me quise un poco. Excursión a Bayona con la clase en la que, algunos más que otros, disfrutaron del chocolate. Risas, fotos, y una siesta a la vuelta. El último día de clase coincidía con el sorteo de lotería. No nos tocó nada, pero nos conformamos con nuestros regalos de amigo invisible (gracias por esa magnífica taza que espero estrenar pronto) y la botella de Cava que Pedro nos regaló. Llámalo fidelización del cliente. Un mes en el que nos dijeron los destinos de la que será una de las mayores aventuras de mi vida. Tengo ganas de conocerte y que me descubras muchas cosas. Seamos amigas, ¿vale?
Y aquí estamos. A 31 de diciembre, a cuatro horas exactas de entrar en el nuevo año que, por lo pronto, ya me apetece mucho. Pero no me quiero despedir de éste. El año pasado escribí lo siguiente:
"El año que entra es 2017, y yo tengo buena relación con el número 17. Dios, espero que sea un buen año. Que todo lo malo se quede en este año que, por fin, se acaba. Que no sólo ha sido malo para mí, ha sido malo para el mundo artístico (cinematográfico, musical, etc.), así como para lo político. De verdad, que la humanidad se va al traste.
Espero que el 2017 sea benevolente, que falta nos hace a muchos. Que traiga cosas buenas, y que para las malas nos dé un respiro. Que los 25 años que me van a caer -dios mío, mi primer cuarto de siglo- sean tan buenos como fueron los 17 o los 22. Necesito que sean buenos. Necesito sonrisas en mi vida, buena gente a mi al rededor, buenas noticias y grandes aventuras. Algún viaje suelto durante el año, y preferiblemente, que sea fuera de España. Necesito ver mundo, maldita sea. Quiero que este nuevo año traiga todo lo bueno a todos aquellos que quiero, a aquellos que también me desean lo mejor a mí. Que no me falte la familia, ni mis amigos. Que no me falte la música. Que vuelvan las ganas de escribir.
Querido 2017, tengo muchas expectativas puestas en ti; y por eso estoy cagada de miedo. Sé bueno y no me falles, por favor."
A pesar de que no todo lo malo se quedó en el año anterior, sí que ha sido benevolente y ha traído muchas cosas buenas. Mi primer cuarto de siglo, hasta la fecha, está siendo maravilloso. Me estoy tomando las cosas con calma, y cada vez soy más consciente de lo que quiero y lo que no. Mi lista para quemar en San Juan me resultó eficaz, y a día de hoy estoy más que agradecida por todo lo que durante aquel tiempo pasó. Ahora las aguas están más tranquilas, pero porque sé como llevarlas. Soy nieta de marinero, algo se me tenía que pegar.
En cuanto a los viajes... Vaya, este año ha sido maravilloso. Barcelona, Italia, Londres, Madrid, Bayona y mi pueblo. Ojalá el año que viene conozca nuevos sitios, ya que mis viajes de este año han sido recordatorios de lugares en los que alguna vez estuve. Pero han sido tan maravillosos que no puedo ser más feliz. La música no ha faltado a pesar de haber dejado el piano, y nunca faltará.
Llega el 2018 y no sé qué esperar de él. Sé que voy a llorar mucho cuando me tenga que despedir de todo lo que tengo aquí, pero tengo la sensación de que cuando me toque volver, lloraré por dejar allí todo lo nuevo. Abróchense los cinturones, porque esta primera mitad de año viene con curvas. Y, ¿quién sabe? Igual en verano una puede ir a Boston de visita. Ojalá.
Estimado 2018. Al igual que le pedí a este 2017 tan increíble que se me escapa, quiero que todo vaya bien. Quiero que mi familia y mis amigos sean felices y no sufran, no importa de qué manera. Que sea un buen año. Ver mundo sigue siendo uno de mis propósitos, no de año nuevo, sino de vida. Ojalá nos traigas muchas cosas buenas, pero olvídate de las malas que no las queremos. Ya hemos tenido suficiente en los últimos dos años.
Esta noche habrá que salir un poco para ver qué se cuece por el pueblo. Al menos sé que me voy a encontrar con algunas amigas a las que no suelo ver, y eso que a una la tengo a 16 escaleras de distancia. También tocará despedirme del grandullón, al que no veré quién sabe si hasta agosto. ¿Por qué todo el mundo vive fuera últimamente? Será una noche algo extraña, pero bueno. Extraño no tiene por qué significar malo, ¿verdad?
Gracias 2017 por todas las vivencias, las experiencias, los nuevos recuerdos, las risas, los llantos. Por las decepciones que nos hacen aprender, y por las charlas para arreglar las cosas que tanto he llevado por bandera. Por haberme hecho crecer un poquito más. Ojalá no te acabases nunca, querido 2017. Gracias por tanto.
Sí, definitivamente tengo una buena relación con el número 17. Y nunca la portada de una agenda supo resumir de manera tan concisa cómo sería mi año. Y es que, como habéis leído, este ha sido mi año.
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