sábado, 10 de noviembre de 2012

Hasta que nos volvamos a tropezar


Ayer me pasó algo que me hizo pensar el título de esta entrada.
Estaba yo en la biblioteca cuando de repente un chico se tropezó con mi mochila. Evidentemente, mi primera reacción fue la de ver si estaba bien, y mi cara reflejaría a la perfección la preocupación que sentía en ese momento. Lo que más me alucinó fue que él dijo “Perdón” antes de que yo lo hiciera. Solo pude responder un “No, no, tranquilo”. Se marchó y yo empecé a reírme con una amiga. La situación, después de ver que no había pasado nada grave, era muy cómica. Para que nos vamos a mentir, cualquiera se hubiera reído. De vuelta a la normalidad, el chico volvió a pasar por mi lado diciendo con una sonrisa: “Querías matarme, ¿eh?” a la vez que me daba unos golpecitos en el hombro, a lo que respondí con una tonta risita diciéndole que no. Me fui a clase pensando que ya nunca volvería a verle. Cual fue mi sorpresa encontrármelo en la parada del bus, aunque no se subió.
Aquello me hizo pensar en toda la gente que conozco. En como las relaciones se enfrían, en como dejamos de hablar los unos con los otros. Cómo siempre hay una persona que se acuerda más de otra y, cómo dos personas no se hablan si una de ellas no lo hace primero. Me hizo pensar en esas personas que jamás hubieras pensado que ya no estarían a tu lado, en aquellas con las que hablabas a diario y decías que jamás las abandonarías. Esas a las que les contabas todo y eran necesarias en tu día a día. Esas personas con las que pasabas la mayor parte de tu tiempo y después todo cambió para que no os vierais nunca.
También me he acordado de que hay con mucha gente con la que no suelo estar, y que cuando nos juntamos por una razón u otra, hablamos como si no hubiera pasado el tiempo y prometemos que tenemos que quedar. Sí, esa frase que los más adultos repiten más de una vez y nunca lo terminan por cumplir. Esa frase que se está colando entre nosotros. Luego hay otras personas, esas que eran importantes a más no poder para ti, con las que te encuentras muy de vez en cuando. A esos momentos los llamo yo “encuentros fortuitos”. Esos encuentros que son tan inesperados que van acompañados por la frase “no me lo puedo creer”. A veces no son de tu agrado, a veces crees que no lo son pero en el fondo sí y, otras veces, quisieras que no se hubieran formulado.
Por eso, he llegado a la conclusión de que la última vez que nos veamos no será un “Adiós” y ni siquiera un “Hasta luego”, porque el azar o el destino puede cambiarlo todo en un momento. A partir de ahora, será un hasta que nos volvamos a tropezar.

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