Ayer me pasó
algo que me hizo pensar el título de esta entrada.
Estaba yo en la
biblioteca cuando de repente un chico se tropezó con mi mochila.
Evidentemente, mi primera reacción fue la de ver si estaba bien, y
mi cara reflejaría a la perfección la preocupación que sentía en
ese momento. Lo que más me alucinó fue que él dijo
“Perdón” antes de que yo lo hiciera. Solo pude responder un “No,
no, tranquilo”. Se marchó y yo empecé a reírme con una amiga. La
situación, después de ver que no había pasado nada grave, era muy
cómica. Para que nos vamos a mentir, cualquiera se hubiera reído.
De vuelta a la normalidad, el chico volvió a pasar por mi lado
diciendo con una sonrisa: “Querías matarme, ¿eh?” a la vez que
me daba unos golpecitos en el hombro, a lo que respondí con una
tonta risita diciéndole que no. Me fui a clase pensando que ya nunca
volvería a verle. Cual fue mi sorpresa encontrármelo en la parada
del bus, aunque no se subió.
Aquello me hizo
pensar en toda la gente que conozco. En como las relaciones se
enfrían, en como dejamos de hablar los unos con los otros. Cómo
siempre hay una persona que se acuerda más de otra y, cómo dos
personas no se hablan si una de ellas no lo hace primero. Me hizo
pensar en esas personas que jamás hubieras pensado que ya no
estarían a tu lado, en aquellas con las que hablabas a diario y
decías que jamás las abandonarías. Esas a las que les contabas
todo y eran necesarias en tu día a día. Esas personas con las que
pasabas la mayor parte de tu tiempo y después todo cambió para que no os
vierais nunca.
También me he
acordado de que hay con mucha gente con la que no suelo estar, y que
cuando nos juntamos por una razón u otra, hablamos como si no
hubiera pasado el tiempo y prometemos que tenemos que quedar. Sí,
esa frase que los más adultos repiten más de una vez y nunca lo
terminan por cumplir. Esa frase que se está colando entre nosotros.
Luego hay otras personas, esas que eran importantes a más no poder
para ti, con las que te encuentras muy de vez en cuando. A esos
momentos los llamo yo “encuentros fortuitos”. Esos encuentros que
son tan inesperados que van acompañados por la frase “no me lo
puedo creer”. A veces no son de tu agrado, a veces crees que no lo
son pero en el fondo sí y, otras veces, quisieras que no se
hubieran formulado.
Por eso, he
llegado a la conclusión de que la última vez que nos veamos no será
un “Adiós” y ni siquiera un “Hasta luego”, porque el azar o
el destino puede cambiarlo todo en un momento. A partir de ahora, será
un hasta que nos volvamos a tropezar.

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