Hoy
he ido al musical de “La bella y la bestia”. La película siempre
me ha gustado, y no sé por qué y ni desde cuando, me hace llorar.
Me parece una historia tan perfecta y preciosa... Y la canción de
“Bella y Bestia” es sin dudar la más sincera y verdadera que he
oído. Será porque me siento identificada con Bella en algunos
aspectos. Será porque mi madre dice que físicamente me parezco a
ella. Será porque una amiga de la uni dice que soy la simbiosis
perfecta de ambos personajes. Será porque aprendí la lección que
intentan enseñar hace algo más de un año. Quién sabe. Nunca he
sabido escoger una sola princesa que me gustara, pero creo que Bella
es mi favorita. Así como la película me hace llorar, sabía que
viendo el musical no iba a ser distinto. Y así ha sido.
He
estado esperando el día de hoy con ansia desde que una amiga me
dijo: “Mi madre me ha regalado dos entradas para ir a ver 'La bella
y la bestia' y tú vienes conmigo”. Desde que me enteré de que
venían a Bilbao he fantaseado con ir a verlo y, mirar por donde, mi
deseo se ha cumplido gracias a ella. Hoy no sé porque tenía ganas
de llorar y, viendo como me pongo con LA canción, sabía que la
representación iba a sacar todo lo que tenía dentro.
Subir
hasta el tercer piso, sentarnos en los asientos y esperar. Empieza a
sonar la música y la reacción es inmediata: la piel de gallina y
los ojos llorosos. Al igual que la película, empieza con “Mi
pequeña aldea” y, aunque es una canción animada (en cuanto al
ritmo), me he puesto a llorar. Un poco, todavía no era el punto
álgido del musical, ese en el que sabía que iba a romper a llorar
como una desconsolada. Entre risas, sustos, medios bailes,
canturreando por lo bajo y comentando en momentos puntuales, nos da
el intermedio. Casi dos horas de función que se me ha pasado, como
un suspiro, sin darme cuenta.
Segunda
parte y esa canción en concreto está cada vez más cerca. Y de
repente, Bella le pide a Bestia que cene con ella. Y ahí ya es
cuando el corazón me da un vuelco porque está al caer más que
nunca. Bestia bien vestido y aseado, esperando a Bella. Preguntando
cómo sabe si está haciendo las cosas bien y qué hacer para que
ella se enamore de él. Y, ahí está. Al fondo, sin que la enfoquen,
sube ella. Para variar se me pone la piel de gallina y el corazón se
me acelera todavía más. Es entonces cuando se escucha: “Se oye
una canción que hace suspirar, y habla al corazón de una sensación
grande como el mar”. Y no puedo remediarlo. El labio inferior
empieza a temblar y las lágrimas escapan a una velocidad
exageradamente rápida cayendo por mis mejillas. “No hay mayor
verdad. La belleza está en el interior”. Y sigo llorando como si
la vida me fuera en ello, evitando que se me note, pero el cuerpo me
convulsiona entero. Si el hombre que estaba sentado a mi lado no se
ha enterado es porque estaba demasiado absorto en la propia escena.
Aún cuando ya ha acabado, sigo lloriqueando. La historia sigue, y
poco falta para que llegue el maldito final, ese que no quiero que
llegue. Puñalada en la espalda a la pobre bestia y una Bella
destrozada cuando le abraza y lo apoya en su regazo. Ese grito de “Te
amo” que hace que llores todavía más, aunque sabes perfectamente
lo que sucederá a continuación. Y, como en toda historia Disney que
se precie, los protagonistas viven juntos y felices para siempre.
Todos los personajes secundarios siendo humanos otra vez (como dice
la canción). Entonces sale Chip corriendo a donde su madre para
abrazarla y rompemos a llorar mi amiga y yo. Para terminar, ese gran
momento boda en el que sigues llorando, porque todo es perfecto,
precioso... Tan irreal que duele. Pero sonríes sin dejar de derramar
alguna que otra lágrima y aplaudes como una loca.
Me
ha parecido un musical excepcional. Lo tiene todo: te hace reír, te
hace llorar (si eres alguien tan sensible a la música y a las
historias felices como yo), te hace cantar, bailar, soñar... Te
lleva a tu infancia. Y eso es mucho.
Si
pudiera, reviviría esas dos horas y algo de función en el que he
dejado de pensar en todo. Una y otra vez. De hecho, creo que lo haré
en mi cabeza hasta el punto en el que el recuerdo se ralle como una
vieja cinta de vídeo. Me dejaré llevar hasta ese lugar en el que no
hay nada que me preocupe y solo sea felicidad en estado puro. Así
que, si me disculpáis, voy a seguir soñando.

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