“Y
después de tanto tiempo, algo queda de aquella sincronización...
Vuelvo
a leer un mensaje, pongo el móvil en sonido porque sí, lo dejo en
la toalla y me llega uno nuevo. Yo que pienso que es Vodafone. #ERROR Y
como siempre, me pongo a llorar. Y sé que lo único que me va a
consolar es el mar. Entrar para llorar y encontrar una calma
perfecta. Puede
que sea hora de recuperar aquella afición. Puede que tenga que
quitarle el polvo a la tabla y volver al mar.”
Estos
fueron los tweets que escribí después de volver a caer en la misma
dolorosa rutina. Volví a ser golpeada por todo lo que me afecta, por
todo lo que representa. Volví a ser vulnerable. Y había decidido
apartar ese sentimiento de vulnerabilidad a un lado, para volver a
ser la chica fuerte que se supone que algún día fui.
Pensando
ese día me di cuenta que echo de menos el surf. A penas lo
practicaba, o al menos, no le ponía tanto empeño a como se lo pone
el resto de la gente. Pero recuerdo que ese momento, esas dos horas
que pasaba en el agua, eran las únicas horas del día en las que no
solía pensar. En las que mi mente estaba en otra parte, en un lugar
distante en el que me encantaba estar. Me sentía bien, me sentía en
paz. Siempre que pienso en mí, desde que era muy pequeña hasta hace
tres años, la mayoría de recuerdos que me invaden están ligados
con el agua. Siempre me he sentido una sirena y, de hecho, así me
llamaban los del club de buceo. No me podían sacar del agua. Ya
fuera nadando, surfeando aquella mítica semana de verano o buceando,
yo estaba ahí. Solo me faltaban las branquias para ser un pez. Creo
que si vuelvo al mar, una parte de mi volverá. Pero puede que sólo
esté soñando... Una vez más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario