domingo, 6 de enero de 2013

La inocencia de un niño

Llevo con esta entrada en mente desde hace mucho tiempo. De hecho, lleva en el apartado "Borrador" desde el 4 de junio de 2012. 
Si mi memoria no me falla, aquél día volviendo en metro a casa había un bebé en un carrito que no hacía más que sonreír y soltar risotadas adorables. Entrañable cuanto menos. Lo mejor es que me hacía sonreír y, por la fecha, os puedo asegurar que era lo que más necesitaba.
La cuestión es, que viendo a aquel bebé que no hacía más que sonreír, pues no tenía preocupaciones, me puse a pensar. 
Pensar en como la vida pasa, y cada día vas haciéndote más mayor, cada día tienes más preocupaciones... Cada día tienes algún motivo por el cual no sonreír como lo hacía él. Y, creo no ser la única que lo piensa, es una putada. Sí, claro que lo es. Porque con el paso del tiempo vas perdiendo la ilusión. Dejas de tener las ganas de hacer cualquier cosa, esas ganas que tenías cuando eras un crío que sólo pensaba en subirse en todos los árboles que pudiera. Cuando eras enano no pensabas en que si hacías "eso" podía pasar lo uno o lo otro, y la idea de romperte algún hueso, era algo que no te preocupaba. De hecho, creo que los que se rompían algo, hasta disfrutaban. Iba a ser el guay de la clase que llevaría el brazo, pierna, o lo que fuera escayolado. Eh, y que no falte la firma de nadie, ni los dibujos.
Otra cosa que adoro de la niñez es que no importa quién sea la otra persona, de dónde venga o si es alguien que conoces de toda tu (corta) vida. Si alguien te decía "¿Quieres ser mi amigo?", ahí te agarrabas a su brazo y os poníais a jugar. Amistades más sinceras que las de la infancia no vas a volver a tener. También me encanta que no les preocupa para nada si alguien se fija en ellos, si les gusta tal o cual. Les da exactamente igual, y si no son novios, se lo inventan. Total, nadie iba  a salir herido. Al menos, no entonces. 
Me encanta lo cariñosos que son, que te lo dan todo sin pedir nada a cambio. Su cariño es puro y maravilloso. Cuando un niño te abraza o te besa la mejilla, ten claro que es porque lo ha sentido de verdad. Que no hay nada en su pequeña y alocada cabecita que le diga: "Eh, pequeño. Dale un beso, así conseguirás lo que quieres de ella". A veces, sí que es cierto que te vienen dando arrumacos para conseguir un juguete o que le compres sus chuches favoritas. Pero no estoy hablando de eso. Hablo del amor que dan a todos, sin distinción. Hablo del cariño que te transmiten en una milésima de segundo. Hablo de esa sonrisa tonta que se te dibuja en la cara cada vez que les ves, o te muestran que eres importante para ellos.
Hoy he decidido escribir esta entrada porque he visto a un niño en las noticias. Un niño que no tendría más de dos años (y si llega). Una pequeña criatura que se tapaba los ojitos al ver su regalo de reyes, y no borraba esa encantadora y sincera sonrisa que me ha enamorado. Ha sido entonces cuando he vuelto a ver la inocencia de un niño, esa que vi el año pasado cuando mis primos abrieron los regalos que Papano (como ellos le llaman) les había dejado debajo del árbol. Esa clase de inocencia que tienen todos los pequeños, que creen en seres fantásticos que les conceden los regalos que quieran a cambio de ser formales durante todo el año. Esa inocencia que tanto les caracteriza, la cual evita que sufran con lo que pasa en el mundo. Esa inocencia que algunos pierden antes que otros; ya sea porque ellos mismos quieren perderla y ser mayores, así como los que no han podido retenerla consigo porque han tenido que crecer de golpe. A los primeros les digo: no tengáis prisa por crecer. La infancia es, sin duda, la mejor etapa del ser humano (aunque todas las demás también tengan lo suyo). El tiempo pasa demasiado deprisa, os lo digo yo. Y, cuando queráis daros cuenta, será demasiado tarde para volver atrás. A los segundos os diré, que pase el tiempo que pase, siempre tendréis un niño dentro que alguna vez saldrá. Y no queráis retenerlo, pues vais a ver que sois vosotros mismos los que queréis que salga a corretear.
Ojalá yo pudiera tener la inocencia que tenía con cuatro añitos. Eran tiempos en los que sólo me preocupaba cumplir los cinco años. Me creía mayor. Si ya os lo digo yo: nada como la inocencia de un niño.

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