viernes, 10 de agosto de 2012

8 de Agosto de 2012


“Y después de tanto tiempo, algo queda de aquella sincronización... Vuelvo a leer un mensaje, pongo el móvil en sonido porque sí, lo dejo en la toalla y me llega uno nuevo. Yo que pienso que es Vodafone. #ERROR Y como siempre, me pongo a llorar. Y sé que lo único que me va a consolar es el mar. Entrar para llorar y encontrar una calma perfecta. Puede que sea hora de recuperar aquella afición. Puede que tenga que quitarle el polvo a la tabla y volver al mar.”
Estos fueron los tweets que escribí después de volver a caer en la misma dolorosa rutina. Volví a ser golpeada por todo lo que me afecta, por todo lo que representa. Volví a ser vulnerable. Y había decidido apartar ese sentimiento de vulnerabilidad a un lado, para volver a ser la chica fuerte que se supone que algún día fui.
Pensando ese día me di cuenta que echo de menos el surf. A penas lo practicaba, o al menos, no le ponía tanto empeño a como se lo pone el resto de la gente. Pero recuerdo que ese momento, esas dos horas que pasaba en el agua, eran las únicas horas del día en las que no solía pensar. En las que mi mente estaba en otra parte, en un lugar distante en el que me encantaba estar. Me sentía bien, me sentía en paz. Siempre que pienso en mí, desde que era muy pequeña hasta hace tres años, la mayoría de recuerdos que me invaden están ligados con el agua. Siempre me he sentido una sirena y, de hecho, así me llamaban los del club de buceo. No me podían sacar del agua. Ya fuera nadando, surfeando aquella mítica semana de verano o buceando, yo estaba ahí. Solo me faltaban las branquias para ser un pez. Creo que si vuelvo al mar, una parte de mi volverá. Pero puede que sólo esté soñando... Una vez más.

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