miércoles, 12 de septiembre de 2012

Vuelta al cole

¿Veis esa sonrisa? Es de hace dos veranos, en unas fiestas cualquiera con mis amigas. ¿Sabéis qué? He tenido esa puta maravillosa sonrisa todo este día. ¿Por qué? Por que he vuelto a la universidad. Algunos diréis: "¡Estás loca!". Sí, estoy loca por ser feliz. Porque he vuelto al sitio donde nada es malo; bueno, exceptuando los trabajos y los futuros exámenes. Es el sitio donde lo único que hago es reír, sonreír, sentirme jodidamente viva, sintiéndome invencible. 
Os voy a contar mi día, quiero dar un poco de envidia aunque puede que no lo consiga. He amanecido a las 8 y algo, cuando mi madre ha entrado por la puerta después de trabajar durante la noche en el hospital, me ha dado un beso en la mejilla y me ha dicho "¡Vuelta al cole!". He seguido durmiendo hasta las 10, que ha sonado como tantas otras veces esa canción que tengo por alarma: "Who I am". Quince minutos después he conseguido levantarme de la cama, la pereza no se va nunca de golpe, y paso de luchar contra ella porque sé que voy a perder la batalla. Una ducha para empezar el día, un desayuno la mar de simple para poner el cuerpo en funcionamiento y para continuar con las tareas matutinas, hacerme la comida. 11:00 a.m y salgo por la puerta para hacer el mismo camino del año pasado. Baja al metro, pero encima vete corriendo el último trozo para no perderlo. Empezamos bien, un poquito de cardio por la mañana. Siéntate, respira hondo y déjate llevar. En Berango entra un hombre que se sienta enfrente de mí con un "¡Hermosa!" que me hace sonreír. Sigue hablándome durante todo el camino, ya que se ha bajado en Deusto y mi parada era la siguiente. Se ha despedido de mí diciendo: "Otro día nos vemos en otro viaje. No se me va a olvidar esa carita."  Y me vuelve a sacar una sonrisa sin que él se lo proponga. Me bajo en mi parada con unas ganas locas de llegar a mi destino. Subo las escaleras andando, para seguir con eso del ejercicio. Y cuando por fin salgo de la boca del metro para entrar en la estación de buses que ya conozco como la palma de mi mano, ahí les veo a cuatro de mis amigos. Y como no, me dejo guiar por lo que siento en ese momento. Contacto visual con ellos y mi puño se alza sin que yo pueda pararlo, dejando que suba y que baje. Cuando me acerco más a ellos y a la taquilla me pongo a cantar como que no quiere la cosa "dale con la uni takatá!" y me da igual que la gente me mire o deje de hacerlo. Porque estoy feliz de volver.
Trayecto en el bus. Una hora que, bueno, se ha hecho tan amena como siempre. Aunque se echa de menos a esa gente que ya no coge el bus contigo, o bien porque tienen piso en Vitoria o porque han dejado la carrera. Y, por fin, llega esa última curva que te va a dejar en frente del Aulario, que también lo conoces bien. Bajáis al zulo los cuatro juntos para ver si los demás ya han llegado, pero no. Vuelta a la calle para aprovechar un poco el sol antes de entrar. Y, derrepente, los ves. Otros cuatro amigos de la uni, y vas correteando hacia una persona en concreto, porque es una de las pocas personas que no has visto en todo el verano. Y te abrazas a ella como si no hubiera mañana, y tal es la emoción que hasta te haces daño en un brazo. Os sentáis todos en el suelo, prefiriendo comer al aire libre que en nuestro comedor particular. Y entonces llega otra de las últimas piezas, esa que aunque ahora mismo está un poco dañada os abraza y besa con más cariño que nadie. Y como una gran familia os ponéis todos a comer entre risas, comentarios desagradables y demás. Pero como bien se suele decir: la confianza da asco. Tener tiempo de sobra hace que vayáis a ver como está la cafetería, esa que el día de la última recuperación estaba en obras. Pero ahora está preciosa, aunque parece el McDonald's. Os sentáis en una mesa de cuatro nueve personas. Unos toman café y otros nos ponemos a jugar al mus o, al menos, a intentarlo. Termináis por poner otra mesa más, aunque para el juego sea un incordio. Llegan más compañeros que te saludan y sonríes porque es automático. Cuando te das cuenta tienes que salir de allí para empezar el curso con nada más y nada menos que Filosofía. ¿Los sitios? Para que vamos a mentirnos, todos en la parte derecha, al lado de la ventana, ocupando las tres últimas filas. Como tiene que ser. Las buenas costumbres no hay que perderlas, ¿no? Llega el profesor y te da la charla de siempre. Esa introducción que o te asusta o no te disgusta del todo. Me ha tocado estar en el segundo grupo... O más bien me obligo a estarlo porque si no mal voy a empezar. Y cuando acaba, os volvéis a ir de vuelta a la facultad. Una se pilla su segundo café, y la otra se come algo de lo que queda de su arroz. Sin darte cuenta, la hora de la segunda clase está llegando y tienes que entrar. Corriendo, para que no te quiten los asientos traseros. Entra el profesor y no sabes lo que pensar. ¿Será majo o será un completo muermo al estilo Rajoy? Se pone a hablar y piensas que no es para tanto. Te hace gracia las tonterías que suelta. Hasta que saca la lista de cosas prohibidas en clase, y luego empieza a mandaros los trabajos. Sí, esos que, sobre todo el individual, no tienes ni zorra idea de como empezar ni qué es exactamente lo que te ha pedido que hagas. Media hora o una hora, no recuerdo cuanto tiempo ha estado el hombre hablando, solo sé que todos hemos salido igual: acojonados. Así que para calmar los nervios, vuelta con la mayoría a la cafetería. Y una pica para el cuerpo, aunque sabes perfectamente que prefieres un kalimotxo y matarías por que lo que estás bebiendo fuera uno. Y con un poco de alcohol en el cuerpo te encaminas al bus de vuelta, y reconoces perfectamente esa cola. Aunque, siendo sincera, no era tan larga como esperaba que fuera. Será por la hora, puede que el horario de este año tenga algo positivo al fin y al cabo. Te sientas, aunque no en el sitio de siempre porque tú amigo te lo ha robado. Te pones la música y decides hacer algo productivo: leer el texto de filo. No entiendes una mierda pero por lo menos la primera lectura ya está hecha, y cuando acabas decides echarte una cabezada para pasar la media hora que queda. Mentira todo, no he dormido pero sí que he descansado la vista. Algo es algo, ya tendré tiempo de dormir. Llegas a Bilbao y te das cuenta que ya ha pasado el primer día, pero para ti parece uno más. Como si no hubiera pasado el tiempo, como si no hubiese habido un verano entre medias. Creo que eso es bueno, creo que significa que estoy genial donde estoy, que realmente ese es mi lugar. Y como todos los días desde hace un año, vuelves a coger el metro de vuelta a casa siendo la última parada Larrabasterra. Para tu sorpresa y máxima alegría, cuando llegas al final del viaje ves que una amiga tuya también ha bajado. Y como hace mucho que no la ves, la abrazas como si no os hubieseis visto en años. Y te encanta. 
¿El final de esta pequeña historia? Una sonrisa increíble en mi cara. Una sonrisa que, sinceramente, echaba muchísimo de menos que apareciera. Por fin vuelvo a tener ese brillo en los ojos o por lo menos me ha parecido verlo. Y eso me gusta :) 
Qué queréis que os diga... Así da gusto volver a empezar otra vez ♪

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