Hoy
es uno de esos días. Uno de esos días en los que a pesar de que
haya salido el sol y brille más que los días anteriores, lo ves
todo negro. Es uno de esos días en los que taparte con la manta para
no salir de la cama es el mejor plan del día. El día en que en vez
de tener un pie derecho y otro izquierdo, los dos son de este último.
Hoy es un día de esos en los que pierdes tu lucha diaria y no estás
a gusto contigo misma, no con el resto del mundo.
Sí,
por si no había quedado claro, hoy es uno de esos días. Hoy es ese
día del mes en el que sé quien está y quien no volverá jamás. Y
ya llevo así siete meses, y ojalá no los hubiera pasado. Si ya era
una razón de peso el simple hecho de echar en falta a ese ser vivo
que ya no está, la idea de que mi amiga Inés vaya a hacerme una
visita me ayuda en absoluto. Y por si fuera poco, el reciente
fallecimiento de un familiar de una de mis amigas acaba por rematar
la faena.
Siempre
he dicho que los días con el número nueve me daban mala suerte:
pasaba algo malo, me hacían daño o no paraba de llorar. Hoy me he
dado cuenta que desde hace siete meses los días con el número dos
empiezan a ocupar ese lugar, solo falta que el día doce también
pase algo malo para completar el pack.
Y
así voy, mes sí y mes también recolectando malas noticias,
derramando lágrimas que no deberían ni existir. Coleccionando
falsas sonrisas, esas que te pegas con celo a la boca, que así duele
menos la mentira.
Lo
peor de todo es que mi rutina nunca cambia, y cuando intento cambiar
el sino, hay algo que hace que no pueda cambiar de carril y siga en
esta recta sin sentido hacia el fatídico final.
Hoy
es uno de esos días en los que cogería la bici y me iría a ese
lugar, para respirar aire puro y ver ese atardecer que, aunque sea un
poco, me cambia el humor y me calma. Hoy es uno de esos días en los
que me siento mal.
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